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Desde Merzouga: Marruecos, un imán para inversores, emprendedores y aventureros

En veinte años, Marruecos ha pasado de ser una economía altamente dependiente de la agricultura a desarrollar infraestructura, industria y servicios que concentran más del 75% del VAB

El pequeño pueblo de Merzouga con las dunas del Sáhara de fondo | iStock
El pequeño pueblo de Merzouga con las dunas del Sáhara de fondo | iStock
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Emprededor y viajero
Merzouga, Marruecos
08 de Marzo de 2026 - 04:55

Solo pensar en Marruecos se me dibuja una sonrisa en la cara. Los momentos que he vivido en sus desiertos, cruzando el Atlas, caminando por las calles de ciudades como Chef Chaouen, Fez, Ouarzazate, Agadir, Er-Rachidia, Zagora o Merzouga y, sobre todo, con los amigos y gente local que he conocido a lo largo de los años, siempre me acompañarán. Para mí, Marruecos es sinónimo de contrastes y de aventura. Me enamoré de este país la primera vez que lo visité, a finales de 2014. Y cada vez que he vuelto –casi una vez al año– he ido viendo cómo se ordenaba, se desarrollaba y se acercaba a los estándares europeos a pasos de gigante. Especialmente en el norte, donde el eje atlántico y mediterráneo (la zona que comprende Tánger, Rabat, Casablanca, El-Jadida y Agadir) concentra la mayor parte de las infraestructuras, actividad económica y alrededor del 70% de su población.

 

Con un PIB que se acerca a los 150.000 millones de euros (2024), Marruecos es un país que se ha ido fortaleciendo a golpes de crisis: una sequía que ha durado años, la covid-19, una elevada inflación a causa de los elevados costes de las materias primas y un terremoto devastador. Aun así, en los últimos veinte años, Marruecos ha pasado de ser una economía altamente dependiente de la agricultura –que, además, condicionaba el crecimiento anual en función del clima – a desarrollar su infraestructura y una estructura industrial (aproximadamente el 24% del PIB) y de servicios (alrededor del 54%) que, hoy en día concentra más del 75% del valor añadido y alrededor del 70% del trabajo.

Todo ello que convierte el país en un puente financiero entre África y Europa y un lugar muy atractivo para las empresas de nuestro continente gracias a su proximidad, bajos costes y acuerdos comerciales preferenciales. La implantación de empresas de automoción (Renault Group, Stellantis, Delphi Technologies...), del sector aeroespacial (Airbus, Boeing...) o del sector alimentario (Grupo Borges, Ebro Foods, Juver...) son algunos ejemplos de implantación.

 

La primera vez que fui, entré por Melilla y me sentí como en una película: colas de peatones mezcladas con las colas de coches y furgonetas con montañas de equipaje, bicicletas, electrodomésticos (y vete a saber qué más) amontonados en el techo, gritos, algún empujón y guardias que no tenían mucha prisa. Tardamos cuatro horas en cruzar porque, en el viaje anterior mis compañeros habían entrado por Melilla y salido por Tánger y, debido a la desconexión entre puntos aduaneros, según el registro de la frontera de Melilla, su vehículo aún no había salido del país, por lo tanto, no podía volver a entrar. En las siguientes ocasiones entré por Nador y aquí es donde he notado los cambios más grandes.

Al principio, si tenías suerte, podías hacer los trámites aduaneros a lo largo de la primera hora de navegación desde Almería, hasta que el dispositivo portátil que utilizaba el policía se quedaba sin cobertura. Entonces, tenías que esperar a que el barco estuviera cerca de la costa marroquí para poder completarlo. Si no tenías tiempo, te tocaba hacerlo en tierra. El barco quedaba dividido en dos colas: la del trámite del pasaporte donde lo entregabas junto con un papelito blanco rellenado a mano con tus datos; y la cola del trámite del vehículo donde rellenabas un papelito autocopiador para hacer la importación temporal, y del que era recomendable no deshacerte hasta la siguiente visita para poder demostrar las entradas y salidas y, de esta manera, evitar que te pasara lo que nos pasó en Melilla la primera vez que fui. Esto de las colas todavía sucede, pero ahora ya no se quedan sin cobertura y te entregan una tarjeta de cartulina con un código QR donde hay toda la información.

A lo largo de los últimos años, algunos de los grandes fabricantes europeos de la automoción y el textil (entre otros) han comenzado a implantarse alrededor de las ciudades de Kenitra, Tánger y Casablanca

Esta tarjeta va asociada a tu pasaporte de manera inseparable –solo puedes desvincularla con lo que se llama appuration de passeport–. Una vez en tierra firme, los coches, gritos y toques de bocina volvían a aparecer y, la única manera de pasar deprisa era “motivando” al guardia de turno para que te atendiera antes. Esto tampoco pasa ya. Ahora, la frontera es mucho más ordenada, igual que la ciudad de Nador.

