He escrito a menudo sobre amistades a distancia, y también sobre las relaciones adultas y el poco tiempo que tenemos cuando nos hacemos mayores. No querría repetirme, ni tampoco entrar en argumentos circulares sobre las contradicciones de la vida y sobre cómo tener más años en la mochila a veces también significa tener menos energía y menos espacios donde compartir cosas que antes eran naturales. Llega un momento en la vida en que compartir piso pasa de ser una experiencia emocionante a una losa que desearías poder resolver pronto. Pero también hay un momento en que te reencuentras con tus antiguos compañeros de piso, aquellas personas que te fueron familia durante unos meses y que todavía tienen un lugar especial en tu corazón y, quieras o no, te hacen reflexionar sobre todo lo que habéis pasado juntos.
Cuando llegas a un país nuevo, hay un período en el que tienes muchas dudas. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué he cambiado un país bonito donde el sol es una rutina por un lugar húmedo y lluvioso donde el sol es un privilegio? ¿Realmente necesito tener más dinero y ahorrar a cambio de esto? ¿Vale la pena estar lejos de la familia y de los seres queridos a cambio de tener más oportunidades laborales y poder dedicarme a algo que me apasione? Todo el mundo que se ha ido fuera por voluntad propia de mi generación tiene estas dudas. Cuando no te vas de una situación mala, es decir, cuando no eres una persona migrante por urgencia o necesidad, sino por el deseo de mejorar tu vida o, sencillamente, de hacer eso que los abuelos consideran “ver mundo”, el traslado es más sencillo, pero encontrar respuestas es mucho más complicado.
"Las amistades a distancia que antes vivías cada día toman un sabor de nostalgia, pero también una enorme felicidad de ver que, aunque ya no compartimos la cotidianidad, nos entendemos de una manera especial"
Cuando te reencuentras con aquellas personas que compartieron esos momentos de duda contigo, piensas de qué manera has hecho camino hasta ahora. También admiras la manera como ellas han hecho su propio camino. Han pasado meses y años, y más allá de la amistad que se ha mantenido, algunas han cambiado de residencia, de trabajo, de amistades, o sus prioridades se han reorganizado. Ha habido momentos duros, también ha habido momentos de mucha felicidad; momentos en que la vida ha pasado por en medio y momentos en que nosotros hemos pasado por en medio de la vida.
Las amistades a distancia que antes vivías cada día toman un sabor de nostalgia, pero también una enorme felicidad: la de ver que, aunque los meses han pasado y ya no compartimos la cotidianidad, nos entendemos de una manera especial. Hay algo entre las miradas, una complicidad de saber cuándo estamos escondiendo algo, de conocernos las manías o, incluso, de adivinar cuándo algo les hace gracia por debajo de la nariz. El reencuentro es bonito porque compruebas que, aunque nuestras vidas hayan cambiado, nosotros seguimos siendo las mismas personas. Y existe aquello que los holandeses llaman lichtpuntje, una pequeña luz de esperanza en nuestras vidas y en nuestros futuros. A pesar de ya no compartir cocina y lavabo, las amistades que se mantienen una vez se cierra la puerta del piso compartido duran más de lo que nos habríamos imaginado: porque, de alguna manera, aquel tiempo vivido juntas continúa existiendo en nosotros, como una pequeña casa interior a la que siempre podemos volver.