Hacer dos horas y 30 minutos en coche hasta la Seu d’Urgell para ver a Josep M. Ganyet en vivo se han dado por bien empleadas en la 37a Trobada Empresarial al Pirineu. Especialmente, cuando el titular que recibe a los asistentes es toda una declaración de intenciones: La IA no existe, el trabajo tampoco. Pero el etnógrafo digital, CEO de Mortensen y colaborador de este diario, ha empleado otros sentidos más allá del habla para proyectar su mensaje, y ha exhibido un vídeo viral del salón Alimentaria -que en la era de la sobreinformación, es imposible que no nos suene-: un robot camarero, programado para acompañar a los clientes a la mesa, no detecta el desnivel de una tarima del congreso y cae estrepitosamente al suelo. La periodista hace un sonido de espanto. "Cuando el robot cae, la gente exclama. ¿Por qué? Porque tiene ojos y cara, sencillamente. Si hubiera caído una silla, todo el mundo quedaría inmutable", ha relatado Ganyet.
Mucho antes de entrar en materia, el experto se ha presentado y ha desplegado un currículum muy completo. “Tengo una buena relación con el trabajo de empresario”, ha apuntado, y se ha referido a su trayectoria en multinacionales como IBM o Xilam, y la creación de dos empresas propias: Mortensen, dedicada a la transformación digital, y Sorensen, especializada en inteligencia artificial. También ha destapado una doble vertiente como docente y estudiante de lenguas clásicas en la Universidad de Barcelona (UB), y “si tenéis hijos, quizás me han leído en el Cavall Fort”, ha comentado con una sonrisa, y ha aclarado que ninguno de los presentes es el público objetivo de la revista, pero que él escribe a menudo. Para Ganyet, es esencial que las nuevas generaciones entiendan la tecnología no solo como herramienta, sino como fenómeno cultural y social.
"La IA la hacen los ordenadores, que pueden parecer inteligentes, pero no siguen los procesos de los humanos, de la misma manera que un avión no vuela igual que una gaviota"
Con solo 40 minutos para convencer a una sala llena hasta los topes y más de 900 empresarios y empresarias, Ganyet ha insistido en que "la IA la hacen los ordenadores, que pueden parecer inteligentes, si queréis, pero no siguen en ningún caso los mismos procesos que los humanos, del mismo modo que un avión no vuela igual que una gaviota". Además, ha recordado que "nuestra percepción de la tecnología está totalmente condicionada por la cultura". Mientras que el audiovisual occidental ha alimentado -con films que van desde Metropolis hasta Terminator- la idea de la máquina como un enemigo o un competidor final, Japón convive con los robots asistenciales. "Allí tienen a Doraemon, el gato cósmico de dibujos animados que ayuda a aprobar los exámenes y proviene de una tradición animista en la que algunos objetos tienen alma", ha ejemplificado el etnógrafo.
De Ramon Llull a Alan Turing: la IA también es catalana

Una de las declaraciones más sorprendentes de la ponencia ha sido que una parte del pensamiento que fundamenta la IA moderna nace en nuestra casa. Ganyet ha recuperado a Ramon Llull y sus ruedas combinatorias, un sistema para generar nuevo conocimiento a partir de conceptos preexistentes. “Llull quería sustituir la espada por la razón. Crear verdades universales combinando atributos compartidos por las tres religiones monoteístas". De aquí, el experto ha saltado a Leibniz, Newton, Alan Turing y la Convención de Dartmouth de 1956 -en la que se acuñó el término inteligencia artificial-, y ha apuntado que Catalunya tiene hoy investigadores al nivel de aquellos pioneros.
La segunda bomba ha sido que “el trabajo no existe. Existen las tareas". Ganyet ha rechazado la dicotomía clásica entre "trabajos cualificados y poco cualificados" y ha propuesto una distinción "más útil": trabajos repetitivos y trabajos adaptativos. Los primeros son automatizables; los segundos, no. La pandemia, ha subrayado Ganyet, ya demostró que "la distinción entre trabajos cualificados y no cualificados es falsa". Repartidores, cajeros y personal logístico sostuvieron el Estado mientras perfiles “de alto valor” trabajaban desde casa.