Antes, la zona franca era como una gincana. Una jungla de chicos jóvenes que intentaban esconderse bajo los coches que salían para pasar la frontera ilegalmente, abrirte las puertas para llevarse lo que no era suyo o que te estiraban para ayudarte a rellenar unos formularios que no necesitabas o que podías encontrar en las taquillas de las navieras; un tráfico caótico donde los pequeños taxis iban haciendo eslalon con más agilidad que las motos de Barcelona entre una mezcla camiones con sobrecarga, coches de los años 70 y alguno nuevo, y gente que cruzaba sin mirar. Después de la pandemia –un punto de inflexión en tantísimas cosas en nuestras vidas– todo esto ha desaparecido y la zona franca de Nador es un espacio mucho más tranquilo.

Esta vez vengo desde Algeciras y desembarco en Tánger-Med. Después de hacer papeles, que me inspeccionen la autocaravana y me pregunten unas cuantas veces si llevo un dron –un dispositivo totalmente prohibido al ser considerado una amenaza para la seguridad–, me dispongo a cruzar el ecosistema industrial y logístico que rodea este puerto. Es impresionante. Como decía, a lo largo de los últimos años, algunos de los grandes fabricantes europeos de la automoción y el textil (entre otros) han empezado a implantarse alrededor de las ciudades de Kenitra, Tánger y Casablanca, y han aprovechado sus plataformas industriales como puerta de entrada al continente africano.

Atravieso la ciudad y no me siento lejos de casa, ya que todo y todos tienen un aspecto muy europeo. “Marruecos no es África” dicen algunos. Saliendo de la ciudad, me recibe un paisaje de un verde que no esperaba. Sigo conduciendo dirección sureste hacia Chauen, “la Perla Azul” de Marruecos. Después de hacer un tramo de autopista donde aún no aceptan tarjetas en los peajes, continúo por una comarcal cruzando campos de olivos y colinas que me recuerdan a carreteras de cerca de casa.

Poco a poco, el paisaje se va volviendo árido y, cuanto más me alejo de la burbuja civilizada de Tánger, me adentro en un Marruecos cada vez más rural y austero. Los pueblitos rodeados de campos trabajados con la ayuda de animales, casas inacabadas desde hace tiempo donde la única carretera asfaltada es la travesía son cada vez más habituales. Eso sí, todos con carteles de la Coca-Cola y grupos de hombres sentados en la acera absorbidos por los teléfonos móviles.

Una vez en Chauen, me doy cuenta de que hace rato que he dejado la industria atrás. Aquí todo ya gira en torno al turismo y la agricultura. Me detengo en un banco a cambiar euros por dirhams y acto seguido compro una tarjeta de teléfono de prepago. El cambio hace tiempo que fluctúa entre 1-10 y 1-11. El euro ya se aceptaba en casi todas partes –a riesgo de que te devolvieran el cambio en dirhams–, pero el pago con tarjeta –a veces con recargo del 3-5%– es cada vez más habitual en algunos hoteles, negocios y gasolineras de todo el país. Las marcas internacionales como Shell, Cepsa o Total fueron las pioneras con esta forma de pago.

Una vez en Xauen, me doy cuenta de que hace rato que he dejado la industria atrás; aquí todo ya gira en torno al turismo y la agricultura

Paso dos días visitando esta ciudad azul tan maravillosa y decido continuar hacia Meknes, otra ciudad grande. Allí me aprovisionaré de nuevo y, aunque establecimientos como Carrefour Decathlon hace más de quince años que conviven con las medinas y tiendecitas especializadas del país y, poco a poco, van penetrando en las ciudades con menor número de habitantes, siempre me descoloca verlos allí. Otro indicador del desarrollo que ha potenciado el turismo –y que me toca de cerca– es el volumen de productos dietéticos y bio que ofrecen las principales cadenas de supermercados. Entre otras alergias e intolerancias alimentarias, también soy celíaco y encontrar productos sin gluten, a veces, puede convertirse en un gran reto. Son todo productos importados y el precio es muy elevado, pero la opción existe, que ya es un éxito. En este sentido, Marruecos no es muy diferente de Europa. En las grandes ciudades es fácil encontrarlo. En las zonas rurales, puede convertirse en una odisea.

Pasear por Meknes me hace sentir más cerca del Marruecos que conozco, llenos de grupos de niños que te piden un bolígrafo, una chocolatina y/o un dírham, de mujeres con velo y bebés colgando que van arriba y abajo o de hombres con chilaba que gritan por la calle. Después de pasar la noche en el aparcamiento de delante de la prisión, sigo mi viaje dirección Ifrán, famosa por la estatua del león y donde el rey Mohamed VI tiene uno de los múltiples palacios. Esta es una ciudad de once mil habitantes que me conecta de nuevo con Europa. Los velos y las chilabas desaparecen, en los parques hay grupos de jóvenes grabando tiktoks y los coches de alta gama circulan por las calles. A causa del clima se ha construido de forma similar a los pueblos del Pirineo o de los Alpes. Este año no tiene nieve y el lago está seco, pero las imágenes que podéis encontrar si la buscáis por internet os confirmarán por qué la llaman la Suiza de Marruecos.

