Compartiendo categoría de “carretera excepcional” con el Paso do Stelvio (Italia), la Atlantic Ocean Road (Noruega), la Grossglockner (Austria), la Ruta 40 (Argentina) o la Overseas Highway (EE. UU.), entre otras, la Transfăgărășan (DN7C - Rumanía) es una de las carreteras panorámicas alpinas más famosas, sobre todo después de que Top Gear -el programa de automoción de la BBC-, la calificara de “la mejor carretera del mundo”. Como podéis ver, igual que Budapest, Rumanía también capitaliza el paisaje a través de rodajes de películas y anuncios a bajos costes.
Sus 90 kilómetros de recorrido sinuoso atraviesan las montañas Făgăraș, la cadena montañosa más alta de los Cárpatos. Superando los 2.000 metros de altitud, esta carretera une las regiones históricas de Transilvania y Valaquia. La Transfăgărășan se construyó entre 1970 y 1974 por orden de Nicolae Ceaușescu, como respuesta a la invasión de Checoslovaquia por parte de la Unión Soviética en 1968. El objetivo era asegurar un paso rápido entre montañas en caso de que la Unión Soviética invadiera el país, complementando otros pasos ya existentes como la carretera DN67C, también conocida como la Transalpina, otra vía panorámica que vale la pena transitar.
Igual que Budapest, Rumanía también capitaliza el paisaje a través de rodajes de películas y anuncios a bajos costes
Con los años, y ya relativamente lejos de la etapa política por la que la construyeron, la dificultad y peligrosidad intrínseca de su recorrido, sus bosques frondosos, las cascadas, lugares emblemáticos como el túnel de Capra (880 m) el lago Vidraru (artificial), el glaciar Bâlea, las ruinas del Castillo de Poenari (la antigua fortaleza de Vlad el Empalador) y el hecho de poderla transitar solo en determinados meses del año, la han convertido en una atracción turística para conductores y curiosos. Una imagen de postal que pocos saben que es de origen comunista y militar.
A causa de la combinación de factores como una infraestructura antigua y en mal estado, una densa red de carreteras de un solo carril y, desgraciadamente, la conducción agresiva y temeraria de muchos de sus habitantes -entre la población se les llama “donantes de órganos” porque cuando tienen un accidente acostumbra a ser fatídico-, Rumanía registra una de las tasas de accidentes mortales más elevadas de Europa. En este recorrido tan bonito, se suma el factor de la peligrosidad de uno de los habitantes originales de esta zona: el oso pardo.
La contrapartida (siempre hay una) de la creciente presencia humana en este paso, ha acentuado el conflicto entre humanos y la fauna salvaje del territorio, que le ha dado un sentido añadido de peligro y la ha rebautizado con el nombre de la “carretera de los osos mendigos”, ya que se ha acabado convirtiendo en un “safari de asfalto” muy peligroso. Es común circular por esta carretera y encontrarte un atasco provocado por vehículos parados y grupos de personas que se han bajado de la moto o del coche para poderse acercar a un oso tumbado en la cuneta. Este espera que los transeúntes –en contra de los numerosos carteles que hay a lo largo del recorrido y la fama mortal de esta carretera– le tiren comida para poderlo mirar más rato y/o poderse acercar para hacerse un selfie, dándole la espalda y sin tener en cuenta si va acompañado de sus oseznos o no.
Como podéis imaginar, las consecuencias de esta irresponsabilidad no son agradables. El último caso sonado es de julio del año pasado, cuando un motorista italiano fue atacado por una osa que lo arrastró hacia un barranco mientras el hombre se fotografiaba con ella. El rescate acabó con la muerte a tiros del animal, porque también atacó al equipo de rescate que quería recuperar el cuerpo del hombre, también muerto. Casos como este son cada vez más comunes. En mayo del mismo año se registraban tres ataques más en un mismo día, que se suman al censo de 26 muertos y 274 heridos en los últimos 20 años (datos entre 2004 y 2024). Y el año anterior una excursionista de diecinueve años también fue atacada por un oso cerca de Brasov.
Se estima que en Rumanía hay entre 10.000 y 13.000 ejemplares de oso pardo, un número muy elevado que, según algunos expertos, supera la capacidad de su hábitat
Rumanía acoge una de las poblaciones más grandes de oso pardo en Europa, pero es un outlayer en las estadísticas de ataques a humanos registrados. Otros países como Eslovaquia, Grecia o Eslovenia, donde también hay poblaciones de oso pardo estables, solo registran casos puntuales. De hecho, hay un debate muy grande sobre las razones de por qué hay una población tan grande: regulación de la caza en 2016 impulsada por la UE, facilidad de encontrar alimento, falta de control de la población... Se estima que en Rumanía hay entre 10.000 y 13.000 ejemplares de oso pardo (más de diez veces que en los otros países mencionados). Este número tan grande, según algunos expertos, supera la capacidad de su hábitat.
Esto les lleva a acercarse a los humanos –igual que los jabalíes en algunos municipios de nuestro país– en busca de alimento. Este hecho, sumado a que los turistas ya no perciben la fauna salvaje como un ecosistema que hay que respetar, sino como un zoológico de libre acceso, incrementa su grado de peligrosidad. Un aspecto que también va muy ligado a la necesidad de reconocimiento digital que promueven algunas redes sociales, que nos llevan a viajar para confirmar imágenes que ya hemos visto en vez de hacerlo para descubrir lugares, e incitan a muchas personas a copiar la actitud de otras –algunas muy influyentes- pensando: “A mí tampoco me pasará nada”.
A raíz del crecimiento de los ataques, y aparte de imponer sanciones graves, el gobierno rumano ha empezado a implementar planes de reubicación forzosa para los osos de la Transfăgărășan hacia zonas totalmente aisladas o santuarios como el de Zărnești. Si me alejo de esta situación de Rumanía y la comparo con otros lugares también masificados, pienso que quizás el problema no es solo qué hacemos con los osos, sino qué estamos haciendo con la naturaleza y el impacto del turismo visual.
Cada vez más, viajamos buscando espacios salvajes, pero los recorremos como si fueran un parque temático y nos olvidamos de que compartimos el territorio, que no es lo mismo que dominarlo
Cada vez más, viajamos buscando espacios salvajes, pero los recorremos como si fueran un parque temático y nos olvidamos de que compartimos el territorio, que no es lo mismo que dominarlo. Pamukkale (Turquía), Blue Lagoon (Islandia), Uyuni (Bolivia), Maya Bay (Tailandia), Trolltunga (Noruega) o Perito Moreno (Argentina) son algunos ejemplos de lugares que, igual que la Transfăgărășan, han acabado redefiniéndose alrededor del visitante, sin tener en cuenta al habitante. De hecho, en algunos de estos espacios incluso se ha tenido que limitar temporalmente el acceso para proteger la biodiversidad y reducir la presión humana.
Aunque como viajero no me gusta que se tenga que llegar a planteamientos como este, en línea con lo que compartía en el artículo sobre regulación del turismo itinerante en Grecia y las diferencias en la gestión del derecho de acceso al medio en toda Europa, cada vez parece más necesario encontrar un equilibrio entre acceso, conservación y responsabilidad: restringiendo aforos, regulando usos, reforzando la educación ambiental o, incluso, aplicando peajes para limitar la presión sobre algunos espacios. Al fin y al cabo, para solucionar un problema, todas las partes implicadas deben involucrarse. No solo la afectada. No se trata de corregir los efectos, sino también la causa. ¿O no?