Elevar el gasto empresarial de Catalunya en I+D del 1,1 al 2% del PIB, superar las 12.000 empresas innovadoras y alcanzar las 3.000 startups en el año 2030. He aquí el elefante. 78 millones de euros en 2026 que pretenden movilizar 300. Estas son las perdigonadas de la Estrategia de Innovación Empresarial de Catalunya 2026-2030, recientemente presentada por el govern de la Generalitat.
Una retórica desmesurada que resta credibilidad a la propuesta
Respecto a los planteamientos tradicionales, es verdad que una estrategia que no se limite a decir “tenemos que hacer más investigación”, sino que ponga el acento en la empresa que incorpora tecnología, innova en procesos y convierte conocimiento en productividad, es un paso adelante.
Pero querer pasar del 1,1% del PIB al 2% del PIB en I+D empresarial en 2030 significaría un incremento de un 82% en cuatro años. Si tenemos en cuenta que el conjunto de la UE ha pasado de un 1,34% del PIB en 2014 a solo un 1,49% en 2024, +0,15 puntos en diez años, el propósito formulado por el Govern, +0,9 puntos, es claramente inalcanzable.
Para llegar a estos porcentajes sería necesario que en Catalunya aumentara la I+D empresarial en al menos 3.000 millones de euros. La desproporción entre objetivos e instrumentos resta credibilidad a una diagnosis que, en cambio, es bastante lúcida y comporta un aumento real —de un 30% respecto al anterior ejercicio— de los esfuerzos públicos en este ámbito.
Tampoco ayuda mucho a generar confianza el discurso de apelar a la soberanía tecnológica de Catalunya —bastante trabajo tiene la UE para llegar a ella— ni una lista de ámbitos prioritarios que parece una relación de las tecnologías de moda.
¿Por qué nuestras empresas hacen tan poca investigación y desarrollo?
Catalunya ha construido un sistema científico potente —universidades, Cerca, Icrea, grandes infraestructuras— y esto ha dado resultados científicos muy buenos. El problema es que excelencia científica e innovación empresarial no son automáticamente vasos comunicantes. Es cierto que la investigación básica no tiene que tener necesariamente una aplicación empresarial previsible. El problema aparece cuando, entre el descubrimiento científico, la prueba de concepto, el prototipo, la producción en serie y la empresa, hay zonas sin nadie que las financie o las asuma. La Generalitat ha ido creando instrumentos —Otri, Indústria del Coneixement, Tecnio, etc.— porque reconoce esta dificultad, pero muchas veces se echa en falta un comportamiento proactivo hacia las pymes y no simplemente esperar qué te pueden pedir.
Una parte considerable de la excelencia catalana está en biomedicina, salud, ciencias de la vida, fotónica, física, química, supercomputación, etc. Son campos magníficos científicamente, pero a menudo tienen plazos muy largos hasta llegar al mercado, grandes necesidades de capital, riesgo tecnológico elevado, regulación intensa y necesidad de empresas muy especializadas capaces de absorberlos. Así, podemos tener un sistema científico de primera división y un tejido empresarial que, en buena parte, juega en otra categoría tecnológica. Necesitamos intermediarios que entiendan simultáneamente de tecnología y negocio.
Podemos tener un sistema científico de primera división y un tejido empresarial que, en buena parte, juega en otra categoría tecnológica
El empresario se pregunta: “¿Cuánto me cuesta implantar esta tecnología, cuánto tardaré, qué máquina debo cambiar, quién formará a los operarios y en cuántos años recupero la inversión?”. Entre estas cinco preguntas está la transferencia tecnológica real. ¿Tenemos suficiente gente e instituciones capaces de hacer esta traducción a escala de miles de pymes?
Para que una empresa pueda absorber conocimiento externo, debe tener ingenieros, departamento técnico, I+D y dirección habituada a gestionar proyectos tecnológicos. Si no es así, difícilmente sabrá qué hacer con una tecnología producida por una universidad.
Dimensión empresarial y especialización sectorial
Por eso la dimensión empresarial importa tanto. La OCDE identifica exactamente esta problemática en España: las pymes tienen menos productividad que las empresas grandes, entre otras cosas, por menor acceso a trabajadores cualificados, menor adopción de innovaciones y menor uso de herramientas digitales avanzadas. Es un proceso que se retroalimenta, y por eso algunos se preguntan por qué no hay manera de que dejemos de ser un país de pymes y micropymes.
En Catalunya y en España, durante décadas hemos dispuesto de salarios relativamente bajos, paro elevado y abundancia de mano de obra, y esto ha reducido en determinados sectores la presión por sustituir trabajo por capital y tecnología. Nos hemos especializado en hostelería, restauración, comercio, construcción, logística, servicios personales… Sectores que no compiten en tecnología, sino en costes y en externalidades favorables que otorga el territorio.
La disponibilidad de mano de obra inmigrada ha reforzado esta tendencia y ha contribuido a expandir la producción —el PIB— incorporando trabajadores a salarios relativamente bajos, lo cual disminuye la necesidad inmediata de invertir para aumentar la productividad por trabajador. Y la empresa, racionalmente, hace exactamente aquello que los precios relativos de los factores le indican que haga.
