En muchas conversaciones con equipos y directivos hay una frase que aparece cada vez más a menudo, aunque no siempre se diga con estas palabras: estamos cansados de cambiar.
No es que las personas se opongan al cambio. De hecho, la mayoría entiende perfectamente que vivimos en un entorno que evoluciona rápidamente y que las organizaciones deben adaptarse. Lo que ocurre es que después de años de transformaciones constantes, muchas personas han entrado en una especie de fatiga vital.
Durante mucho tiempo hemos explicado algunas dificultades organizativas hablando de resistencia al cambio. Pero quizás hoy lo que estamos viendo es diferente. Las personas casi ya no discuten las nuevas iniciativas. Las aceptan, se adaptan a ellas y continúan trabajando. Sin embargo, la energía con que se afrontan estas transformaciones no siempre es la misma.
Cuando todo cambia constantemente, cuesta volver a entusiasmarse con la misma intensidad. No porque falte compromiso, sino porque el cerebro también administra sus recursos. Las personas aprenden a observar las nuevas iniciativas con cierta prudencia, esperan a ver si arraigarán o si, como tantas otras veces, serán sustituidas por una nueva prioridad antes de haber tenido tiempo de consolidarse.
"Las personas casi ya no discuten las nuevas iniciativas"
En este contexto también está cambiando la manera en que muchas personas entienden la ambición profesional. No quieren renunciar a crecer ni a aportar valor. Pero tampoco sienten la necesidad de convertir cada etapa de su carrera en una escalada permanente hacia más responsabilidad, más presión y más velocidad.
Hay profesionales brillantes que prefieren concentrar su energía en hacer bien su trabajo, seguir aprendiendo y tener una vida más equilibrada, sin necesidad de convertir cada oportunidad en una nueva batalla para ascender. La ambición no desaparece, simplemente se vuelve más selectiva.
En el fondo, esta mirada tiene mucho que ver con un concepto que la psicología lleva tiempo trabajando: la aceptación radical. El nombre puede llevar a confusión, porque a menudo asociamos la aceptación con el conformismo. Pero la aceptación radical no es resignación. Es lucidez. Es reconocer con honestidad qué depende de nosotros y qué no.

Cuando una persona deja de gastar energía luchando constantemente contra lo que no puede controlar; decisiones organizativas, contextos económicos, cambios estratégicos, pasa una cosa interesante, recuperamos energía mental. Energía que antes se consumía en la frustración queda disponible para actuar en los espacios donde sí que podemos influir.
En este punto me gusta recordar una idea que Rafael Santandreu explica muy bien en El arte de no amargarse la vida. Santandreu dice que muchas de nuestras frustraciones provienen de las exigencias irracionales que imponemos a la realidad: creer que las cosas deberían ser de otra manera, que los demás deberían actuar como nosotros querríamos o que el contexto debería ajustarse a nuestras expectativas.
"En muchas organizaciones se pide entusiasmo como si fuera una actitud obligatoria"
Cuando abandonamos estos “debería ser así”, la relación con lo que pasa se vuelve mucho más ligera. No porque las dificultades desaparezcan, sino porque dejamos de convertirlas en una lucha constante.
Esta mirada es especialmente útil en entornos empresariales cambiantes, es decir, todos. Aceptar que no todo funcionará como querríamos, que habrá decisiones discutibles o proyectos que no prosperarán, no nos hace menos exigentes. Nos hace más capaces de mantener la energía enfocada en lo que sí podemos construir.
Y aquí aparece una palabra que a menudo utilizamos mucho, pero que quizás entendemos poco: entusiasmo.
En muchas organizaciones se pide entusiasmo como si fuera una actitud obligatoria. Hay que mostrar energía, optimismo, positividad… aunque el contexto sea complejo o que los proyectos se acumulen sin pausa. Este fenómeno tiene incluso un nombre: positivismo tóxico. Una especie de presión invisible para mantener siempre un discurso optimista, aunque la experiencia real de las personas sea mucho más ambigua.
Pero el entusiasmo auténtico no tiene nada que ver con eso. Andrés Pascual lo explica muy bien en su libro El poder del entusiasmo. El entusiasmo no es negar la realidad ni repetir que todo irá bien. Es una forma de orientar la energía hacia aquello que tiene sentido para nosotros.
No depende tanto de las circunstancias como de la manera como decidimos posicionarnos ante ellas. Según Pascual, el entusiasmo aparece cuando dejamos de gastar energía luchando contra la realidad y la dirigimos hacia la construcción de algo que vale la pena.
Y aquí es donde la aceptación y el entusiasmo se encuentran. Cuando una persona acepta con serenidad el contexto en que se encuentra, recupera espacio mental para decidir qué quiere hacer con este contexto. Y es en este momento cuando el entusiasmo puede volver a aparecer, no como una obligación, sino como una energía genuina.
En las organizaciones pasa exactamente lo mismo. Cuando los equipos quedan atrapados en la queja permanente o en la frustración por lo que no funciona, su energía se dispersa. En cambio, cuando consiguen reconocer con honestidad las limitaciones del contexto y centrarse en aquello que sí que pueden mejorar, se genera un movimiento mucho más constructivo.
"Cuando los equipos quedan atrapados en la queja permanente o en la frustración por lo que no funciona, su energía se dispersa"
Quizás aquí hay también una pista interesante para el liderazgo. Durante mucho tiempo hemos asociado liderar con impulsar constantemente nuevas iniciativas, nuevas transformaciones, nuevos proyectos. Pero en entornos saturados de estímulos y cambios, liderar también puede significar ayudar a los equipos a cuidar su energía.
A veces esto implica simplificar, priorizar o reconocer que no todo se puede transformar a la vez. Otras veces significa generar conversaciones más honestas sobre lo que está pasando y ayudar a las personas a reconectar con el valor de su contribución.
Porque cuando una persona acepta con serenidad lo que no puede controlar y orienta su energía hacia lo que sí puede construir, el entusiasmo deja de ser una consigna y se convierte en una fuerza real.
Quizás, en medio de tanta transformación, ha llegado el momento de volver a una brújula más esencial: los valores.
Los valores que nos recuerdan por qué hacemos lo que hacemos, que nos ayudan a discernir qué merece nuestra energía y que simplemente debemos aceptar como parte del camino.
Cuando esta brújula es clara, el entusiasmo deja de depender de las circunstancias y se convierte en una forma de estar en el mundo y de construirlo.