Etnógrafo digital

Bad Bunny: el escenario es el mundo

12 de Febrero de 2026
Josep Maria Ganyet | VIA Empresa

Llevaba meses que se hablaba de ello, semanas que se especulaba con el repertorio, con la puesta en escena, con el vestuario: todo el mundo esperaba el concierto de Bad Bunny. Una vez en el escenario, y ante una audiencia más pendiente del móvil que de la actuación, el reguetonero puertorriqueño lanza su mensaje al mundo:

 

“Vamos a seguir dándole la vuelta al mundo, y yo lo único que quiero es que cuando estos videos se suban, la gente de otras ciudades, de otros países, de otros pueblos puedan ver cómo es la gente mía de Lleida y cómo nos la pasamos esta noche en Lleida. ¡La gente de Lleida tiene que representar para que todo el mundo vea a los mejores fanáticos del mundo haciendo una bulla!”

Estamos en noviembre de 2018, en Lleida, en la discoteca Biloba. La audiencia son unas 150 personas y la entrada cuesta 25 euros.

 

En 2018, Bad Bunny todavía no tiene discos publicados, ni récords de streaming, y ni mucho menos llena estadios. Tiene una cuenta de SoundCloud donde sube todo lo que hace. Pero, a pesar de cantar para 150 leridanos —él y un DJ con la música enlatada—, es consciente de que la actuación no es solo para el público que hay en la sala. Un público con móviles no es una audiencia, es parte de la actuación: Bad Bunny sabe que el escenario es toda la sala y la audiencia todo el mundo.

Su mensaje no engaña. Cuando pide a la gente que “represente” (una mala traducción del represent inglés, venir en representación de alguien), lo hace con el sentido de representación de un espectáculo. El spanglish ya tiene estas cosas. Es obvio que la representación colectiva no es para los que están en la sala, sino para los que lo verán después, en otras ciudades, en otros países, en otras pantallas… en otra década. Entiende, ya entonces, mejor que ningún otro artista, que a pesar de que él esté actuando en ese momento en Lleida, el concierto de verdad comenzará cuando sus fans suban los vídeos a las redes. Los estudios de Comunicación Audiovisual que no acabó, mientras trabajaba en un supermercado en Puerto Rico, le fueron bien.

"La actuación de Bad Bunny el pasado domingo no es más que un Lleida con más cámaras, más presupuesto y más riesgo"

Aquella actuación en Lleida explica todo lo que vendrá en los ocho años siguientes: cabeza de cartel del Sónar, Saturday Night Live, los estadios, los Grammys y la Super Bowl ante más de 135 millones de espectadores. Y aún más: la transformación del reguetonero Bad Bunny en el icono cultural y político global Benito Antonio Martínez Ocasio.

Su actuación el pasado domingo no es más que un Lleida con más cámaras, más presupuesto y más riesgo.

Bad Bunny empezó a dar pistas de que era algo más que un pincho de barrio cuando en 2019 sube al escenario del Sónar de Barcelona como cabeza de cartel. No es un detalle menor. El Sónar no es (¿era?) solo un festival: es un sello de legitimidad cultural, un espacio donde la electrónica, la experimentación y la tecnología deciden quién forma parte del relato. Llevar allí a un artista asociado —aún— al reguetón comercial no es una concesión a la plebe; es una declaración de que lo popular ha cambiado de sitio. Bad Bunny entra por primera vez en el circuito cultural “serio” europeo.

El otro punto de inflexión es la combinación de medios sociales con medios tradicionales, esto es, con la televisión. En octubre de 2021, Bad Bunny protagoniza un sketch en el mítico programa de Saturday Night Live, una especie de Polònia de allí, por donde desde el año 1975 han pasado monstruos como John Belushi, Dan Aykroid, Chevy Chase o Steve Martin. Es un sketch donde Bad Bunny hace de tía puertorriqueña y Pedro Pascal de madre, en una familia latina hiperbólica, protectora y excesiva. La escena es a la vez cáustica y quirúrgica: Bad Bunny ocupa el prime time con un mensaje de crítica al racismo norteamericano hacia los latinos (el sobrino latino se presenta en casa con una novia rubia y blanca, a quien madre y tía vierten todos los prejuicios). Una vez más, Bad Bunny representa en los dos sentidos del término; representa una tía latina que representa a toda una comunidad que ha tenido que oír todos aquellos prejuicios. El sketch es tan inteligente que se blinda de la crítica.

"Bad Bunny llega a la Super Bowl como alguien que sabe cómo convertir cada aparición en un acto cultural, político y social; alguien que ha hackeado el sistema"

Bad Bunny es cada vez más Benito Antonio Martínez Ocasio, no porque abandone el Bad Bunny del reguetón, sino porque lo trasciende. Ya no es solo un artista que acumula reproducciones, sino alguien que ocupa espacios culturales simbólicos: festivales, televisión, ceremonias de premios y, finalmente, el centro absoluto del sistema mediático global. Llega a la Super Bowl, no como una excepción latina como fueron Gloria Estefan o Jennifer Lopez, o sea, por ser latino, sino por ser quien es. Llega como alguien que sabe cómo convertir cada aparición en un acto cultural, político y social; alguien que ha hackeado el sistema.

Y lo hace desde el centro mismo de las plataformas que, durante la última década, han sido instrumentalizadas por el populismo reaccionario. Trump, el movimiento MAGA y todos los reaccionarios del mundo entendieron antes que nadie que el poder ya no pasaba por el debate, sino por llenar las líneas de tiempo de las redes de caos; no hace falta tener razón, hace falta visibilidad, no para convencer, sino para saturar. Con la ayuda —voluntaria o negligente— de las grandes plataformas de Silicon Valley (¿alguien ha dicho scroll infinito?), hackearon el ecosistema mediático —y con él, nuestra atención—, convirtiéndolo en una máquina de polarización continua. El conflicto genera clics, los clics generan interacciones, y las interacciones poder.

Bad Bunny juega exactamente en el mismo terreno, pero con una estrategia inversa. No entra en la batalla del discurso; la tapa. No responde al odio con indignación; lo desplaza con contenido prémium. Y lo hace en positivo, no a la contra: liderando los rankings globales de streaming, ganando Grammys, actuando en la Super Bowl, lejos de llenar la red de odio generado con IA. En un ecosistema donde la política se ha convertido en espectáculo, él convierte el espectáculo en una forma de política, cultural, no reactiva, afirmativa. Los unos necesitan el conflicto para existir; el otro solo necesita continuar con la fiesta.

"Bad Bunny es cada vez más Benito Antonio Martínez Ocasio, no porque abandone el Bad Bunny del reguetón, sino porque lo trasciende"

Bad Bunny demuestra que se pueden usar los mismos móviles, las mismas plataformas, los mismos algoritmos y el mismo ecosistema mediático que ha amplificado el populismo reaccionario para combatirlo. No como respuesta, sino como sustitución. Quizás por eso incomoda tanto a la ultraderecha. Porque no juega al juego de la indignación ni al de la pureza ideológica: juega al juego de la centralidad cultural (mainstream, para los modernos). Y una vez la tienes, no hace falta levantar demasiado la voz, basta con seguir sonando.

Lleida no era una anécdota, sino que era un ensayo. No de lo que había de pasar, sino de cómo había de pasar, de entender que el poder no lo tiene quien grita más fuerte, sino quien sabe dónde mirará todo el mundo a continuación. El resto —festivales, televisión, premios, estadios— son iteraciones de lo mismo con cada vez el escenario más grande.

En Lleida, en 2018, por 25 euros, vimos el futuro.