Después de más tiempo del que tenía pensado parar en Barcelona, vuelvo a estar en la carretera. Antes de cambiar de continente –y también para asegurarme de que las modificaciones que le he hecho a “Vicky” funcionan bien– he decidido despedirme de Europa dirigiéndome de nuevo hacia Bulgaria y Rumanía para recorrer aquellas zonas que no pude visitar el año pasado. Aprovechando que pasaré por lugares donde ya he estado, visitaré de nuevo a aquellas personas con quienes me sentí tan bien.
Ahora mismo estoy de nuevo en Karperó (Grecia), la primera parada relajada que hago después de los dos ferris que he cogido para llegar a Grecia desde Barcelona, atravesando Italia. Me dirijo a Calcídica, donde me encontraré con unos amigos. Estoy en una de las pocas áreas libres de la restricción que compartía con vosotros en el artículo sobre Grecia.
Aquí he conocido a unos italianos que viajan con tres niños pequeños, y que tienen un problema mecánico en su vehículo que, igual que mi “Vicky”, es su casa. Como hablo italiano –o, como suelo decir siempre: “Mi faccio capire”– nos hemos hecho amigos y les estoy ayudando a encontrar una solución. Además, me identifico mucho con ellos porque cuando se me rompió –a causa de un defecto de fabricación– la caja de transferencia de “Vicky” en Legzira (Marruecos), y la avería me costó quebraderos de cabeza y una angustia similar a los que ellos sufren.
Pero no os quiero hablar de eso hoy. Hoy os quiero hablar de aquello que los griegos llaman filoxenia o xenofilia, es decir, el amor o la hospitalidad hacia el extranjero o el invitado. Esta es una idea cultural muy importante en Grecia y, donde la he experimentado más -directa e indirectamente– es en las zonas rurales, donde la vida es más relajada y el tiempo se percibe de una manera diferente que en las zonas turísticas.
Karperó es un pueblo de poco más de 500 habitantes en el que, cuando te ven llegar, puedes sentir todas las miradas centradas en ti. A pesar de saber que hay un área camper en las afueras, deben pensar “se ha perdido” o “¿qué ha venido a hacer aquí este chico de fuera?”. Todo cambia cuando los saludas con un kalimera (buenos días) o un yassas (hola/adiós). Como en tantos otros lugares, la mayoría de veces, oír una palabra en su idioma desarma a cualquiera, y la mirada furtiva que dice “¿quién es este y qué hace en nuestra casa?” se transforma en una sonrisa dibujada tras sentir su lengua aderezada con el acento de tu país.
La mirada furtiva que dice "¿quién es este y qué hace en nuestra casa?" se transforma en una sonrisa dibujada tras sentir su lengua aderezada con el acento de tu país
A la mañana siguiente, cuando salgo de casa, un griego curioso me viene a buscar para conocer más detalles sobre “Vicky”. Hablamos durante un rato –esta vez en inglés– y me hace preguntas sobre el vehículo y el viaje. Una vez satisfecho, se va de nuevo a hablar con unos bomberos voluntarios y un agricultor que han aparcado el camión cerca de donde he dormido. Entonces me viene a saludar otro italiano a quien todavía no había conocido. Como buen mediterráneo, también me habla con un tono como si estuviera sordo. Los mediterráneos tenemos el control de volumen averiado, dicen... y, a veces, no les falta razón.
Satisfecho, se va, y entonces soy yo quien va a hablar con los italianos del coche averiado. Les pregunto si han podido avanzar en el tema de la reparación. La respuesta es negativa, ya que, a pesar de la necesidad y el deseo que tienen, como solo hablan italiano, les cuesta mucho entenderse con la gente del pueblo. ¡La barrera lingüística! El gran reto de los viajeros... En vez de volar, ser invisible o teletransportarme, hablar todas las lenguas del mundo para poderme entender con todo el mundo es el superpoder que me gustaría tener a mí.
Me explican los detalles del problema que tienen en el vehículo y vamos a buscar al griego que habla inglés para pedirle ayuda. Entonces el griego, encantado de podernos ayudar, nos lleva hacia donde están sentados los bomberos voluntarios y el agricultor. Una vez presentados, empezamos a hablar los tres, produciéndose una de aquellas situaciones de chiste: un italiano, un catalán y tres griegos (un bombero, un agricultor y un turista) hablando de mecánica en italiano, castellano, inglés y griego con la ayuda de un dispositivo que traduce, en plenas vacaciones de agosto, para encontrar un recambio y un taller para reparar un vehículo de la época de Los Picapiedra. Más allá de la acogida y las ganas de ayudarnos, formar parte de esta conversación reproducida por una voz artificial que habla igual para todos –neutra y en diferentes idiomas– me hace sonreír, porque me trae muchos recuerdos de situaciones y conversaciones con personas de lugares muy diferentes que he conocido a lo largo de los más de dos años que hace que vivo en ruta.
