La ley del más fuerte

En un entorno cada vez más fragmentado, Europa se convierte en el último garante de un orden regido por las normas compartidas y la cooperación

Las banderas de España y la Unión Europea ondean a media asta en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo | Parlamento Europeo
Las banderas de España y la Unión Europea ondean a media asta en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo | Parlamento Europeo
Josep-Francesc Valls es uno de los grandes expertos en la clase media | Marc Llibre
Profesor y periodista
24 de Marzo de 2026 - 04:55

En un mundo cada vez más interconectado -económicamente, tecnológicamente y ambientalmente-, cualquier tentación de replegarse en interés propio es peligrosa. La multilateralidad, estructurada entre países para abordar retos comunes, no es solo una opción diplomática de alcance desde la Segunda Guerra Mundial. Es una infraestructura invisible que sostiene buena parte del funcionamiento del sistema global. A través de la cooperación entre los países, impulsa la riqueza global de manera más equilibrada y fija criterios a través de instituciones y reglas compartidas. Su impacto económico y social se hace más evidente cuando nos alejamos del primer mundo y analizamos la situación, por ejemplo, desde Latinoamérica.

 

¿Qué pasa si esta infraestructura se debilita de manera irreversible, como sucede actualmente, y acaba sustituyendo la arquitectura multilateral por la ley del más fuerte? La pregunta es pertinente cuando, en los últimos meses, el liberalismo salvaje de algunos da un paso adelante y se salta las reglas del juego internacional, debilita intencionadamente las instituciones que, con grandes esfuerzos, han contribuido a civilizar y enriquecer el mundo en las últimas décadas.

La multilateralidad no es solo una opción diplomática de abastecimiento desde la SGM, es una infraestructura invisible que sostiene buena parte del funcionamiento del sistema global

La multilateralidad juega un papel fundamental en la resolución de los conflictos, el desarrollo económico y en la estabilidad financiera global. A través de la financiación de proyectos de infraestructura, programas sociales e iniciativas de modernización, contribuye a destruir barreras, a reducir desigualdades y a generar oportunidades en todas las regiones y más en las que disponen de menos recursos.

 

También es clave ante desafíos globales con una dimensión económica directa, como el cambio climático, las pandemias o las disrupciones en las cadenas de suministro. Ninguno de estos desafíos puede ser abordado de manera efectiva de forma unilateral. La coordinación entre países permite establecer estándares comunes, movilizar recursos y evitar respuestas fragmentadas que agravan los problemas.

Este impacto, a menudo invisible a corto plazo, es determinante para la sostenibilidad del crecimiento económico y social global. El estadio avanzado de la multilateralidad se alcanzó a partir del consenso entre países, cesiones mutuas, negociaciones interminables y constantes, y decisiones que a menudo no satisfacen a nadie, pero que acaban siendo positivas para la mayoría. Esta es su fortaleza, pero también su debilidad: cualquier actor puede saltarse las normas manu militari; en estos casos, los mecanismos para reconducir las situaciones no son fáciles de aplicar. Esta es, también, la grandeza de la democracia: mantener los equilibrios para garantizar sociedades más justas.

Entre el 40% y el 60% del PIB mundial depende directa o indirectamente de marcos multilaterales. Es decir, más de la mitad de la actividad económica global no se entendería sin reglas compartidas

No disponemos de datos exactos, pero indicadores del Banco Mundial, del FMI, de la OMC y de la OCDE apuntan que entre el 40% y el 60% del PIB mundial depende directa o indirectamente de marcos multilaterales. Es decir, más de la mitad de la actividad económica global no se entendería sin reglas compartidas.

En América Latina, la multilateralidad tiene un significado especialmente tangible: no es solo gobernanza global, sino una herramienta directa de desarrollo económico. En una región históricamente marcada por la volatilidad, la dependencia de materias primas y la fragmentación política, estos marcos han sido clave para reducir riesgos y generar oportunidades: diversifican las exportaciones, atraen inversión extranjera e integran progresivamente las cadenas de valor globales. Más allá de los tratados bilaterales, la multilateralidad aporta un elemento fundamental: la predictibilidad. Para las economías emergentes, se traduce en menor prima de riesgo, mejor acceso a la financiación y más confianza por parte de los inversores internacionales.

Tres ejemplos recientes ilustran la relevancia de la multilateralidad. Primero, el ataque de los Estados Unidos a Irán -un conflicto bilateral que dispone de marco de discusión y resolución- ha desencadenado una inflación global imprevisible. Segundo, la política arancelaria norteamericana -errática, caprichosa y agresiva- vulnera las reglas de la OMC, debilita el arbitraje global e impone la lógica bilateral. Y tercero, la exigencia de grandes tecnológicas norteamericanas de operar en Europa al margen de las normas comunitarias nos devolvería a un escenario de “salvaje Oeste”, donde el rifle sustituye el derecho.

Nos queda Europa

La Unión Europea es, probablemente, uno de los ejemplos más tangibles del valor de la multilateralidad aplicada. El mercado único facilita el comercio, establece reglas comunes con la intención de preservar un modelo de vida más sostenible y equitativo. También marca el camino del desarrollo social, protege en momentos de crisis, impulsa la innovación y apoya un crecimiento económico sostenido y más equilibrado, en favor de una economía que compite con reglas. Para una pyme catalana, operar dentro de este marco es radicalmente diferente de hacerlo en un entorno fragmentado.

La exigencia de grandes tecnológicas norteamericanas de operar en Europa al margen de las normas comunitarias nos devolvería a un escenario de “salvaje Oeste”, donde el rifle sustituye el derecho

Hoy, sin embargo, este modelo está sometido a una doble presión. Por un lado, la erosión externa de un orden internacional cada vez más fragmentado, con grandes potencias que optan por la unilateralidad y la imposición. Por el otro, las tensiones internas de estados miembros que, en momentos de crisis, tienden a priorizar intereses nacionales por encima del proyecto colectivo.

Es en este contexto que el papel de la Unión Europea se vuelve indispensable. Si la multilateralidad ha de sobrevivir como modelo de gobernanza global, será porque Europa asume el liderazgo. No es una opción: es una necesidad estratégica. Su economía -altamente abierta, exportadora y dependiente de reglas estables- necesita un entorno internacional previsible para continuar creciendo.

Europa, además, tiene la capacidad de liderar la regulación. Desde la protección de datos hasta la política de competencia o la regulación digital, ha demostrado que puede fijar estándares globales sin necesidad de imponerlos por la fuerza. Esta fuerza normativa es una de las herramientas más eficaces para sostener la multilateralidad en un momento en que otros actores la cuestionan o la ignoran.

La pregunta “qué haríamos sin la multilateralidad” nos obliga a imaginar un mundo más fragmentado, con cadenas de suministro menos eficientes, más barreras comerciales y una incertidumbre estructural más elevada. Cuesta imaginar una alternativa viable. En un mundo interdependiente, renunciar a ella no nos haría más fuertes, sino más vulnerables.