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Con solo once años, Lluís Pallarès ya trabajaba para ayudar a pagar el pan de su familia. Era un niño de Solsona, una ciudad donde los cuchilleros formaban parte de la vida cotidiana y donde habían llegado a convivir una veintena de talleres dedicados a este oficio. En 1917, después de ir a trabajar a Barcelona y hacer la mili, fundó Pallarès Solsona junto con su hermano Carles. Empezaron fabricando navajas con mango de cuerno y, más de un siglo después, es el último superviviente de aquella industria cuchillera local. Hoy, la empresa familiar vende sus cuchillos y navajas acabados a mano desde Estados Unidos hasta Nueva Zelanda o Singapur y se ha hecho un hueco en las casas de muchos catalanes.
Solsona, una ciudad de cuchilleros

La historia de Pallarès Solsona no se puede entender sin la tradición cuchillera de la capital del Solsonès. Durante siglos, los talleres de navajas y cuchillos formaron parte del tejido económico de la ciudad. "En Solsona había cuchilleros, curas y cuatro guardias civiles", recuerda David Pallarès, actual director y tercera generación de la empresa. Entre el siglo XVI y principios del siglo XX, el pueblo acogió una veintena de talleres, de los cuales solo queda Pallarès Solsona.
En este entorno creció el abuelo de David, Lluís Pallarès. Después de haber trabajado en Barcelona y de hacer el servicio militar, decidió emprender su propio camino junto a su hermano Carles. En el año 1917 fundaron el taller que acabaría llevando el apellido familiar. Y tomaron una decisión innovadora y pionera en la época: marcar los cuchillos con su propio nombre. Hasta aquel momento, muchos de los productos fabricados en Solsona se comercializaban con marcas ajenas. Los talleres hacían el trabajo, pero el consumidor final a menudo desconocía quién había fabricado el cuchillo. "Mi abuelo dijo que haría los suyos", explica David Pallarès, que recuerda la habilidad del fundador: "Mi abuelo sabía mucho, hacía cuchillos de mucha calidad. Con los años te das cuenta de que era un crack".
Los arrieros, los primeros distribuidores
Mucho antes de que se hablara de internacionalización, los cuchillos de Solsona ya viajaban por la península. Lo hacían gracias a los arrieros que transportaban mercancías entre poblaciones y que aprovechaban los trayectos para comprar y revender productos. La fama de la capital del Solsonès era muy grande y estos comerciantes aprovechaban su estancia para comprar sacos de herramientas, también de Pallarès Solsona. Los vendían por toda la península. Aquel sistema permitió que las navajas solsoninas se hicieran conocidas por todas partes.
Incluso en aquellos primeros años de vida, Pallarès Solsona estuvo muy cerca de vender productos fuera de sus fronteras. A través de una unión de artesanos locales, llegó una oferta de Turquía para comprar cuchillos para utilizar durante la Primera Guerra Mundial. Finalmente, la falta de acuerdo frustró la operación.
Pallarès: "Siempre hay un componente de suerte"
Mientras muchos talleres cuchilleros de Solsona iban cerrando, el Pallarès crecía y ganaba reputación. David no atribuye su supervivencia a un motivo en concreto y explica diversos factores. "Mi padre tenía la idea de modernizarse", comienza el actual director. La segunda generación apostó por incorporar maquinaria, mejorar los procesos y reorganizar la actividad empresarial, pero siempre manteniendo la artesanía.

También considera determinante que siempre hubiera alguien al frente del negocio y que se produjera el relevo familiar. Y no esconde un factor que a menudo no se reconoce: "Siempre hay un componente de suerte". Lo que no es suerte es la calidad de la que presumen los cuchillos y navajas de Pallarès Solsona, que se explica en parte por la artesanía de los procesos y la voluntad de mejora de los materiales.
"La idea de acabarlo a mano y de trabajar artesanalmente la llevamos dentro. No la hemos querido cambiar nunca", asegura el director, que ironiza: "Si la inteligencia artificial lo hiciera mejor, me apuntaría y me quedaría en casa". Por eso, defiende que hacen lo mismo que su abuelo a principios del siglo pasado.
De vender en Cádiz a llegar a Nueva Zelanda
La tercera gran transformación de Pallarès Solsona llegó con la incorporación de David Pallarès a la dirección. Hasta entonces, la empresa había construido buena parte del negocio en el mercado peninsular, pero todavía tenía una presencia internacional muy limitada. "A mí me sorprendía que vendiéramos en Cádiz y no en Perpiñán, que estaba mucho más cerca", recuerda. A mediados de los años noventa, decidió empezar a explorar los mercados exteriores. La internacionalización, sin embargo, no fue inmediata.
