Tres semanas después del inicio del conflicto en Irán, las consecuencias económicas se prevén cada vez más intensas. Lo que empezó siendo un ataque puntual de Estados Unidos e Israel contra la cúpula de los ayatolás se ha extendido, primero, a todo Oriente Medio y, después, al conjunto del mundo a través del bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas y una tercera parte de los fertilizantes, hecho que ha acabado tensionando los mercados y provocando un fuerte repunte del precio de estos productos.
El encarecimiento del petróleo y del gas se transmite rápidamente a los costes de producción y al precio de numerosos servicios, del mismo modo que el aumento del coste de los fertilizantes se traduce en un incremento de los precios de los alimentos. El efecto sobre la inflación se materializa en una pérdida de competitividad para las empresas y en una reducción del poder adquisitivo de los hogares, que acabará perjudicando el crecimiento económico.
Se trata del clásico choque energético que eleva la inflación y reduce el crecimiento, un difícil equilibrio con el que los bancos centrales deben gestionar su política monetaria: si suben demasiado rápidamente los tipos de interés para frenar la inflación, puede perjudicar aún más el crecimiento, pero si actúan demasiado tarde, quizás ya no consigan contenerla. Además, conviene recordar que en un choque energético la inflación no deriva de un calentamiento de la economía, sino de un incremento de los costes de producción, por lo cual el objetivo prioritario del banco central debe ser anclar las expectativas de inflación a medio plazo.
Pero no todas las economías sufrirán con la misma intensidad las consecuencias de esta crisis de oferta. Aquellas que sean más dependientes de las importaciones energéticas serán las más afectadas. La Unión Europea (UE), con un grado de autonomía energética todavía muy bajo, experimentará consecuencias económicas más extremas que los Estados Unidos o la China, a pesar de no haber sido protagonista ni responsable del origen del conflicto.
En el Estado, el precio mayorista de la electricidad apenas ha aumentado y se sitúa alrededor de los 22 euros por MWh; en cambio, en Italia supera los 110 euros y en Alemania se acerca a los 140
España, sin embargo, parte de una posición relativamente mejor que otras economías europeas. La razón principal es una menor dependencia del petróleo y del gas gracias a la reciente expansión de las energías renovables. Actualmente, alrededor del 25% de la producción eléctrica española procede de fuentes fósiles, una proporción muy inferior a la de países como Italia, donde llega al 52%, o Alemania, con cerca del 48%.
Esta diferencia en el mix energético se traduce en un menor impacto alcista sobre los precios de la electricidad. En el Estado, el precio mayorista apenas ha aumentado y se sitúa alrededor de los 22 euros por MWh. En cambio, en Italia supera los 110 euros y en Alemania se acerca a los 140. Estas diferencias influyen directamente en los costes de producción de la industria y, por lo tanto, en la competitividad de la economía.
¿Cuáles son los posibles escenarios económicos?
En cuanto a las consecuencias económicas del conflicto, lo más prudente en un contexto tan incierto y cambiante como el actual es contemplar diversos escenarios, cuantificarlos y asignarles probabilidades, tal como hacen las empresas ante posibles riesgos geopolíticos. Los tres escenarios posibles están bien definidos por el Banco Central Europeo (BCE) en su informe presentado el pasado 19 de marzo.
- El escenario “base” contempla unos precios energéticos medios durante 2026 similares a los de la segunda semana del conflicto —con el barril de petróleo en torno a 80 dólares y el gas alrededor de los 45 euros. Este escenario implicaría una revisión a la baja del crecimiento del PIB de la eurozona para 2026 en tres décimas —desde el 1,2% previsto anteriormente hasta el 0,9%— y un aumento de la inflación de siete décimas debido principalmente a la contribución de la energía, hasta el 2,6% en promedio el año 2026.
- El segundo escenario sería el “adverso”, que incorpora una mayor magnitud y resistencia del conflicto, con un pico del precio del petróleo y del gas que se situaría en torno a los 120 dólares y 90 euros, respectivamente. Este escenario se traduciría en una inflación que podría escalar hasta el 4%, aunque posteriormente se moderaría gracias a la recuperación rápida de los flujos energéticos y comerciales. El crecimiento del PIB en 2026 se reduciría hasta el 0,6%.