El-Khorbat es un proyecto liderado por Ahmed, un emprendedor que vive entre Barcelona y El-Khorbat. Está recuperando esta ksar con un proyecto social y de empoderamiento de la mujer

Hago noche en el parking del lago y al día siguiente continúo hacia el bosque de Ghourame –también conocido como el bosque de los monos– para acabar de cruzar el Atlas y seguir dirección Midelt y Er-Rachidia, las ciudades más grandes del sureste de Marruecos. Son ciudades de 60.000 y 100.000 habitantes cada una, y están entre la modernización del norte y el aspecto rural del resto del país. Aquí bicicletas, camiones, coches, petit taxi y motos se mezclan de nuevo por las calles. Cerca de Er-Rachidia hay un proyecto de recuperación de un ksar que me llama la atención. El-Khorbat es un proyecto liderado por Ahmed, un emprendedor que vive entre Barcelona y El-Khorbat. Está recuperando este ksar con un proyecto social y de empoderamiento de la mujer muy interesante. Paso un par de días con unos amigos conociendo el proyecto y la zona.

Recorro el Palmeral del Ziz disfrutando de las vistas que ofrece la carretera que bordea uno de los oasis más grandes del mundo hasta llegar a Erfoud, una ciudad que ha crecido alrededor del turismo y de la afición al 4x4 que, en gran parte, trajo el París-Dakar. A 50 kilómetros se encuentra el Erg Chebbi, uno de los desiertos más famosos de Marruecos y de los más visitados del Sáhara. Con los años, Hassilabied y Merzouga se han convertido en ciudades hoteleras que rodean este desierto con albergues, casbas, riads, grandes hoteles, campamentos de jaimas y tiendecitas de souvenirs y fósiles que te atraen al grito de “más barato que en Andorra”. Cada año captan millones de turistas ofreciendo aventuras de todo tipo alrededor de la experiencia bereber y nómada: excursiones en todo terreno, quad, buggy, paseos en camello, tés, tajines y puestas de sol y noches estrelladas que recordarás toda la vida.

Aquí he conocido historias de emprendimiento muy inspiradoras, algunas con una conexión muy fuerte con Catalunya: chicos enamorados de su tierra que han aprendido idiomas a base de prestar atención a cómo hablan los turistas, que han empezado de ayudantes de otros emprendedores que, con los años, persiguiendo la independencia y una vida con más oportunidades para ellos y para sus familias, han construido sus propios negocios alrededor del turismo y ofreciendo los mismos servicios que sus patrones. La competencia en esta zona es feroz y la supervivencia reside en el boca a boca que generan las relaciones, las conexiones en la zona y el buen trato al turista. Algunos de estos emprendedores han tenido la oportunidad de vivir unos años en España –muchos en Catalunya– y todo lo que han aprendido y ahorrado allí lo han invertido en diferenciarse en el servicio: principalmente basado en la conexión a internet estable, potencia eléctrica disponible (a algunos todavía no puedes enchufarles un secador de pelo), agua caliente (todavía hay quienes no tienen) y buena comida.

Paso un par de semanas con mi amigo Hassan, uno de los emprendedores que os explicaba. Hace años que nos conocemos y nos hemos hecho amigos. Los días que no tiene trabajo quedamos para tomar un té o para ir a explorar rutas que quiere abrir para sus clientes mientras hacemos kilómetros rodeados de paisajes de películas que podrían estar muy bien ambientadas en otros mundos.

La competencia en Hassilabied y Merzouga es feroz y la supervivencia radica en el boca a boca que generan las relaciones, las conexiones en la zona y el buen trato al turista

A pesar del dicho “la prisa mata y la calma remata”, que puedes escuchar a menudo aquí en el desierto, las dos semanas han pasado volando y ya me toca volver a casa. Como siempre, tengo que conducir muchas horas para llegar a puerto a tiempo, pero tengo que vigilar con los radares. En el sur, frecuentan los controles policiales con detectores de velocidad de pistola láser y algún radar fijo esporádico. En el norte, hace años que se pueden ver los radares fijos, que proliferan como setas. Estos no me preocupan mucho porque con la autocaravana no puedo correr.

Los pocos policías espabilados que quedan son los que me pueden hacer perder tiempo de verdad. A medio camino entre Er-Rachidia y Midelt me paran en un control para ponerme una multa por exceso de velocidad. Me piden 150 MAD (aproximadamente, quince euros). Antes de pagar nada les pido que me enseñen la fotografía y que me den el recibo de la multa, pero no me pueden dar ninguna de las dos cosas. Después de un pequeño tira y afloja con cada uno de los tres guardias del control –cada interlocución con un guardia con más galones– me perdonan la multa por ser de Barcelona y del Barça.

Retomo el camino confiando en que cuando llegue a la frontera no haya ninguna otra sanción registrada en la tarjeta de importación temporal del vehículo con el código QR que me dieron al entrar al país y con una sonrisa pensando en la frase “Marruecos no es África”. Tampoco es Europa. Al menos, todavía no.