Consultora de RH y 'Coach' ejecutivo

Cuando el líder también está cansado, ¿quién cuida al cuidador?

14 de Febrero de 2026
Aida Jurado | VIA Empresa

Cuando hablamos de liderazgo, casi siempre lo hacemos mirando en una sola dirección. Hablamos del papel del líder como la persona que debe cuidar, desarrollar, acompañar e inspirar a sus colaboradores. Ponemos el foco en cómo debe escuchar mejor, comunicar con más claridad, generar confianza, crear entornos seguros y hacer crecer a los equipos. Y todo esto es cierto. Pero, en medio de este relato, hay una mirada que a menudo queda fuera de campo: ¿quién cuida al líder?

 

No solemos hacernos esta pregunta. Quizás porque aún cuesta reconocer que liderar también desgasta. O porque parece que quien tiene responsabilidad, criterio y capacidad de decisión debería poder con todo. Pero la realidad, mucho más cotidiana y menos idealizada, es otra.

Hay días que, vistos desde fuera, no parecen especialmente exigentes. La agenda está llena, pero no desbordada. Las reuniones han ido bien. No ha habido conflictos abiertos ni decisiones traumáticas. Todo ha funcionado, más o menos, como estaba previsto. Y, aun así, cuando el día se acaba, el cansancio pesa. Un cansancio que no acaba de encajar con el relato objetivo de lo que ha pasado.

 

No es el cansancio físico ni lo que se resuelve durmiendo un poco más. Tiene más que ver con haber estado atento toda la hora. Con haber pensado antes de hablar, escuchado sin precipitar respuestas, midiendo palabras, silencios y gestos. El día ha avanzado con normalidad, pero por dentro ha habido una tensión constante que al final se nota.

"El líder recibe expectativas, proyectos, frustraciones y miedos"

Esta sensación es habitual en personas que lideran con consciencia. Personas que han aprendido a regularse, a no reaccionar en caliente, a no descargar hacia abajo la presión que reciben. Líderes que saben que su manera de estar influye.

En este tipo de liderazgo hay mucho trabajo que no siempre se ve. Tiene que ver con conversaciones que necesitan tiempo, con decisiones que no se pueden tomar a la primera, con dudas que hay que sostener un poco más. Tiene que ver con dejar espacio para que el otro piense, con no intervenir enseguida, con aceptar que no todo se resuelve deprisa ni depende de uno mismo.

Este lugar desde donde lideran muchas personas es, además, un lugar emocionalmente expuesto. El líder recibe expectativas, proyectos, frustraciones y miedos. A veces, también decepciones. No todas son suyas, pero llegan igualmente. Y no siempre hay margen para compartirlas tal como vienen. Hay que filtrar, traducir, contener. Esta exposición constante, aunque sea sutil, va sumando.

En el día a día de muchas organizaciones, esto se traduce en líderes que no cierran los conflictos en falso, que no eliminan la tensión solo para aliviar el momento, que confían en que las personas pueden asumir responsabilidad si se les da tiempo y contexto. Es un liderazgo que acompaña sin sustituir y que apuesta por el crecimiento real, no por el control.

El liderazgo protagoniza una conversación entre dos compañeros de equipo | iStock
El liderazgo protagoniza una conversación entre dos compañeros de equipo | iStock

Todo esto, sin embargo, requiere energía. Y aquí aparece una idea importante: no todo el cansancio del liderazgo es individual. Hay un cansancio que es relacional. Nace de las dinámicas, de la posición que se ocupa, de las conversaciones que se repiten, de la necesidad constante de estar disponible emocionalmente.

A este cansancio se le añade a menudo otro elemento: la soledad del rol. Aunque el líder esté rodeado de personas, no siempre tiene con quién hablar desde el mismo nivel. Hay cosas que no puede compartir con el equipo, otras que no quiere cargar a sus colaboradores y otras que no sabe muy bien dónde poner. Esta soledad no es dramática, pero también pesa.

"Aunque el líder esté rodeado de personas, no siempre tiene con quién hablar desde el mismo nivel"

Este es uno de los puntos ciegos del liderazgo responsable. Todos miran hacia el líder buscando criterio, claridad y seguridad, pero pocas veces alguien se pregunta cómo está. O dónde puede expresar dudas sin miedo a perder autoridad. O dónde puede reconocer cansancio sin sentir que falla.

Todavía persiste una idea muy arraigada que asocia liderazgo con resistencia infinita. Como si cuidarse fuera un lujo o una debilidad. Como si poder con todo fuera una prueba de fortaleza. Esta mirada no solo es poco realista, sino que también es peligrosa, porque normaliza un desgaste que, con el tiempo, empobrece el liderazgo y la vida de quien lidera.

Es aquí donde la pregunta cobra todo el sentido: ¿quién cuida al cuidador?

La respuesta no implica hacer más, ni para aguantar mejor. Pasa por una idea sencilla y profunda a la vez: ningún líder debería liderar sin un espacio donde no tenga que liderar. Un espacio donde no haga falta tener la respuesta, ni cuidar a nadie, ni pensar en el impacto. Un espacio donde el foco sea la persona, no el rol.

Estos espacios pueden tomar formas diversas: coaching, supervisión, espacios de reflexión, pero tienen una función común: cuidar a quien cuida. No para hacerlo más fuerte, sino para hacerlo más sostenible. Porque cuando el liderazgo no se cuida, tarde o temprano deja de cuidar. No por falta de compromiso, sino por agotamiento.

Quizás el liderazgo del que hablamos tanto no empieza solo en cómo cuidamos los equipos, sino también en cómo nos permitimos cuidar a las personas que tienen la responsabilidad de cuidar. Y esto, aunque no aparezca en ningún organigrama, marca más diferencia de la que a menudo imaginamos.