A lo largo de los últimos tres años, he recorrido Europa condicionando la duración de mi estancia en cada lugar por el invierno, las horas de luz, las personas que conocía por el camino y/o en función de cómo me sentía allí donde estaba. Ahora, la cosa cambia, ya que estoy preparando la primera etapa de mi vuelta al mundo fuera de Europa y –más allá del clima– salir de casa añade una nueva variable que marcará el ritmo del viaje: la institucional, es decir, los visados y los plazos máximos de estancia.
Para solicitar un visado especial para poder estar más de 90 días disfrutando de uno de los países más grandes en superficie del mundo he tenido que pagar una tasa, rellenar un formulario para justificar mi situación económica, demostrar vínculos lo suficientemente fuertes con mi país y hacer una entrevista –solicitada con meses de antelación y preparando la documentación necesaria para demostrar que aquello que he dicho es cierto– para convencer a un funcionario de que tengo motivos para volver a casa después del viaje o, dicho de otra manera, que no quiero quedarme a vivir en su país de manera ilegal. Por supuesto, todos estos trámites los he hecho antes de poner un pie en este país. Ya me he hecho a la idea de que, a partir de ahora, cada vez que cruce una frontera, tendré que pasar por este proceso de una manera más o menos ordenada.
Entiendo que estos procesos de control en las fronteras son necesarios por factores como la seguridad, el control migratorio o la reducción de riesgos sanitarios como, por ejemplo, la pandemia. Aun así, no valoraba las facilidades que supone el espacio Schengen hasta que he tomado conciencia de que, en breve, las perderé. Después de reflexionar y leer sobre esta infraestructura institucional que reduce los costes de transacción asociados a la movilidad entre 29 países de dentro (25) y de fuera (4) de la Unión Europea, me he dado cuenta de que el espacio Schengen no elimina las fronteras físicas, sino que elimina las fricciones (costes asociados) de cruzarlas: tiempo, burocracia, inspecciones, infraestructuras de control, incertidumbre, información, etc.
No valoraba las facilidades que supone el espacio Schengen hasta que he tomado conciencia de que, en breve, las perderé
El espacio Schengen no genera riqueza por sí mismo, pero facilita que la riqueza se genere de forma más eficiente, ya que reduce enormemente los costes de transacción de una economía de más de 450 millones de personas. Al suprimir los controles de paso en las fronteras interiores, se reducen los tiempos de espera y los costes logísticos asociados al transporte, hecho que –junto con las ventajas del Mercado Único y de la Unión Aduanera– contribuye a hacer más eficientes las importaciones, las exportaciones y las cadenas de suministro. También mejora la productividad al permitir que las personas puedan cruzar diariamente una frontera interior para ir a trabajar, estudiar o visitar familiares (se estima que cada día 3,5 millones de personas cruzan una frontera interior por estos motivos; de los cuales 1,7 millones de ellas viven en un país Schengen y trabajan en otro y, en total, se realizan aproximadamente 1.250 millones de desplazamientos anuales dentro de este espacio sin controles fronterizos). Este hecho, junto con la libre circulación de trabajadores dentro del Mercado Único, ofrece a las empresas un mercado laboral mucho mayor, ya que pueden acceder a más profesionales y crear equipos multiculturales con costes de contratación mucho menores. Yo mismo he sido parte de estos equipos cuando trabajaba desde Italia, expatriado por una empresa española. La contrapartida es que la libre circulación facilita la "fuga de cerebros" hacia países que ofrecen mejores salarios y condiciones laborales.
En cuanto a inversión empresarial, la ausencia de controles fronterizos (potenciada por el Mercado Único y la Unión Aduanera) facilita el acceso a los diferentes mercados y permite que, por ejemplo, empresas proveedoras de fabricantes internacionales busquen economías de escala instalando centros productivos y almacenes en países estratégicos para una distribución más competitiva y eficiente, o decidan deslocalizarse para mejorar en competitividad dentro del mercado global. Otra ventaja –de la que la mayoría disfrutamos durante las vacaciones– es la dinamización del turismo que, al facilitar la libre circulación, permite hacer una ruta por carretera en toda la UE sin casi darte cuenta de cuándo cruzas sus fronteras, o plantarte en pocas horas en la otra punta de Europa solo con el DNI y una mochila. Eso sí, transcurridos los tres primeros meses, un ciudadano europeo que quiera seguir residiendo en otro estado miembro deberá ejercer su derecho de residencia. En vez de solicitar un visado de larga duración, generalmente basta con acreditar que trabaja, estudia o que dispone de recursos económicos suficientes para mantenerse.
Pero, como decimos en Cataluña, “no es todo flores y violas”. Esta apertura también conlleva uno de los retos más difíciles para el continente: la coordinación entre 29 países. El espacio Schengen no elimina las fronteras, sino que las desplaza, creando un espacio donde la seguridad depende de la confianza y la cooperación entre los Estados que lo forman. Este desplazamiento de las fronteras, pone más presión sobre las ubicadas en el perímetro exterior de este espacio de libre circulación, ya que estos son los puntos de acceso responsables de controlar la inmigración irregular. Otro factor difícil de gestionar es el riesgo para la seguridad causado por redes de narcotráfico, de tráfico de personas, la delincuencia organizada o personas con órdenes de detención que se pueden mover con facilidad una vez están dentro.
Otro punto, y que todos sufrimos a causa de las altas inflaciones que provocó, es la dependencia entre países. Esta dependencia no solo se refiere a la seguridad y el movimiento de personas, sino también a la cadena de suministro que, mientras el espacio está abierto, es muy eficiente, competitiva y fuerte, pero, cuando el espacio se cierra o tiene zonas afectadas (pandemias, guerras, etc.) puede quedar totalmente interrumpida.
A pesar del reto de coordinar políticas de seguridad, inmigración y coordinación entre casi 30 Estados europeos, el espacio Schengen demuestra que reducir barreras genera nuevas oportunidades y, en consecuencia, enormes beneficios. Por otro lado, también prueba que la libertad no es gratuita. Cuanto más fácil es mover personas, bienes y capitales, mejor debe ser la gestión del espacio por donde estos circulan para coordinarse en la gestión de los riesgos asociados que, al fin y al cabo, acaban siendo compartidos.
Más de 40 años después de la firma del primer acuerdo (1985) entre Alemania, Bélgica, Francia, Luxemburgo y los Países Bajos y la adhesión de 24 países más hasta hoy en día, parece indicar que los Estados que participan en él consideran que los beneficios de este espacio compensan el coste de mantenerlo. El espacio Schengen no ha eliminado las fronteras físicas. Ha eliminado buena parte del coste de cruzarlas. Y, a veces, solo cuando salimos de Europa descubrimos hasta qué punto esta es una de las infraestructuras más valiosas —y a la vez más invisibles— que ha hecho posible la integración europea.
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