Hay un momento precioso en todo final de febrero, que es cuando las golondrinas vuelven a sobrevolar los tejados. Gustavo Adolfo Bécquer ya lo apreciaba en su famoso poema como símbolo de esperanza y de tiempos mejores. En los países del Norte, donde la oscuridad se apodera de los días durante las largas semanas de invierno, la llegada de las golondrinas pasa de un día para otro, pero marca un antes y un después emocional en la vida de toda persona que ha resistido los meses del invierno y las semanas de lluvia y viento sin nieve. No es fácil, la vida en el Norte, donde la estabilidad financiera se contrapone a cosas que en el Sur damos por supuestas: el sol, el buen tiempo, la posibilidad de sentarse en una terraza sin que se te lleve el viento o te inunde los oídos.
Es importante comprender que el regreso de las golondrinas no solo conlleva un sentimiento esperanzador, sino que activa la planificación primaveral. Cuando los holandeses ven golondrinas, sacan las agendas y empiezan a planificar todo lo que les espera en los próximos meses, donde, si bien son conscientes de que no tendrán sol ni golondrinas, quizás sí que se podrán quitar las chaquetas. Cuando era pequeña observaba las golondrinas a finales de octubre desde el autobús que nos llevaba a la escuela, y ahora las veo mientras recorro las calles de mi ciudad de acogida en bicicleta. Son sensaciones diferentes, pero que me permiten conectar mis múltiples vidas en una misma sensación: la de algo mejor que está al caer.
"No es fácil, la vida en el Norte, donde la estabilidad financiera se contrapone a cosas que en el Sur damos por supuestas: el sol, el buen tiempo, la posibilidad de sentarse en una terraza sin que se te lleve el viento o te inunde los oídos"
El invierno en el Norte es duro y oscuro, pero la primavera, y sobre todo el verano, son de una belleza indescriptible. Todo se convierte en un cuento, lleno de flores, de personas que sonríen y de un tipo de calor que calienta pero no quema. Todo el mundo se viste de algodón, el día es largo y las tardes eternas. Vivir en el Norte cuando hace buen tiempo significa levantarse temprano, trabajar las horas justas, moverse en bicicleta hasta el parque más cercano y pasar allí las horas de la tarde hasta que, hacia las once, empieza a anochecer.
En el parque se hace de todo: un café, una cerveza, un encuentro con amigos, una fiesta de cumpleaños infantil, un campeonato de voleibol o, incluso, clases de bailes latinos. El tiempo del verano, en cierto modo, es un regalo por haber soportado el tiempo del invierno. Sé que las personas que viven aún más al Norte dirán que esto no es nada comparado con Rovaniemi, Moscou, Tallinn, Riga, Estocolm o, incluso, Oslo. Pero la verdad es que para alguien que ha asumido que el sol siempre estaba allí durante veinticinco años de su vida, se hace difícil describir la felicidad que una mañana soleada puede aportar a los ánimos.
"Es bonito que, después de tantos años, todavía me haga sonreír la llegada de unos pájaros que, como muchas otras personas en las que me siento incluida, han sabido hacer su vida yendo arriba y abajo"
Hoy, cuando me he levantado, he ido al patio y me he sentado en una de las sillas para admirarlas. Había un grupo dando vueltas en el cielo, de un lado a otro, como diciendo "hola", pero con grandes distancias y a gran velocidad. Quizás es pensamiento mágico o quizás realmente estaban saludando. No lo sabremos nunca. Pero lo que sí sé es que es bonito que, después de tantos años, todavía me haga sonreír la llegada de unos pájaros que, como muchas otras personas en las que me siento incluida, han sabido hacer su vida yendo arriba y abajo.