- El tercer escenario sería el “severo”, que incorpora efectos indirectos y de segunda ronda sobre los precios más fuertes que en el escenario anterior, al que se sumarían turbulencias en los mercados financieros, mayor incertidumbre, caída de la confianza y debilitamiento del comercio exterior. En este caso, el precio del petróleo alcanzaría un máximo de 145 dólares por barril y el gas de 106 euros / MWh en el segundo trimestre de 2026, antes de descender a un ritmo lento y mantenerse significativamente por encima de los 80 dólares hasta finales de 2028, lo que reduciría el crecimiento en 2026 hasta el 0,4%, mientras que la inflación superaría el 4% tanto en 2026 como en 2027.
En el segundo y tercer escenario, los bancos centrales reaccionarían con subidas de los tipos de interés, de forma que acelerarían el deterioro del crecimiento económico a través de un menor consumo y una menor inversión. Por ahora, tanto la Reserva Federal (Fed) como el BCE han optado por la prudencia (“escenario base”), y han mantenido estables los tipos de interés, aunque dejando abierta la posibilidad de actuar en cualquier momento para frenar los efectos indirectos y de segunda ronda sobre los precios que puedan producirse.
El temor a que la inflación suba ya ha hecho repuntar el euríbor desde el 2,2% antes del conflicto al 3%, el valor máximo en el último año y medio
De hecho, el temor a que la inflación suba y obligue a los bancos centrales a elevar los tipos de interés ha hecho que el euríbor —el índice de referencia para las hipotecas variables— ya haya repuntado desde el 2,2% antes del conflicto al 3%, el valor máximo en el último año y medio.
¿Cuál parece el escenario más probable hoy en día?

Todo ello dependerá fundamentalmente de dos variables: la duración del conflicto y la destrucción de infraestructuras energéticas que reduzcan de manera permanente la producción de petróleo y gas.
En cuanto a la duración del conflicto, los intereses de Estados Unidos e Israel no son coincidentes. Mientras que a Donald Trump le conviene poner fin al conflicto cuanto antes para evitar un repunte de la inflación en Estados Unidos que podría perjudicarle de cara a las elecciones de noviembre, a Benjamín Netanyahu le interesa prolongarlo para reforzar su liderazgo interno y evitar la entrada en prisión. Son intereses contrapuestos, con efectos económicos también muy diferentes.
La experiencia de otros choques de oferta demuestra que recuperar la normalidad después de una interrupción abrupta del comercio o de la capacidad productiva requiere tiempo
Sin conocer aún la duración final del conflicto ni el alcance de los daños de los bombardeos sobre las instalaciones de extracción y procesamiento de energía, parece claro que la normalización será lenta. Cada día que pasa continúa bloqueado el tráfico del 20% del petróleo y del gas licuado mundial, y se intensifican los ataques sobre instalaciones energéticas. Por lo tanto, el coste de volver a la normalidad es cada vez más elevado, no solo porque los precios energéticos se mantienen altos, sino también porque se necesitará más tiempo para reconstruir las infraestructuras clave dañadas.
Además, la experiencia de otros choques de oferta —como el registrado durante la pandemia con el cierre de rutas marítimas— demuestra que recuperar la normalidad después de una interrupción abrupta del comercio o de la capacidad productiva requiere tiempo y puede generar disrupciones persistentes sobre los precios a medio plazo.
En síntesis, ningún escenario previsto hoy por ningún organismo oficial contempla una caída del PIB (y, por lo tanto, la entrada en una crisis económica). Lo que se prevé es una moderación del crecimiento de algunas décimas, que dependerá de la evolución y la duración del conflicto. Sin embargo, a medida que pasan los días aumenta la probabilidad de acabar convergiendo hacia un escenario “adverso” o “severo”, con efectos inflacionarios más persistentes.
Cabe esperar que se imponga la sensatez en ambas partes del conflicto y que se produzca una rápida desescalada que aleje el fantasma de una crisis energética como la vivida en los años setenta, cuando el embargo de diversos países del Golfo Pérsico a los Estados Unidos y a otros países que habían apoyado a Israel en la guerra del Yom Kippur provocó una profunda crisis económica.