Sería bonito vivir en un mundo idílico. Vivir en una casa en el campo, lo suficientemente cerca y lo suficientemente lejos como para poder estar en contacto con la sociedad y aislarte cuando lo necesites. Sería bonito vivir en un jardincito trasero donde cultivemos nuestros alimentos, donde tengamos nuestras plantas y nuestros libros dentro de casa, en una librería galardonada por un cristal que evitaría que se llenaran de polvo.
Me gustaría tener una vida tranquila, una vida de saludar a los vecinos y recibir visitas el fin de semana. Me gustaría pensar que podremos hacerlo así, pero yo sé que, en algún momento, esta vida se me quedaría pequeña. No sería feliz. Necesitaría hacer algo más. Siempre pienso que el problema de saber dónde sería plenamente feliz es saber que no te puedes quedar allí para siempre. No por la tontería de salir de tu zona de confort, sino por el deber moral de alinear lo que haces con lo que crees que es necesario y de justicia. Siempre hay algo dentro que te dice que tu vida no puede estar destinada a tu felicidad al 100%.
No es que nadie nos esté esperando en ningún sitio, pero yo no puedo vivir en el patio trasero de mi sociedad. No puedo esconderme en un locus ideale mientras pasan cosas que necesitan cuerpos. Es evidente que tampoco soy la ciudadana del mes, pero no podría hacer nada que no tuviera que ver con los demás, con contribuir a que la próxima generación de librepensadoras pueda vivir tan bien o mejor de lo que he vivido yo. En contrarrestar los gritos con palabras y proteger los derechos que muy cuidadosamente hemos construido con muchísimas personas. Vivir una vida que también esté alineada con lo que debemos hacer para construir un futuro mejor.
Durante muchos años he pensado que debería escoger una u otra. Pensaba que no podría quedarme a vivir una vida feliz para siempre. Pensaba que si escogía un camino, me cerraba el otro, que tirar hacia un camino era automáticamente cerrar el otro. O monja de la justicia global o una mujer con familia y feliz. Pero una vez más la vida me confronta conmigo misma y me dice que esta dualidad no solo no es deseable, sino que es una dicotomía falsa: a partir de cultivar la misma felicidad, también puedes cultivar tu posición social y tu compromiso con aquello que te importa.
"Siempre hay algo dentro que te dice que tu vida no puede estar destinada a tu felicidad al 100%"
Por eso, después de darle muchas vueltas, he pensado que me gustaría una vida con una base y muchos hogares. Una vida activa que me permita tardes y mañanas tranquilas, viajar de vez en cuando y hacer proyectos interesantes, tener mi propio jardín, escribir, enseñar en la universidad o contribuir a pensar cómo puedo dejar un mejor futuro por si alguna vez se me ocurre tener descendencia. De ir a la universidad los lunes y volver los jueves por la tarde, de llevarme al hijo mayor a una estancia de investigación, de pedirme la mañana libre para ir al parque a jugar con la misma agua que estudio. No es una vida sencilla; es complicada, pero también puede ser bonita. Els Pets, una vez más, guiando a toda una generación y la siguiente a sacar adelante las contradicciones vitales.