"¿Qué les pediría a los hoteleros si ahora los tuviera delante?", le preguntaban a una de las fundadoras de Las Kellys, la asociación de "La chica QUE LImpia". "Que nos contraten directamente, porque cuando lo hacen a través de una empresa externa, esta nos aplica el convenio de servicios de limpieza, que es inferior al de la hostelería". Y, ella no lo decía, pero así sale más barato al hotelero. Es la historia de las externalizaciones que todas o la mayoría de las grandes empresas llevan años practicando. Empezando por las industriales.
Doblar el Salario Mínimo, ¿qué precio tendría hacerlo? ¿Y cuál tiene no hacerlo?
27.500 euros anuales es el salario bruto que calculan los firmantes del manifiesto del Fénix que es el umbral mínimo para que un puesto de trabajo en Catalunya esté suficientemente bien pagado para que aquella actividad no sea objeto de subvención pública. El documento, presentado la semana pasada en boca de nuestro compañero de tribuna Xavier Roig, profundiza y pone cifras a lo que algunos -empezando por muchos de los firmantes- ya hemos ido denunciando desde hace tiempo. Los puestos de trabajo mal pagados, de los que Catalunya se ha convertido en especialista en los últimos 20 o 25 años, no generan suficientes ingresos fiscales -sobre todo por parte de los trabajadores: cotizaciones sociales, IVA vinculado al consumo- para atender las actuales y futuras -pensiones- prestaciones del estado del bienestar. Es decir, como sociedad estamos subvencionando aquellas actividades que sobreviven o hacen un puñado de dinero -ahora hablaremos de ello- a fuerza de pagar salarios bajos por trabajos que solo los inmigrantes están mayoritariamente dispuestos a aceptar.
Decíamos que el informe pone cifras. 27.500 euros brutos anuales es, casi, el doble del actual Salario Mínimo Interprofesional (SMI), este que tanto cuesta subir cada vez que se discute y que en los últimos años nunca ha encontrado el visto bueno de la patronal. ¿De la patronal? Hay un pequeño reducto en la Galia..., perdón, en Catalunya, que dicen verlo de otra manera. El presidente de Pimec -Antoni Cañete i Martos, como le gusta identificarse-, se viste de Astérix y sostiene, en un artículo en el Ara, que él (¿ellos?) sí que están a favor de aumentar los salarios, como reclamaban los sindicatos el pasado Primero de Mayo.
¿Más dimensión, más rentabilidad... más salarios?

Como no podía ser de otra manera, Cañete barre para su casa, la de las pymes. Pero usa un argumento insólito entre las patronales. Sostiene que las empresas pequeñas y medianas no pagan mejor a los empleados porque su rentabilidad se lo impide y lo que hace falta es que se vuelvan más grandes y más potentes para llegar a hacerlo. No es un argumento que ligue mucho ni con lo que dicen los amigos del Fènix ni con lo que afirmaba la representante de las Kellys. Pero sin duda hay una parte de verdad.
Todos sabemos que en determinados sectores, sobre todo industriales, las grandes empresas disponen de convenios propios y más favorables que el convenio general. En la química, por ejemplo, la diferencia entre las grandes empresas y las medianas y pequeñas puede ser de entre un 30% y un 50%. Y así lo podríamos generalizar a la mayoría de los sectores industriales y de servicios a las empresas. Las dimensiones, la posición de liderazgo en el mercado, la internacionalización, la tradición sindical explican estas diferencias entre las grandes y las pequeñas y medianas. Por lo tanto, hasta aquí el argumento de Pimec parece razonablemente válido.
Entre la autoexplotación y los negocios fáciles
La situación cambia, sin embargo, cuando hablamos del resto de sectores: agrario, construcción y la mayoría de los servicios personales. ¿Por qué? No hay una sola respuesta y algunas se superponen. En buena parte de los casos, se trata de pequeñas empresas o de pequeñas unidades productivas. Que para empezar, no tienen ni comité de empresa, solo obligatorio a partir de 50 trabajadores. Y claro, la presión que pueden hacer los trabajadores para aumentar el salario es mucho menos efectiva.