El problema de las subvenciones y los “sospechosos habituales”
“Con 78 millones de euros, movilizaremos 300”. Ahora está de moda hacer este tipo de cuentas. Sea por I+D empresarial, inversión en vivienda o cualquier proyecto de apoyo público. Es una manera de inflar el efecto multiplicador de los recursos públicos, que es cierto, pero así lo sobrevaloramos. Porque, si no hubiera estas ayudas, ¿cuál sería efectivamente el aumento de la I+D empresarial? No igual a cero, para atribuirse todo el mérito desde la administración. Sería más razonable contemplar la serie histórica e identificar si realmente se produce un aumento significativo a raíz de las ayudas públicas.
Si una gran empresa prevé invertir 1.000 millones de euros y se encuentra con que le subvencionan 200, pues fantástico. Y, además, le rebajan la cuota de impuesto sobre sociedades. En España, estas rebajas son muy generosas, de un 25% de la I+D empresarial y un 12% en innovación tecnológica efectuadas. Este es uno de los factores principales que hace que las empresas del Ibex-35 acaben pagando porcentajes muy inferiores a los que pagan las pymes. Ahora, en Catalunya, no tenemos ninguna competencia fiscal en este ámbito y, por lo tanto, todavía menos instrumental para incidir en la I+D empresarial.
Es mucho más difícil conseguir que una empresa que no ha hecho nunca I+D llegue a hacerlo por primera vez gracias a las ayudas públicas
Los “sospechosos habituales” acostumbran a captar la gran mayoría de las ayudas públicas. No porque hagan trampas con la ley, sino porque son grandes y tienen importantes equipos de abogados y fiscalistas para afinar las justificaciones de I+D para que sean admitidas por Hacienda. O porque son empresas que tienen equipos técnicos, saben preparar proyectos y han aprendido a circular por el sistema de ayudas porque ya son “clientes” de Acció.
En cambio, es mucho más difícil conseguir que una empresa que no ha hecho nunca I+D, que no está dotada con los ingenieros y los expertos para identificarla e implementarla, llegue a hacerlo por primera vez gracias a las ayudas públicas.
El cajón de sastre de la innovación vs. la difusión tecnológica
El discurso del Govern habla continuamente de innovación. Está bien hacer más énfasis que hasta ahora, y hay muchas innovaciones —modelos de negocio, afloramiento de demanda no satisfecha— que pueden ser muy beneficiosas para la empresa. Un caso bastante conocido de innovación en estos ámbitos es el de Glovo. Realmente innovó, pero eso no significa que esta innovación sea social o económicamente deseable si, como en este caso, se basaba en la sobreexplotación de los trabajadores a base de hacerlos pasar por autónomos.
De hecho, el mismo Manual de Oslo de la OCDE —que es la referencia internacional para medir la innovación— lo dice explícitamente: una innovación empresarial puede ser un producto nuevo o mejorado, pero también un nuevo proceso empresarial, y no es necesario que sea una novedad mundial; basta con que represente un cambio significativo para la empresa y se haya implantado. La innovación no tiene por qué producir un valor positivo para la sociedad. Puede mejorar mucho los resultados financieros de la empresa y, al mismo tiempo, producir problemas sociales, ambientales o de seguridad.
Cuando el Govern dice que quiere aumentar las “empresas innovadoras” hasta 12.000 —un 20% más—, hay que recordar que una innovación empresarial puede generar externalidades positivas, negativas o prácticamente nulas. Y entonces desaparece la justificación automática de subvencionarla.
Cuando el Govern dice que quiere aumentar las “empresas innovadoras” hasta 12.000, hay que recordar que una innovación empresarial puede generar externalidades positivas, negativas o prácticamente nulas
Una empresa catalana puede no gastarse ni un euro de I+D y hacer una inversión magnífica comprando una máquina alemana, robotizando una línea y aumentando la productividad un 30%. Desde el punto de vista de la economía catalana, esto puede ser mucho más importante que una startup que gaste dos millones desarrollando una tecnología sofisticadísima que nunca llegará al mercado.
Quizás estamos obsesionados con la parte que más luce de la innovación: Startups, deep tech, empresas derivadas, patentes, IA, cuántica… Y en vez de plantearnos cómo conseguimos más empresas innovadoras, deberíamos preguntarnos qué innovaciones generan suficientes beneficios sociales adicionales para que tenga sentido que el contribuyente asuma una parte del coste.
Productividad para conseguir más bienestar
Para elevar la productividad catalana, quizás sea igual o más importante que 20.000 pymes incorporen tecnologías que ya existen, como robotización, software de gestión, IA aplicada, logística, maquinaria, eficiencia energética, digitalización de procesos… Esto es difusión tecnológica, no necesariamente I+D.
El Govern anuncia un objetivo macroeconómico formidable —casi duplicar la intensidad de I+D empresarial—, pero los instrumentos parecen una suma de políticas de fomento de la innovación sin una teoría suficientemente explícita sobre cuál es exactamente el problema que quiere corregir.
La innovación es un instrumento; el objetivo es la productividad y, en última instancia, la vía para conseguir aumentar el bienestar colectivo
Esto obliga a hablar de salarios, empleo cualificado, exportaciones, autonomía tecnológica, medioambiente, externalidades, difusión del conocimiento y… productividad. Probablemente, el concepto que lo engloba todo.
Este enfoque permitiría una política mucho más selectiva pero, a la vez, más global, más holística. Porque son problemas diferentes si lo que falla es la I+D, la transferencia de tecnología, la capacidad de absorción de las pymes, la dimensión empresarial, la difusión tecnológica o los incentivos a sustituir trabajo barato de la inmigración por capital. La innovación es un instrumento; el objetivo es la productividad y, en última instancia, la vía para conseguir aumentar el bienestar colectivo.
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