Consultora de RH y 'Coach' ejecutivo

¡Empieza el año, pero no empiezas de cero!

04 de Enero de 2026
Aida Jurado | VIA Empresa

Cada inicio de año trae consigo una especie de orden implícito: empezar de nuevo. Pasar página, nuevos objetivos, propósitos y, si es posible, una versión mejorada de nosotros mismos.

 

Es un mensaje tan repetido que casi no lo cuestionamos. Cambia el año y parece que todo tenga que volver a empezar. Pero cuando bajas al día a día de las empresas, la realidad es otra. Las personas no llegan a enero en blanco. Llegan con proyectos que se han cerrado a toda prisa, con tensiones que han quedado en el aire, con decisiones tomadas bajo presión y con un cansancio que no siempre se ha podido decir. Y también con aprendizajes, con vínculos reforzados, con cosas que han funcionado mejor de lo que parecía. Todo esto entra en el año nuevo, queramos o no.

Recuerdo una reunión de dirección a principios de año. PowerPoint impecable, objetivos claros, discurso optimista. Pero el ambiente era extraño, nadie discutía nada, pero tampoco había entusiasmo. Cuando paramos a hablar de ello, apareció una idea muy simple: venían de un año muy duro y no habían tenido ningún espacio para cerrarlo. Habían pasado directamente del cansancio al plan estratégico.

 

Por eso, el punto de partida real no es el “nuevo comienzo”, sino la continuidad.

Desde la psicología, esto tiene todo el sentido. Nuestro cerebro no funciona como un ordenador. No hace reset porque cambie el año. Funciona por acumulación y continuidad. Las experiencias dejan rastro, sobre todo las que han tenido carga emocional. Esta memoria emocional influye en la manera en que afrontamos nuevos retos, cómo interpretamos las decisiones de los demás y cómo nos implicamos en los proyectos.

"La memoria emocional influye en la manera como afrontamos nuevos retos, como interpretamos las decisiones de los demás y como nos implicamos en los proyectos"

Un equipo que ha terminado el año con tensión o con sensación de desgaste no entra en enero igual que uno que ha podido cerrar etapas con claridad. Y esto no es una cuestión de actitud, sino de funcionamiento humano.

Cuando lideramos como si todo comenzara de cero, a menudo pedimos a las personas algo imposible: dejar fuera de juego lo que han vivido. El resultado no suele ser una resistencia abierta, sino una fina desconexión donde se hace lo que toca, pero sin la implicación que necesitan los proyectos exigentes.

Enero está lleno de futuro. Objetivos anuales, hojas de ruta, indicadores. Todo esto es necesario, pero tiene un riesgo claro si no se equilibra integrando la experiencia reciente.

En psicología del aprendizaje sabemos que aprender no es solo hacer cosas nuevas, sino reflexionar sobre lo que ya ha pasado. Cuando no lo hacemos, tendemos a repetir patrones. A veces incluso errores, aunque las condiciones sean diferentes.

"En el Proyecto Aristóteles, la calidad de las relaciones y de las conversaciones pesaba más que el talento puro"

En las organizaciones pasa exactamente lo mismo. Ves equipos que encadenan cambios, pero arrastran las mismas dinámicas: sobrecarga, reuniones poco claras, conflictos que no se afrontan. No es falta de talento. Es falta de espacios para entender qué está pasando realmente.

Aquí es donde el liderazgo puede marcar la diferencia. No con grandes proclamas, sino con decisiones muy concretas. Enero puede ser un buen momento para leer el sistema. Leer cómo llega el equipo, el clima y uno mismo como líder.

En el ámbito organizativo, esto conecta con lo que mostró Google con el Proyecto Aristóteles: los equipos con mejores resultados no eran los más brillantes individualmente, sino los que tenían más capacidad para hablar abiertamente de lo que pasaba dentro del equipo. La calidad de las relaciones y de las conversaciones pesaba más que el talento puro.

Esta idea está muy alineada con el trabajo de Amy Edmondson, que explica que los equipos funcionan mejor cuando pueden expresar dudas, errores y tensiones sin miedo. Y esto no se construye mirando solo hacia adelante, sino reconociendo el pasado.

En la práctica, leer el sistema no significa hacer grandes diagnósticos. A menudo basta con abrir algunas conversaciones diferentes:

  • ¿Qué nos ha costado más este último año?
  • ¿Qué hemos aprendido que vale la pena mantener?
  • ¿Qué decisiones tomamos con prisas que ahora convendría revisar?

Hay otra dimensión importante: no empezar de cero es cuidar. Cuidar a las personas y cuidar la credibilidad del liderazgo.

Cuando un líder actúa como si todo volviera a empezar, puede transmitir que lo vivido hasta ahora no tiene mucho valor. En cambio, cuando parte de la continuidad, envía un mensaje muy diferente: lo que hemos hecho importa, y a partir de aquí construimos.

"Cuando un líder actúa como si todo volviera a empezar, puede transmitir que lo que se ha vivido hasta ahora no tiene mucho valor"

Esto tiene un impacto directo en la confianza. Las personas se implican más cuando sienten que su experiencia cuenta, por lo tanto, antes de fijar nuevos objetivos, vale la pena dar un paso previo. Pequeño, pero clave: cerrar bien el año anterior.

Empezar el año no es fingir que todo es nuevo. Es asumir que venimos de algún lugar y liderar desde aquí, con más conciencia y menos inercia. Y quizás este sea uno de los liderazgos más necesarios hoy.