Ganyet ha rechazado la dicotomía clásica entre "trabajos cualificados y poco cualificados" y ha propuesto una distinción "más útil": trabajos repetitivos y trabajos adaptativos
Pero la clave no es la calificación, sino la repetibilidad. Las tareas repetitivas, como buscar jurisprudencia, revisar imágenes médicas o etiquetar datos, son fácilmente automatizables. Pero esto "no elimina las profesiones, sino que las transforma". “Los radiólogos no desaparecen. Dejan de mirar imágenes todo el día. Su trabajo es mucho más que eso", ha defendido Ganyet. En este sentido, cabe decir que detrás de cada modelo de IA hay miles de personas etiquetando datos en países como India, Kenia o Sri Lanka, y "cobran uno o dos dólares la hora".
“Esta inteligencia que llamamos artificial es bien natural. Es la suma de muchas inteligencias humanas", ha subrayado el etnógrafo. Y también es la suma de muchos sesgos culturales: modelos entrenados mayoritariamente en inglés, con una mirada anglosajona del mundo, que reproducen estereotipos de género, raza o clase. Ganyet lo ha ilustrado con un ejemplo: cuando se pedía a un modelo antiguo que describiera un mánager, aparecían hombres; cuando se le pedía un “mánager con sentimientos”, aparecían mujeres. “Esto nos dice que, según el sistema, si tienes sentimientos, no pasarás de encargado de almacenamiento”, ha ironizado.
Y en el bolsillo mágico de Ganyet tampoco han podido faltar tres proyectos reales. El primero, un sistema que le permite ordenar, etiquetar e interrogar todo su corpus de artículos y hacer una detección de temas recurrentes, personas citadas y la evolución de su pensamiento. El segundo, una herramienta para monitorizar medios de comunicación e identificar tendencias, ángulos y narrativas en tiempo real. El tercero, SignarIA, la herramienta para dotar a las personas sordas signantes de una voz sintética personalizada elaborada por investigadores de la UPF y la empresa Sorensen AI.
Esta mirada humanista ha atravesado toda la ponencia. Ganyet ha reconocido que hablar de IA “no es fácil”, porque todo el mundo habla de ella y todo el mundo tiene una opinión, pero pocos conocen sus fundamentos. Y por eso ha desplegado un recorrido histórico y pedagógico, en el que ha explicado que la palabra inteligencia es una palabra "maleta": “Como amor o Dios, tiene tantos significados que a menudo no sabemos de qué hablamos". Por eso ha reivindicado la definición de Stuart Russell: La inteligencia es la capacidad de un agente de aproximarse a sus objetivos teniendo en cuenta las restricciones de su entorno.
También ha recuperado la pregunta fundacional de Turing -"¿Las máquinas pueden pensar?"- y la ha desmontado: “La pregunta importante no es si piensan, sino si muestran un comportamiento inteligente". Y ha añadido una comparación que ha hecho reír a la sala: “Podemos vivir toda la vida con una pareja que no nos ama, pero si se comporta como si nos amara, para nosotros nos ama".
Bach, Rembrandt y AlphaFold: ¿hasta dónde ha llegado la IA?

Para demostrar hasta dónde ha llegado la tecnología, Ganyet ha mostrado tres ejemplos más que han dejado al público boquiabierto. El primero, un fragmento musical generado por una red neuronal profunda que imita el estilo de Bach. “A mí si me ponen esto pienso que es una pieza original”, ha admitido. El segundo, un proyecto de Microsoft que recrea el “próximo retrato” que habría pintado Rembrandt, generado a partir de todas sus obras y de la literatura académica sobre su estilo. “Incluso pintaron las catorce capas de pintura que usaba Rembrandt”, ha remarcado.
La IA es la suma de muchas inteligencias humanas. Todo lo que hemos subido a internet -textos, imágenes, 'likes', conversaciones, errores- ha servido para entrenar estos modelos
Y el tercero, el más científico: AlphaFold, el proyecto que ganó el Premio Nobel de Química 2024 por resolver el plegamiento de las proteínas. “Es un avance que acelera el desarrollo de fármacos y que cambia la investigación biomédica”, ha subrayado. Tres casos que demuestran que repartir bien el trabajo entre humanos y máquinas no es ciencia-ficción: es eficiencia, dignidad y sentido común.
En las postrimerías, el CEO de Mortensen ha abordado las limitaciones de la tecnología. Ha explicado que cuando un modelo se equivoca, lo llamamos “alucinación”, pero que el término es engañoso: “Las máquinas no alucinan. Hacen cálculos. Somos nosotros quienes interpretamos el error como una alucinación porque proyectamos procesos humanos sobre sistemas que no lo son". La definición que él usa como columna vertebral es la de Marvin Minsky: la IA es la suma de muchas inteligencias humanas. Todo lo que hemos subido a internet -textos, imágenes, likes, conversaciones, errores- ha servido para entrenar (y seguir entrenando) estos modelos.