Algunas actividades viven en el umbral de la viabilidad, a menudo con autoexplotación del propio titular de la empresa. Es el caso de la gran mayoría de explotaciones agrícolas, pero también de muchos negocios de comercio al por menor o de restauración. Son actividades que deberían desaparecer si no pudieran contar con mano de obra barata y, a menudo, sobreexplotada, como los camareros contratados a media jornada y con el resto de horas pagadas en negro. O sin pagar, si son extras.
27.500 euros anuales es el salario bruto que calculan los firmantes del manifiesto del Fènix que es el umbral mínimo para que un puesto de trabajo en Catalunya esté lo suficientemente bien pagado para que aquella actividad no sea objeto de subvención pública
Hay quien se ingenia sistemas para hacer pasar a los trabajadores por autónomos y ahorrarse las cotizaciones sociales. Este ha sido el caso del emergente sector del reparto de comida a domicilio. Evidentemente, después de años de perseguirlos legal y laboralmente para que no hicieran pasar gato por liebre, ahora hacen un ERE. Ya habían avisado que su modelo de negocio solo era viable si en vez de trabajadores asalariados sus repartidores figuraban como autónomos. Por cierto, no recuerdo que, aparte del turismo y los mataderos, los amigos del Fènix pusieran este como uno de los sectores emblemáticos -por su emergencia y su proyección- de hacer negocios con la sobreexplotación de los trabajadores.
Podemos valorar qué hay que hacer para mantener la viabilidad de las pequeñas explotaciones agrarias que cuidan el territorio y nos alimentan -parcialmente, eso sí. Ahora, una nueva actividad que nadie había necesitado hasta hace cuatro días, como es que te traigan el plato recién cocinado a casa, basado en esta sobreexplotación y generando todas las diseconomías externas ya comentadas, es para hacérnoslo mirar.
Por lo tanto, ya hemos visto que hay quien simplemente sobrevive a base de pagar bajos salarios y que quizás deberían cerrar. O no. Los chinos y pakistaníes que se han quedado el bar de la esquina de toda la vida o que han abierto un bazar -antes le llamábamos colmado- ¿dan un servicio del que se podría prescindir? No hace tantas décadas que era habitual pasarse todas las horas del día, festivos incluidos, sirviendo en el bar o en la tienda como explotación familiar. Y hasta, siempre se había vivido en el mismo lugar donde estaba el establecimiento. ¿Tenemos que retornar a estos viejos modelos, por otro lado, absolutamente vigentes en los países de origen de estos que ahora se ocupan aquí? ¿O todo tiene que ser a base de Mercadonas y Starbucks? ¿Es viable algún camino intermedio? Porque de historias de pequeños establecimientos que al cabo de los años se han convertido en imperios, ya las hay. Como el de los tejanos que vendía el fundador de Mango. Pero cuando crecen, actúan con la misma lógica que los grandes y parece difícil que lo hagan de otra manera.
Ahora dice Collboni que regulará, entre otras, las tiendas de uñas postizas. Quizás ya está bien. Sobre todo si detrás de estas y otros tipos de tiendas como bazares, bares y similares hay mafias que invierten en ellas y que se aprovechan de la explotación de los que trabajan allí. O quizás no podemos llamarlas mafias y, como argumentan los chinos, se trata de mecanismos de solidaridad entre connacionales. Ahora, como siempre, yo diría que el Ayuntamiento va tarde. Solo cruzar la frontera te das cuenta de que la moda ha cambiado y que hemos pasado de las uñas postizas extralargas y multidecoradas a no llevar ninguna manicura aparente. Y si no, ved a Rosalia. Y es que la realidad casi siempre va más deprisa que la pesada máquina de la Administración.
