Las personas de mi generación hemos vivido con un silencio. Con un silencio gigante que se nos ha vendido con miedo. Mucho miedo. Un silencio de los que ya no están y que se marcharon demasiado pronto por una cosa que hemos llamado colectivamente “la puta mierda del caballo”. Desde pequeña he oído esta frase en conversaciones de adultos, siempre con comentarios borrosos que no se entendían demasiado, pero era evidente que no hablaban de un animal. Nunca había claridad en nada que venía antes o después de estas palabras, y tampoco tardaba demasiado en acabarse la frase con un “en fin”, “qué mierda” o tan solo un suspiro. Mi generación se ha criado con un silencio que sabíamos que era demasiado doloroso romper para aquellos que fueron jóvenes en los ochenta.
Carla Simón, directora de cine e hija de dos personas que murieron de SIDA a causa del consumo de heroína, ha sabido ponerlo sobre la pantalla de una manera espectacular: sin romantizar, sin victimizar, sin culpar. Ha mostrado una realidad compleja y con muchos matices sin ponerle nada más que el realismo mágico de algunas escenas que permiten a la protagonista, Marina, entender de qué manera puede descifrar los silencios de sus padres en los ochenta.
Qué esconden aquellos suspiros, aquellas fechas confusas, entender por qué costó tanto a aquellos abuelos curtidos a la antigua aceptar que su hijo había muerto por VIH. La película está basada en hechos reales a partir del diario de la madre de la directora, que en la vida real habían sido unas cartas. Con una voz presente en la cabeza de nuestra joven protagonista, sus padres se presentan a lo largo de la película como sombras, dos fantasmas que intentan acompañarla en la búsqueda de los silencios enterrados.
La película, sin embargo, no va sobre drogas, ni tampoco sobre el SIDA: lo que enfrenta la película es el silencio doloroso que genera la frustración de no tener recuerdos o de tener demasiados. El rol que la memoria juega en nuestras vidas para reconciliarnos con un pasado que ni siquiera era el nuestro, sino el de nuestros amigos y nuestras familias. Lejos del debate de la culpa, que es estéril y no nos llevaría a las respuestas que necesitamos.
"La memoria no solo es valiosa para no repetir el pasado, también lo es para poder vivir en paz en el presente"
Si fue culpa suya o no matarse por estar enganchados a una droga no altera el resultado ni tampoco ayuda a comprender las razones que impulsaron a toda una generación a probar todo aquello que había sido prohibido, reprimido y represaliado en la anterior. La memoria no solo es valiosa para no repetir el pasado; también lo es para poder vivir en paz en el presente. Recordar sin miedo, sin culpa, sin vergüenza, pero, a la vez, tampoco santificar o exculpar la masacre silenciosa que supuso el consumo de estupefacientes en los ochenta.
En una entrevista, Simón explica: “Mis memorias no serán nada fiables, porque se mezcla un poco lo de todo el mundo”. Pero yo me pregunto: ¿serán fiables las memorias de alguien? ¿No es esta facultad humana que nos beneficia y nos tortura una de las ciencias más inexactas que existen? Recordamos en función de factores muy aleatorios: aquello que nos recordaba a alguien, aquello que nos hizo sentir bien, aquello que nos causó dolor, aquello que era idéntico o diferente del resto… Nunca se recuerda ni exacta ni completamente. Los recuerdos siempre son borrosos, incompletos y confusos, y justamente aquí reside su gracia, en el hecho de que es aquello que consigue permanecer lo que acaba quedando como memoria. En el plano colectivo, la cosa cambia: la narrativa más dominante es la que se impone sobre las otras. Y como era demasiado doloroso aceptar que hubo una masacre, hemos preferido vivir en el silencio del dolor.
"Nunca se recuerda ni exactamente ni completamente: los recuerdos siempre son borrosos, incompletos y confusos, y justamente aquí reside su gracia"
Porque, a veces, aunque duela, la herida se tiene que poder remover. Se ha hablado poco de lo que pasó en los ochenta, pero seríamos ingenuos si pensáramos que esto ya no pasa hoy. Pasa menos, pasa a otras personas, pasa en lugares estigmatizados, pero todavía pasa. Ya no muere tanta gente porque la ciencia ha permitido encontrar soluciones y la divulgación prevenir muchas situaciones, pero no podemos hacer como si esta fuera una cuestión superada. Por eso, películas como Romería son tan importantes: porque nos permiten comprender las cosas en su contexto, y recordar la última vez que recordamos.