Hace unos días que leo recopilaciones de artículos de autores cuando empezaban su carrera de escritura. Y he estado reflexionando sobre cómo miraré estos artículos que escribo en VIA Empresa de aquí a veinte años. ¿Me parecerá que comparto demasiadas cosas? ¿Me los leeré con ternura, pensando que era joven y tierna o que quizás era muy madura para mi edad? Parece interesante ver cuáles son los temas que interesan el principio de un recorrido personal en el mundo de las palabras. Y leyendo a los demás, a veces comprendes que aquello que nos parece extremadamente personal o quizás, incluso, símbolo de nuestra personalidad, siempre tiene un trasfondo latente que está altamente ligado al momento histórico en el cual vivimos y en nuestras circunstancias personales presentes: género, edad, geografía, situación socioeconómica, nivel educativo o, incluso, aficiones e intereses intelectuales.
¿Esto quiere decir que cualquier persona con mis mismas circunstancias escribiría exactamente las mismas cosas que escribo yo? Probablemente. No quiere decir que sea un texto calcado, pero seguramente nuestras reflexiones tendrían muchas cosas en común. Si yo hubiera sido un hombre joven en Nueva Orleans en el mismo período que estuvo allí William Faulkner, uno de los autores que estoy leyendo ahora, seguramente haría reflexiones similares a las que hizo él. Con más o menos gracia, ya que aquí también juega el factor talento, y con más o menos visibilidad, porque el factor de la fortuna no se debe olvidar nunca. Pero esta obsesión que tenemos por la originalidad queda altamente refutada cuando empiezas a leer a los demás.
Cuando empiezo a darle vueltas a esta cuestión, siempre me vienen a la cabeza otras preguntas. Y está claro que a más de seis preguntas seguidas la cabeza se empieza a saturar. Es importante mantener la conciencia de saber que no somos especiales ni originales en absoluto, pero que sí podemos contribuir, de alguna manera, a hacer más comprensibles las cosas, a reflexionar conjuntamente como sociedad, o a dar nuestro punto de vista por si inspira o acompaña a otras personas.
"Escribir no es más que encadenar palabras para transmitir ideas, y si estas nos permiten dar sentido a algunas cosas, grandes o pequeñas, ya deberíamos tener suficiente"
No se trata de romper esquemas ni expectativas (una vez rotos muchas veces, los argumentos se vuelven redundantes), sino de participar de las discusiones, buscar argumentos convincentes y reflexiones oportunas para momentos vitales variados. Quizás no haremos nada que no haya hecho nunca alguien antes, pero no resta importancia a nuestra gesta ni tampoco a la causa. Escribir no es más que encadenar palabras para transmitir ideas, y si estas nos permiten dar sentido a algunas cosas, grandes o pequeñas, ya deberíamos tener suficiente.
Por eso leer a los demás es tan importante. No solo por el intercambio de ideas y por la confrontación con las mismas palabras, sino también como ejercicio de humildad existencial. Para entender que quizás no aportaremos nada nuevo, pero que eso no nos resta valor: podemos no ser originales y, a pesar de todo, seguir siendo —como mínimo— interesantes.