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Director de Innovación de Estabanell

La infraestructura invisible que decidirá la competitividad de la industria

30 de Septiembre de 2026
Ramon Gallart, CEO Energy in the Cloud | Cedida

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Cuando se habla de transición energética, el debate suele centrarse en las renovables. Hablamos de nuevos parques solares, de aerogeneradores, de baterías o de hidrógeno verde. Todos ellos son imprescindibles, pero a menudo olvidamos un elemento igualmente determinante: la infraestructura que debe hacer posible que toda la energía llegue allí donde se necesita.

 

Este es probablemente uno de los grandes retos que afronta hoy Europa. Se prevé que la demanda eléctrica aumente impulsada por la electrificación de la industria, la movilidad, la climatización y los centros de datos, entre otros. Y, al mismo tiempo, la generación renovable está cada vez más cerca de las redes de distribución, transformando un sistema eléctrico que está dejando de funcionar con unos pocos grandes centros de producción para pasar a integrar millones de puntos que producen, consumen y almacenan energía que hacen aparecer nuevos perfiles de demanda y generación de energía.

La Comisión Europea calcula que serán necesarias inversiones de cientos de miles de millones de euros en redes antes de 2030. Es una apuesta imprescindible. Sin reforzar la infraestructura y gestionarla de forma diferente, será imposible absorber el crecimiento de la demanda ni aprovechar plenamente el potencial de las energías renovables.

 

Ahora bien, limitar este esfuerzo únicamente a construir más líneas, más subestaciones o más transformadores sería un error. Imaginemos una red de autopistas de última generación que conecta toda Europa. Si, al llegar a las ciudades, las carreteras locales continúan saturadas, el problema no desaparece; simplemente cambia de lugar.

Con el sistema eléctrico ocurre exactamente lo mismo.

Europa está impulsando grandes corredores energéticos capaces de transportar enormes cantidades de electricidad entre países. Pero esta energía deberá llegar finalmente a polígonos industriales, empresas, hospitales, viviendas o centros de datos a través de redes de distribución que, en muchos casos, fueron diseñadas para una realidad muy diferente de la actual. Es aquí donde se jugará buena parte de la competitividad de nuestra industria.

"Muchas empresas descubren que el reto no es solo invertir en estas tecnologías, sino disponer de una red preparada para integrarlas"

Cada vez hay más empresas que quieren electrificar procesos productivos, instalar autoconsumo, incorporar sistemas de almacenamiento o desplegar puntos de recarga para sus flotas. Pero muchas descubren que el reto no es solo invertir en estas tecnologías, sino disponer de una red preparada para integrarlas.

La disponibilidad de capacidad eléctrica, la calidad del suministro, la estabilidad de la tensión o la flexibilidad de la red se han convertido en factores tan relevantes como el coste de la energía. En numerosos entornos industriales, estos elementos ya condicionan decisiones de inversión, ampliaciones productivas o la implantación de nuevas actividades. La red deja de ser una infraestructura invisible para convertirse en un activo estratégico y cercano a la sociedad. Durante décadas, reforzar una red significaba construir una nueva. Hoy sabemos que una parte muy importante de la respuesta pasa por aprovechar mejor la infraestructura existente.

La digitalización, la automatización, el análisis de datos, los sistemas de control avanzado o la electrónica de potencia permiten aumentar la capacidad operativa y mejorar la calidad del suministro sin tener que esperar siempre nuevas infraestructuras.

"La innovación ya no consiste solo en construir más; consiste en obtener más valor de lo que ya tenemos"

En muchos casos, entender qué está pasando en tiempo real, anticipar incidencias, optimizar los activos existentes o gestionar mejor la tensión de la red puede generar un impacto tan relevante como una nueva inversión en infraestructuras. La innovación ya no consiste solo en construir más; consiste en obtener más valor de lo que ya tenemos.

Este es, probablemente, uno de los grandes cambios de paradigma del sector energético. Durante muchos años hemos dimensionado las redes para soportar los picos de demanda. Hoy el reto es mucho más complejo: gestionar millones de recursos energéticos distribuidos que modifican constantemente el comportamiento del sistema. Esto exige infraestructuras capaces de observar, analizar y actuar casi en tiempo real.

No es casualidad que Europa haya empezado a situar las redes de distribución en el centro del debate energético. Documentos como el European Grids Package reconocen que la transición energética no dependerá únicamente de generar más electricidad renovable, sino de disponer de unas redes más flexibles, resilientes e inteligentes.

"En un entorno cada vez más electrificado, gestionar mejor la energía será tan importante como generar más"

Este es también un reto industrial y una oportunidad de país. Catalunya y Europa disponen de un ecosistema de empresas tecnológicas, centros de investigación y operadores capaces de desarrollar las soluciones que esta transformación necesita. Convertir la modernización de las redes en un motor de innovación puede reforzar la competitividad de nuestra industria, generar nuevas oportunidades de negocio y reducir la dependencia tecnológica exterior.

La transición energética no se decidirá únicamente en los grandes parques eólicos o fotovoltaicos. Se decidirá, sobre todo, en la capacidad de convertir unas redes concebidas para el siglo XX en infraestructuras inteligentes, flexibles y preparadas para las necesidades del siglo XXI.

Porque, en un entorno cada vez más electrificado, gestionar mejor la energía será tan importante como generar más.

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