Todavía recuerdo las noches frescas de verano de cuando era pequeño, acurrucado en la cama, sin poder dormir y con la sonrisa de sentirme protegido bajo la sábana mientras la tramontana silbaba fuerte, de forma intermitente. Tal como canta la mítica canción de Sopa de Cabra, el Empordà es un lugar de nuestro país “muy tocado por la tramontana”. Este viento, da nombre al polémico proyecto Parc Tramuntana, una iniciativa de transición energética que pretende acercar Catalunya a los objetivos marcados para 2030 y 2050 -de los que todavía está lejos- con una combinación de consumo solar y eólico (terrestre y marítimo).
Se trata de un parque eólico marino que se quiere instalar frente al Golf de Roses, en la Costa Brava. La propuesta ubica los 35 generadores dentro de las zonas identificadas por la planificación marítima estatal para el desarrollo de eólica marina, concretamente, a 24 kilómetros de distancia de la costa del Golf de Roses y catorce del Cap d’Oltrera (un poco más al norte de l’Estartit) y de la Cala Montjoi (pasado Roses).
El Parc Tramuntana es una iniciativa de transición energética que pretende acercar Catalunya a los objetivos marcados para 2030 y 2050 con consumo solar y eólico
Según la presentación del proyecto, los 35 aerogeneradores flotantes de 236 metros de diámetro producirán 500 MW de potencia que, traducida en valores más comprensibles, equivaldría al 45% del consumo eléctrico de la provincia de Girona. El ahorro estimado es de 21 millones de toneladas de CO₂ durante su vida útil, una cantidad equivalente a retirar cerca de cinco millones de coches de la circulación durante un año.
Hablar de la Costa Brava tiene un efecto similar al de hablar de Barcelona. Todo el mundo sonríe cuando lo haces. Este entorno tan emblemático, ha construido su marca turística sobre calas, horizontes limpios, mar abierto, submarinismo y paisajes naturales. Las principales críticas del proyecto -que seguro alimentan infinitas conversaciones de sobremesa- son el impacto paisajístico en la Costa Brava, las posibles afectaciones a cetáceos y aves marinas, los riesgos para la pesca profesional y el miedo a efectos sobre el turismo. Dicho de otra manera, que venga menos gente porque el paisaje ha perdido atractivo.
Estoy escribiendo este artículo desde Soria, donde he venido a hacer unos talleres de NO LimEATS para los campamentos de verano que organiza la Asociación Española de Personas con Alergia a Alimentos y al Látex (AEPNAA). Mientras cruzaba Catalunya, Aragón y parte de Castilla con Vicky, disfrutando del paisaje que me ofrecían la A2, la A68 y la N-122, he tenido muchas razones y tiempo para reflexionar sobre el impacto que tiene en el paisaje la infraestructura de la energía sostenible.
Acercándome a Montserrat, ya veía campos de molinos en el horizonte. En los campos de Lleida, ya había una combinación de cultivo y granjas solares y eólicas. Y una vez en los Monegros -donde siempre he visto molinos de viento y supongo que por eso no me parece extraño-, he perdido la cuenta de la gran cantidad de molinos y placas solares que hay hasta llegar a Soria.
Hablar de la Costa Brava tiene un efecto similar al de hablar de Barcelona. Este entorno emblemático ha construido su marca turística sobre calas, horizontes limpios y mar abierto
Mientras tarareaba la canción de Sopa de Cabra cruzando la ola de calor, pensaba en uno de los argumentos críticos del Parc Tramuntana que quizás acaba creando un nuevo skyline detrás de las Islas Medes: el impacto paisajístico. Inquieto por ver 42 ºC en el termómetro que medía la temperatura exterior y añorando la brisa del Mediterráneo, ya en Castilla-La Mancha pensaba en la relación entre la sostenibilidad ambiental y el ecologismo:
- La sostenibilidad ambiental es la capacidad de gestionar y proteger los recursos naturales del planeta de manera responsable. Su objetivo principal es asegurar que las necesidades de la generación actual se satisfagan sin comprometer los ecosistemas ni la capacidad de supervivencia y desarrollo de las generaciones futuras.
- El ecologismo es un movimiento sociopolítico y cívico que defiende la protección y la preservación del medio ambiente. Su objetivo fundamental es alcanzar un equilibrio sostenible entre el desarrollo humano y la naturaleza, promoviendo cambios en los hábitos de consumo y en las políticas económicas para frenar el impacto ambiental.
Mientras conducía, me venían a la cabeza muchas preguntas e ideas que no tengo espacio de desarrollar en un artículo como este (¿Quién utiliza el territorio?; ¿quién asume los costes?; ¿quién obtiene los beneficios?; paisaje frente a transición energética; interés local contra general; ¿Cómo ha sido la transición energética en países como Noruega y Dinamarca?...), pero la principal inquietud es cómo podemos hacer el mundo más sostenible y, a la vez, proteger el entorno.
Ninguno de estos proyectos: la B-40 para descongestionar la AP7, la ampliación de usos del río Ripoll de Sabadell, la ampliación del aeropuerto del Prat, las plantas nucleares de Tarragona, el Corredor Mediterráneo, etc; se ha planteado para perjudicar el territorio. Los objetivos que persiguen son el crecimiento económico, la mejora de la movilidad y la competitividad, la descarbonización o la seguridad energética. El problema es que nada es gratuito y conseguir mejorar en estos ámbitos tiene un coste: el impacto en el territorio y los ecosistemas por donde queremos -o necesitamos- construir estas infraestructuras.
Todos somos conscientes de que el crecimiento tiene un coste, pero no podemos exigir energía limpia y, al mismo tiempo, rechazar las soluciones para producirla
Todos somos conscientes de que el crecimiento tiene un coste, pero no podemos exigir energía limpia y, al mismo tiempo, rechazar las soluciones para producirla. Esto nos lleva al inmovilismo –no hacer nada–, que tiene un coste aún más alto, sobre todo si el cambio climático sigue avanzando. Sin cambios la sostenibilidad no es posible, por lo tanto, el medio seguirá sufriendo. Y nosotros también.
A nadie le gusta que le decoren el "jardín" con infraestructuras energéticas -al menos no sin compensaciones económicas-, pero hemos llegado a un punto en que proteger el medio ambiente también implica transformarlo. Me pregunto hasta dónde estamos dispuestos a aceptar esta transformación y, sobre todo, quién decide cuál es el precio asumible y qué paisaje transformar, ya que las zonas más despobladas no son menos merecedoras de preservar su belleza que las zonas más turísticas. Al fin y al cabo, cada vez más gente huye de las zonas turísticas para perseguir la tranquilidad.
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