En el pequeño pueblo de Penelles, situado en la comarca de la Noguera, hoy aterrizan visitantes de todo el mundo para contemplar los murales del Gargar Festival, un proyecto que probablemente no existiría sin la tozudez emprendedora de quien está convencido de que la cultura es un motor económico de primer orden. A pocos kilómetros, en Balaguer, un complejo industrial esconde una colección de arte contemporáneo que deja embelesado a cualquiera que entra. Detrás de estas iniciativas hay nombres de grandes empresas catalanas como Sorigué, responsable de la última, que trabajan para demostrar que Catalunya es “tierra de talento cultural”, tal como lo describe en VIA Empresa Maite Esteve, directora de la Fundació Catalunya Cultura.
Para Esteve, el caso del grupo empresarial de construcción y su proyecto Planta es el ejemplo perfecto de cómo la industria y la sensibilidad artística pueden convivir en un mismo espacio. "Es alucinante ver cómo en una extensión de terreno hay exposiciones cargadas de arte que te dan una paz de espíritu increíble, mientras fuera están sacando cemento", explica. Este contraste, sin embargo, no es fruto del azar. Se trata del resultado de una decisión estratégica tomada hace más de una década. El año 2013, Ana Vallés, presidenta y sobrina del fundador, Julio Sorigué, imaginó un espacio donde la industria, el arte y el conocimiento pudieran dialogar. “Planta es un buen ejemplo de cómo la necesidad agudiza el ingenio”, relata Vallés a este diario. “Cuando asumí la presidencia de Sorigué en 2011, el grupo estaba sufriendo los efectos más duros de la crisis económica. En aquel momento quise impulsar estrategias que aportaran una visión de futuro clara, valiente e ilusionante para toda la organización”, añade.
Situado en La Plana del Corb, la gravera originaria de Sorigué, ‘Planta’ combina cuatro dimensiones: arte, conocimiento, paisaje y arquitectura
Situado en La Plana del Corb, la gravera originaria de Sorigué, Planta combina cuatro dimensiones: arte, conocimiento, paisaje y arquitectura. Allí, el hormigón custodia obras del alemán Anselm Kiefer, el videoartista estadounidense Bill Viola o la japonesa Chiharu Shiota. Pero, ¿qué gana una constructora cuando invierte en arte? La respuesta de Esteve es taxativa: “Felicidad y retención de talento”. "Las nuevas generaciones ya no tienen suficiente con que su empresa sea la número uno fabricando tornillos, por ejemplo. Buscan un propósito", afirma. "El empresario Ramon Agenjo, de Damm, siempre dice que las empresas que invertimos en cultura somos más felices. Pero claro, ¿cómo ponemos la felicidad en la cuenta de resultados?", reflexiona.
Por otro lado, la Fundación Sorigué -también bajo la presidencia de Vallés- complementa esta visión con una vertiente social que opera en paralelo al núcleo del negocio. Desde el primer momento, la compañía apostó por un retorno que trascendiera la estética, a través de la creación de un centro para personas con discapacidad intelectual. “Todos remamos en estas dos bandas, y trabajamos de la mano con asociaciones como Aspros o la Fundación Éxito”, subrayan desde el grupo.
Cabe decir que, a pesar de su singularidad y su carácter privado, Planta no es un espacio hermético. De hecho, se abre al público un sábado al mes y actúa como nodo educativo para escuelas y grupos profesionales durante la semana. Esta actividad se ve reforzada, además, por la galería de arte del grupo en el centro de Lleida, que mantiene una programación constante de exposiciones temporales.
A consecuencia de este rigor, el proyecto ha cosechado un palmarés envidiable, desde el premio QuèFem? a la Mejor Iniciativa Artística 2025 de La Vanguardia hasta el galardón “A” a la colección corporativa 2025 de la Fundación Arco. Estos responden a un fondo de obras de William Kentridge o Juan Muñoz concebidas específicamente para dialogar con el paisaje industrial. Desde las icónicas esculturas Día y Noche de Antonio López hasta el monumental Double Bind de Muñoz, pasando por instalaciones que utilizan los materiales extraídos de la misma gravera como materia prima artística.
Desde su creación en el año 1959, bonÀrea ha trabajado para generar oportunidades en una tierra "de payés, donde las cosas nunca han sido fáciles"
Con todo, el latido cultural de las Tierras de Poniente no se agota con Sorigué. Recientemente, bonÀrea -el gigante agroalimentario de Guissona- ha dado un paso adelante al incorporarse al patronato de la Fundació Catalunya Cultura. El objetivo de este movimiento se basa en reafirmar su voluntad de contribución activa al territorio. En este sentido, Daniel Marsol, representante del órgano de la compañía, defendía con firmeza el papel transformador de esta inversión: “Promover la cultura y hacerla accesible genera oportunidades, cohesión y hace florecer el talento”. Con esta adhesión, ya son catorce las empresas que forman parte de ella, entre las cuales hay nombres como Fluidra, Damm, Grupo Planeta, HP, o el Institut Català de Finances (ICF).