Ahora que ya somos “amigos” y hemos encontrado la manera de entendernos, todo cambia. El taller más cercano que habíamos encontrado con los italianos consultando la IA estaba a casi una hora de distancia. Imposible llegar sin una grúa. Pero el bombero y el agricultor, que ya nos conocen y se sienten más cómodos gracias a esta herramienta de comunicación, llaman a un vecino que es mecánico. De hecho, es el mecánico de los tractores del pueblo y tiene las herramientas, los conocimientos y los contactos necesarios para encontrar el recambio y hacer la reparación. Como era de esperar, aquí todo funciona por contactos y recomendaciones, por lo tanto, no necesita aparecer en Google Maps. Por eso no lo habíamos encontrado.
Como era de esperar, aquí todo funciona por contactos y recomendaciones, por lo tanto, no necesita aparecer en Google Maps. Por eso no lo habíamos encontrado
Este señor –con quien hablamos a través de la app de traducción del teléfono, ya que el griego que habla inglés ha tenido que marcharse– se acerca con el coche para asegurarse del diagnóstico. Después, a pesar de ser festivo –son las fiestas del 15 de agosto–, llama al distribuidor de recambios, que también es un buen amigo suyo, y con el número de serie del vehículo le pide el recambio. Parece que la solución del problema mecánico dependía más de encontrar a la persona adecuada que de encontrar un taller.
Terminada la conversación, el italiano me dice que alucina con la hospitalidad de esta gente. Seguidamente, me explica que, un día antes de que yo llegara, habían bajado caminando a cenar al pueblo (a unos 1.500 metros de distancia) y que los niños –de entre cuatro y cinco años– se habían quedado dormidos en la mesa. Después de pagar, el dueño del restaurante les ofreció –sin posibilidad de negarse– acompañarlos con el coche al área camper para evitar despertar a los niños y que tuvieran que caminar hasta “casa”. Estos detalles tan agradables me hacen pensar que el mundo no es tan feo como nos lo pintan a veces.
Por la noche, bajo a las fiestas del pueblo con el otro italiano y su pareja, que es inglesa, y la bienvenida es sorprendente. Las camareras más jóvenes nos reciben con una sonrisa y, curiosas, también nos preguntan de dónde venimos y qué hacemos allí. Entonces, el favor me lo hacen a mí. Muestro la "tarjeta de viaje sin gluten" de NO LimEATS, en griego, para explicar que soy celíaco. Con la ayuda del teléfono, les digo que tampoco puedo comer pescado ni lácteos. Mientras lee, veo que va levantando las cejas. "Ay, que hoy no ceno...", pienso. Me hace un par de preguntas y se lleva mi teléfono a la cocina para compartir la información. Al cabo de un rato vuelve para decirme que me cocinarán un plato completamente aparte para que pueda comer con mis compañeros. Aunque esto no pasa siempre, ahora soy yo quien alucina.
Cuando te tratan así de bien, la filoxenia se contagia, y te predispone a ayudar y tratar bien a la gente que encuentras por el camino. Además, aunque es muy difícil de cuantificar, esta capacidad de comunicarnos y acceder a las redes locales puede tener un impacto económico positivo, ya que te permite hacer compras y encontrar productos que, lejos de la gran ciudad donde todo aparece en Google, sin poder hablar con la gente, probablemente no habríamos encontrado, y puede contribuir, por lo tanto, a retener parte del gasto turístico en zonas del territorio menos visitadas.
En Karperó me he dado cuenta de que existe otra infraestructura invisible, mucho más antigua que cualquier tecnología: la red de relaciones que conecta a las personas de un territorio y que lo mantiene vivo
En el artículo sobre Schengen os hablaba de una infraestructura invisible que permite hacer Europa más competitiva. En Karperó me he dado cuenta de que existe otra infraestructura invisible, mucho más antigua que cualquier tecnología: la red de relaciones que conecta a las personas de un territorio y que lo mantiene vivo. El mecánico, el agricultor, el bombero, el restaurante... todos formaban parte de la economía de este pueblecito antes de que nosotros llegáramos. Simplemente, no sabíamos cómo encontrarlos.
Quizás nunca podré tener el superpoder de hablar todas las lenguas y dialectos del mundo. Pero cada vez tengo más claro que, cuando viajas, entenderte con las personas puede ser mucho más útil que saber dónde está el taller más cercano, y que un "hola", un "gracias" o un "por favor" en su lengua, acompañado de una sonrisa, te puede abrir puertas que Google nunca encontrará.
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