Los primeros intentos en Perpiñán toparon con las reticencias de los compradores, acostumbrados a priorizar los productos franceses. "Íbamos y nos decían que no se venderían. Volvía bien cabreado", recuerda. Pero se acabaron ganando la confianza de clientes de todas partes: "Lo que gusta es la historia de la empresa y la calidad del producto". La trayectoria centenaria, la fabricación catalana y el componente artesanal se han convertido en argumentos comerciales que ayudan a diferenciar la marca en mercados internacionales.
Uno de los momentos que David Pallarès recuerda con más ilusión fue la primera venta en Estados Unidos: "El primer cliente americano era un vendedor de Brooklyn. Yo estaba emocionadísimo y le hablaba de muchos productos. Después me dijo que solo tenía una tiendecita de barrio", relata. Así llegaron los cuchillos de Solsona a Nueva York. Ahora, ya venden a pequeños distribuidores de los Estados Unidos, Australia, Singapur, Nueva Zelanda, México y diversos países europeos. Hoy en día las ventas se dividen a partes iguales entre la península, Europa y el resto del mundo.
De las navajas de payés a los cuchillos de cocina
La navaja sigue siendo uno de los productos más emblemáticos de Pallarès Solsona. Es el objeto que dio a conocer el taller y que ha acompañado a generaciones de payeses, trabajadores y aficionados a las actividades al aire libre. Pero el catálogo actual va mucho más allá y la empresa fabrica cuchillos de cocina, navajas, tijeras y diferentes herramientas de trabajo. Sus productos se dirigen tanto a profesionales como a particulares: desde cocineros hasta payeses, fontaneros o personas que salen a buscar setas: "Nosotros hacemos herramientas para la gente que trabaja".
La innovación también ha sido clave para el desarrollo de nuevos productos y su mejora: "Ha venido muy a raíz de los clientes, de los comentarios que nos hacían cocineros o agricultores". Por ejemplo, ahora están terminando unos cuchillos con unas características especiales para una fábrica de alimentación: "Hacemos muy pocos, pero tienen mucho más valor añadido".
El valor de fabricar en Cataluña: "Hacemos país cuando compramos en el país"
Uno de los elementos que David Pallarès reivindica con más insistencia es la importancia de la industria local y lamenta que durante muchos años los consumidores catalanes no valoraban los productos fabricados en el país, a diferencia de lo que se encontraban en Alemania o Francia. Sin embargo, cree que está cambiando: "Nos reconocen como cuchillo catalán y eso está muy bien. Ahora los catalanes al menos nos miramos a nosotros. Durante muchos años no era así", reflexiona. Para el director de Pallarès Solsona, consumir productos fabricados en Cataluña no es solo una cuestión de identidad, sino también de mantener el tejido industrial y el empleo. "Valorar el producto de casa es muy importante. Hacemos país cuando compramos en el país. Esto se debería enseñar en las escuelas", defiende.
En cambio, es muy crítico con el papel de las administraciones, poniendo de ejemplo la excesiva burocratización y la dictadura de los trámites que ahogan a las pequeñas empresas. "Yo tengo los mismos trámites que una empresa grande. En una empresa pequeña, todo esto se complica mucho", lamenta David, que añade: "Hay poco apoyo a las empresas".
La cuarta generación ya llama a la puerta
Con más de cien años de historia, Pallarès Solsona se prepara para un nuevo relevo familiar. La cuarta generación ya se está incorporando a la empresa, un hecho especialmente relevante en un sector en el que muchos negocios artesanos han desaparecido precisamente por la falta de continuidad. Por eso, y a pesar de las trabas administrativas o las dificultades para encontrar personal cualificado, David se muestra optimista con el futuro de un negocio que pasó de vender a través de los arrieros a llegar a una pequeña tienda de Nueva York.
Más de un siglo después de que los Pallarès decidieran poner su nombre a los cuchillos que fabricaban, aquel apellido continúa grabado en piezas acabadas a mano en Solsona y que viajan por todo el mundo y se han hecho un hueco en muchas casas catalanas. Es el legado de una familia que ha mantenido vivo un oficio centenario y que, mientras el resto de talleres de Solsona desaparecían, ha conseguido que las navajas de la ciudad continúen teniendo futuro.
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