Ventajas, inconvenientes y dificultades para hacerse grande
Los estudios impulsados por Pimec coinciden con la apreciación general de que Catalunya es un país de pequeñas y muy pequeñas empresas. Comparados con Alemania, paradigma de las pymes, el peso de las pymes catalanas es similar, pero el tamaño de las nuestras es bastante más pequeño de media y, más que pymes, a menudo tenemos que hablar de micropymes. Desde Pimec, y no les contradiremos, argumentan que en países como Alemania las empresas pequeñas y medianas reciben un trato preferente o, al menos, no discriminatorio como de facto ocurre a menudo en nuestra casa. Alguna razón seguro que tienen cuando el impuesto de sociedades que pagan las empresas del Ibex es porcentualmente bastante inferior al que aportan las pequeñas y medianas empresas. Ya lo explicaba el ministro Montoro. Lástima que esta constatación conviviera con su presunta implicación con sobornos por parte de empresas medianas del sector energético.
Y es que las grandes desgravan por todo, pero sobre todo por inversiones tecnológicas. ¿Que las pymes también podrían hacerlo? Teóricamente sí, pero les es mucho más difícil. Estas normativas están siempre hechas a medida de las necesidades y conveniencias de las grandes empresas. O simplemente pactadas en el palco del Bernabéu, este que ahora dicen que está en crisis. El palco no, su presidente sí.
Un umbral de los 50 trabajadores a flexibilizar

Toda la normativa también está pensada para las empresas más grandes. No existe una figura intermedia. De 50 trabajadores al infinito. Las dificultades se amplían cuando las grandes, a pesar de los esfuerzos normativos y de las pequeñas patronales, pagan cuando quieren a las pequeñas y obtienen una financiación gratis, especialmente relevante cuando los tipos de interés son elevados. Y lo mismo podríamos decir del acceso a los concursos públicos. Ahora, todo hay que decirlo. Muchas veces cuando una obra se adjudica a una empresa que no forma parte del núcleo duro del sector, si algo no le va bien, pliega y deja colgado el proyecto y la administración que lo ha encargado.
Comparados con Alemanya, paradigma de las pymes, el peso de las pymes catalanas es similar, pero el tamaño de las nuestras es bastante más pequeño de media
Antes hablábamos de los 50 trabajadores como límite a partir del cual una empresa debe tener un comité sindical. No es solo un tema de comités, que también, pero a partir de esta cifra, los controles, las exigencias y el papeleo que todo ello comporta crecen de forma exponencial. Muchos pequeños empresarios, en vez de hacer crecer la empresa por encima de este umbral, optan por crear otra. Y tantas como convenga. Así también diversifican y disminuyen riesgos legales y societarios. Es una de las razones, tan real como las que argumentaba Pimec, de esta profusión de pequeñas empresas en nuestro país.
Y aún podríamos hablar de la tradición individualista de Catalunya. De aquello de que no me manden. Que más vale cabeza de sardina que cola de merluza. O que una vez el fundador pliega, ahora ya no se espera a la tercera generación para vender la empresa y dedicarse a negocios más lucrativos y menos arriesgados. Empezando por los inmobiliarios. Y podríamos ir siguiendo.
¿Marcaremos tendencia en Europa?
Nuestros amigos del Fènix han hecho bien en poner el foco en un tema tan trascendente como es la especialización productiva de acuerdo con bajos salarios. La realidad, sin embargo, es tan compleja que es imposible sintetizarla en cualquier manifiesto. O en cualquier artículo como este. Hay quienes dicen que esta vez vamos a la cabeza de Europa y que toda ella acabará empequeñeciendo su tradición industrial, sin incrementar la productividad porque seremos el parque temático y de los jubilados del mundo industrial asiático. Y mientras tanto, los europeos dejaremos de tener descendencia y trabajadores africanos y sudamericanos llenarán nuestras calles y ocuparán nuestros poco productivos trabajos. No parece mucho consuelo ni un futuro muy halagador. La alternativa no es fácil -ya vemos Trump- ni inmediata. Pero sin buenos diagnósticos nunca podremos intentar buenas soluciones.