El tratado comercial entre la Unión Europea y el Mercosur continúa pendiente de ratificación definitiva por parte del Parlamento Europeo. Ha sido firmado por los gobiernos de la UE, pero la presión en la calle de los agricultores y ganaderos de media Europa ha frenado su aprobación. El acuerdo se mantiene en el limbo mientras se preparan nuevas protestas. El miedo de los productores europeos a la competencia que llegará del sur es el principal motivo que haya encallado. Ahora bien, esta es la única forma de fortalecer el mercado interior y de aprovechar las oportunidades de expansión.
Cuando finalmente entre en vigor, el tratado creará un área comercial de unos 700 millones de personas, en la cual se incrementarán notablemente los intercambios entre los dos bloques: Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, por un lado, y los 27 países europeos. Sobre todo, cereales, soja, azúcar, frutas y hortalizas, zumos y productos procesados, café, cacao y otros productos agrícolas; carne bovina, carne de ave, carne porcina, lácteos, miel y otros productos de origen animal; así como productos agroalimentarios transformados.
La reducción de aranceles facilitará estos intercambios comerciales. Sin embargo, el acuerdo afronta tres grandes obstáculos.
El primero es económico. Los países del Mercosur, especialmente Brasil y Argentina, son grandes exportadores de carne bovina, pollo, azúcar, soja o etanol. El miedo de los agricultores europeos es que estos productos llenen los lineales europeos a precios mucho más bajos. Sus costes de producción son menores, las explotaciones, mucho más grandes, y las normas ambientales o sanitarias a menudo menos exigentes. La consecuencia puede ser una presión a la baja de los precios.
Los agricultores europeos también denuncian que el sector ha perdido peso político y presupuestario. En los años ochenta, la Política Agraria Común (PAC) absorbía cerca del 60% del presupuesto comunitario; hoy apenas llega a un tercio. La ampliación de la UE a 27 países y la aparición de nuevas prioridades —cohesión territorial, investigación, cambio climático, movilidad de estudiantes, migraciones, digitalización o la respuesta a la pandemia— han redistribuido el presupuesto europeo. Al mismo tiempo, se han reducido muchas intervenciones de mercado y subsidios que habían sido centrales en los primeros años de la Comunidad. El peso económico del sector agrario se ha resentido y los agricultores, que eran los grandes protagonistas hace 30 años, consideran que cada día se les excluye más excluyen más de los beneficios de la política comunitaria.
El segundo gran obstáculo es ambiental. La apertura del mercado podría incrementar las exportaciones agrícolas del Mercosur hacia Europa y, según algunos gobiernos europeos, esto podría acelerar la deforestación de la Amazonía. Por este motivo, países como Francia, los Países Bajos, Austria o Irlanda han advertido que no ratificarán el acuerdo si no se incorporan garantías climáticas más estrictas.
Los países del Mercosur, especialmente Brasil y Argentina, son grandes exportadores de carne bovina, pollo, azúcar, soja o etanol
El tercer obstáculo es político. A la complejidad propia de la ratificación de los tratados europeos se añaden los cambios políticos en los países firmantes —especialmente el paso del gobierno de Bolsonaro al de Lula en Brasil— que han obligado a replantear algunos compromisos; en los últimos tiempos se añade.
A pesar de estos obstáculos, cabe aclarar que los productos que entren al mercado europeo deberán cumplir las normas comunitarias. La Unión Europea mantiene algunos de los estándares sanitarios, alimentarios y medioambientales más estrictos del mundo, y el acuerdo establece que solo se podrán importar productos que cumplan estas exigencias. Además, la Comisión Europea ha previsto sistemas de control, inspecciones y mecanismos de salvaguarda para evitar distorsiones del mercado.
Por lo tanto, el debate real no es tanto entre productos seguros y productos inseguros, sino entre productos más baratos y productos con más valor añadido.
Modelos productivos diferentes

Las economías agrícolas del Mercosur y de Europa tienen estructuras muy diferentes. Los países sudamericanos disponen de grandes extensiones de tierra, explotaciones de gran escala y costos de producción más bajos, especialmente en sectores como la carne bovina, los cereales o determinadas materias primas agrícolas. Este modelo les permite competir con fuerza en el mercado internacional en términos de precio.