Desde su creación en el año 1959, la compañía ha trabajado para generar oportunidades en una tierra "de payés, donde las cosas nunca han sido fáciles". “Si el territorio no prospera social y culturalmente, nuestro modelo de negocio tampoco tiene futuro”, declaran desde el grupo alimentario. Por eso, dentro de su estrategia, la cultura no es un añadido, sino una herramienta para fijar población, reforzar la identidad y combatir la despoblación. “La cultura es la expresión de un mundo rural vivo”, explican, “un territorio que planta cara a la pérdida de población mediante la creatividad y el orgullo de pertenencia”.

Todo ello se traduce en acciones muy concretas, como por ejemplo su patrocinio al proyecto itinerante Les Arts en Marxa, un camión-teatro que lleva las artes escénicas a municipios de menos de 5.000 habitantes que no disponen de infraestructuras culturales. También están presentes en grandes citas como la Setmana del Llibre en Català, y colaboran con la Fundació Josep Santacreu a través de la cesión de espacios de la residencia de Guissona para exponer la colección de Art Singular, que integra el arte en la atención a personas vulnerables. Además, ofrecen apoyo a festivales de pueblos pequeños -como el Paupaterres de Tàrrega o el Festival de Cinema Rural de Juneda- e impulsan proyectos híbridos como Girem Full!, que convierte reseñas de libros de trabajadores y escuelas en donaciones para la investigación contra el cáncer.
El muro de lo intangible y la paradoja del mecenazgo

Uno de los grandes muros con los que topa el sector es la invisibilidad del retorno. A diferencia de la inversión en investigación o en el ámbito social, la cultura se ve demasiado a menudo como un activo intangible que no encaja en una hoja de cálculo. “Cuando haces una obra de teatro, los asistentes toman un bocadillo alrededor y cogen un taxi para llegar. Esto dinamiza todo el entorno económico”, ilustra Esteve.
Esteve (Fundación Catalunya Cultura): “En Francia, la cultura se magnifica y se defiende como un orgullo nacional. Aquí, la figura del mecenas todavía arrastra connotaciones negativas, casi de 'greenwashing'”
Sin embargo, Catalunya vive bajo el peso de una paradoja. “Somos el legado de una burguesía que levantó la Sagrada Familia, la Casa Batlló o el Palau de la Música gracias al mecenazgo, pero hoy nos cuesta sacar pecho”, sentencia Esteve, y cita el discurso de Eloi Planes en la Noche de la Empresa y la Cultura, cuando invitó al público a imaginarse Barcelona sin el Parc Güell o el Liceu; o Catalunya sin corales, sin ateneos, y sin bibliotecas. “En países como Francia, la cultura se magnifica y se defiende como un orgullo nacional. Aquí, la figura del mecenas todavía arrastra connotaciones negativas, casi de greenwashing”, lamenta. "Todos somos mecenas. Quien colabora con La Marató de TV3 o con una asociación de vecinos está haciendo mecenazgo. Es un sentimiento de corresponsabilidad”, añade.
En este sentido, destaca que el mecenazgo ha evolucionado y que el micromecenazgo es hoy una herramienta muy potente. Explica que, cuando da conferencias, siempre anima al público a implicarse y a perder el miedo a la palabra. "Yo pagaría por ser la mejor mecenas y que me dieran el premio a la mecenas del año antes de morir", exclama, e insiste en el componente "romántico y esencial" que tiene apostar por el talento de los demás.
La constatación de Esteve conecta de lleno con el trabajo que hacen las organizaciones para revertir esta inercia. Desde la Fundación Catalunya Cultura, el deber es doble: convencer a la empresa de que la cultura es un vector de progreso e innovación, y a la vez profesionalizar el sector cultural. “El talento cultural falla en la gestión empresarial”, admite Esteve. Por eso, programas como Impulsa Cultura ofrecen apoyo a los artistas para dar el salto hacia la sostenibilidad económica, enseñándoles que hacer un plan de negocio o un DAFO es tan vital como su propia obra, y evita depender exclusivamente del voluntarismo. "Se trata de recuperar aquel espíritu de los años 70 y 80, cuando Barcelona era un faro cultural con La Fura dels Baus o Els Joglars, porque el talento, si no encuentra recursos, desaparece o se va”, concluye Esteve.