Hola, me llamo Ariadna, y a mi generación se nos dijo que la gente chula, pero chula de verdad, trabaja en una cafetería. Se instala allí con el portátil, se pide un café de especialidad, y pasa el día enviando correos y escribiendo de manera veloz en un ordenador. A veces, quizás también hace llamadas con los auriculares inalámbricos. Si es muy y muy chula, quizás también videoconferencias donde dice a sus jefes que “sí, hoy trabajo desde casa porque hacía muy buen día y quería aprovechar para ir al gimnasio”.
Hace años que yo, en tanto que miembro ejemplar de mi generación, romantizo la idea de trabajar desde las cafeterías. Pido un café de especialidad y sumergirme a leer un documento, escribir un artículo de opinión como el que estoy escribiendo ahora mismo o editar un informe que tienes que enviar la semana que viene. Nos pensamos que por estar trabajando desde un ambiente más relajado nuestro trabajo también lo es, pero en realidad lo que estamos haciendo es engañar a nuestro cerebro y hacernos dóciles a nosotros mismos para trabajar más horas de las que nos tocaría por contrato, o asumir más trabajo del que en realidad podemos asumir porque, total, esto lo puedo resolver un domingo por la mañana con un té matcha en la mano.
"Pensamos que para trabajar desde un ambiente más relajado nuestro trabajo también lo es, pero en realidad engañamos a nuestro cerebro para trabajar más horas de las que nos tocaría"
Está claro que digo esto y después soy la primera que, en una semana de mucho trabajo, no me apetece trabajar desde casa (en la mesa de la cocina o en la cama) y prefiero ir a un lugar donde me dé el aire, vea otras caras, y sienta una cierta presión por terminar las cosas. Por no hablar de cuando estás fuera de la oficina por reuniones o por trabajo y necesitas terminar algo o matar una hora muerta de espera en un lugar de paso. Está claro que entonces una cafetería se presenta como una opción fantástica, y el hecho de poder cambiar un poco de espacios es ideal. Sin embargo, esto también hace que relacionemos a las cafeterías como un espacio que no comporta un descanso del todo, y que puede despersonalizar el ambiente distendido que muchos propietarios o diseñadores de espacios han pensado para aquel establecimiento.
Cuando me mudé a Ámsterdam, empecé a notar que en muchas cafeterías había unos símbolos grandes que ponían "laptop free". Al principio, me hacían enfadar mucho. ¿Por qué no puedo estar con mi ordenador en un espacio con mesas y sillas? ¡Hago mucho menos ruido que el resto y no molesto a nadie! Pensaba para mis adentros. Sin embargo, llega un momento en que empiezas a ver que el ambiente del lugar se vuelve silencioso, individualista y completamente despersonalizado. Las personas no hablan entre ellas, todo el mundo se pelea por la mesa al lado del cargador y hay personas con mucha cara que piden un café y se quedan cuatro horas en la misma mesa.
Cuando empecé a observar lo que quería decir que el espacio que antes estaba lleno de personas hablando y haciendo ruido ahora se convirtiera en un lugar lleno de personas con auriculares, cafés uno tras otro y totalmente aislados, empecé a reflexionar sobre este fenómeno. Más allá de la comodidad que puede conllevar en algunas ocasiones, a la larga, los costes sociales son mucho más altos. Por eso, si bien todavía me gusta de vez en cuando ir a una cafetería a trabajar o matar el tiempo, he cambiado de opinión y acepto que no, que las cafeterías no son espacios para trabajar.