Europa, en cambio, tiene una agricultura mucho más fragmentada territorialmente, con explotaciones más pequeñas, costes laborales más elevados y una regulación muy exigente en materia ambiental, sanitaria y de bienestar animal. Este modelo es más costoso, pero también genera productos de mayor calidad, más controlados y a menudo más vinculados al territorio. Por eso, la competencia entre los dos bloques no será exactamente directa. El Mercosur competirá sobre todo en volumen y precio, mientras que Europa deberá competir cada vez más en calidad, diferenciación y valor territorial.
Europa, de hecho, tiene una ventaja clara: la fuerza de sus marcas agroalimentarias y la reputación alimentaria. El sistema europeo de denominaciones de origen, indicaciones geográficas y certificaciones de calidad constituye una auténtica arquitectura de valor. Ha convertido muchos productos agroalimentarios en referencias globales. El vino, el aceite de oliva, los quesos, los cavas, los productos gourmet o los alimentos transformados europeos tienen una posición consolidada en los mercados internacionales. Estas marcas no compiten solo por lo que son, sino por lo que representan: proximidad, calidad, innovación y tradición.
El acuerdo con el Mercosur también protege muchas de estas indicaciones geográficas, impidiendo que se comercialicen imitaciones de los productos europeos. Esto refuerza el valor de marcas territoriales que forman parte esencial de la economía rural europea. Por este motivo, el futuro de la agricultura europea no pasa por competir en el mismo terreno que las grandes explotaciones sudamericanas, sino por reforzar los elementos que ya la hacen singular. Entre estos elementos destacan tres factores.
El primero es la calidad y la seguridad alimentaria. Las normas europeas son exigentes, pero también constituyen una garantía para los consumidores. El segundo es el origen territorial. El valor del territorio, la proximidad entre producción y consumo y la vinculación con paisajes y tradiciones son cada vez más apreciados por los mercados. El tercero es la sostenibilidad ambiental y social. El bienestar animal, la trazabilidad de los alimentos y el respeto por el medio ambiente se han convertido en factores de diferenciación.
Competir con valor
En realidad, el acuerdo con el Mercosur pone de manifiesto una transformación que ya estaba en marcha. Durante décadas, la agricultura europea ha evolucionado desde un modelo orientado a la producción masiva hacia un modelo cada vez más basado en valor añadido, reputación y diferenciación. Los productos europeos compiten cada vez menos en cantidad y cada vez más en calidad.
Esto no quiere decir que la competencia desaparezca. La entrada de productos más baratos generará sin duda presión en los segmentos de los productos baratos. Vale la pena recordar que las marcas de fabricante viven un momento delicado y replantean su modelo de negocio, que, al fin y al cabo, les conducirá a reducir precios, mientras las marcas propias europeas -más baratas- se están acabando de imponer en los lineales.
El tratado debe actuar como un estímulo para reforzar la mejora de la calidad, la innovación y la diferenciación
Pero también el tratado debe actuar como un estímulo para reforzar la mejora de la calidad, la innovación y la diferenciación. De hecho, el mismo acuerdo abre nuevas oportunidades para las exportaciones europeas. Los aranceles actuales sobre productos como el vino, el chocolate o el aceite de oliva —que en algunos casos llegan al 35%— se reducirán progresivamente, lo que facilitará el acceso de los productos europeos a mercados sudamericanos en crecimiento a la vez que la expansión de enseñas nacionales europeas. El tratado UE-Mercosur, por lo tanto, no es solo un acuerdo comercial. También refleja un debate más amplio sobre el futuro de la alimentación y de la agricultura.
Europa ha optado por un modelo agrícola exigente, con regulaciones estrictas y una orientación creciente hacia la calidad y la sostenibilidad. Este modelo puede tener costes más elevados, pero también genera márgenes muy superiores. En este contexto, la competencia con el Mercosur puede actuar como un estímulo para reforzar este posicionamiento. El futuro de los productos europeos probablemente no se decidirá en el terreno del precio, sino en el valor que los consumidores asocian a la calidad, el origen, la marca y la confianza.
Y este es, quizás, el verdadero reto del tratado: demostrar que en el mercado global no solo ganan los productos más baratos, sino también los productos que innovan, son de calidad, construyen marca y generan confianza. Europa no debe tener miedo a abrirse de esta manera.