Apple ha demandado a OpenAI. Acusa a OpenAI de robarle más de 400 ingenieros y, con ellos, información sobre sus nuevos productos: robo de secretos industriales e incumplimiento de contrato. OpenAI, que nos ha convencido de que tiene el cerebro, resulta que se ha dado cuenta de que para que sea inteligente de verdad le falta el cuerpo; un dispositivo que permita a los usuarios conectarse sin pasar por dispositivos de terceros. Es por eso que además de ingenieros que sepan conectar neuronas le hacen falta también ingenieros que sepan conectar transistores.
Entre los que Apple ha demandado hay peces gordos, como Tang Tan, vicepresidente de diseño de producto del iPhone y el Apple Watch, que hoy es el Chief Hardware Officer de OpenAI (en español sería encargado en jefe de maquinaria, que no suena tan importante). Según la demanda, los entrevistadores de OpenAI pedían a los candidatos que llevaran componentes de Apple bajo el brazo a las entrevistas; para tal propósito les daban instrucciones sobre cómo esquivar los estrictos controles de seguridad de la manzana. Y Chang Liu se llevó el portátil de la empresa que le permitió acceder a documentación técnica en la nube de Apple. Tiene gracia que la inteligencia artificial de frontera necesite hacer contrabando de piezas, como el contrabando de toda la vida.
"Tiene gracia que la inteligencia artificial de frontera necesite hacer contrabando de piezas, como el contrabando de toda la vida"
Se necesita un cuerpo
El hecho interesante no es saber si OpenAI hace trampas, eso ya lo decidirán los jueces, sino por qué necesita hacerlas. Por qué una de las empresas con más capacidad de atracción del momento tiene que robar ingenieros a Apple. Y, en todo caso, ¿por qué ingenieros de hardware y no ingenieros de datos para entrenar modelos más eficientes?
Sencillamente, porque el modelo más eficiente del mundo no sirve de nada si no tienes dónde ponerlo. OpenAI, con permiso de Anthropic, tiene los mejores cerebros artificiales del planeta, pero no tiene el cuerpo donde implantarlos. Su ChatGPT vive implantado dentro de los iPhones de Apple, dentro del Android de Google o dentro del Windows de Microsoft. Para que los podamos usar tiene que pasar necesariamente por el sistema operativo de alguien más. Si OpenAI quiere que ChatGPT sea de verdad útil —no digo inteligente— necesita un aparato que vea lo que vemos, sienta lo que sentimos, sepa dónde estamos. Necesita acceso a sensores y a datos que ahora mismo no tiene.
"OpenAI, con permiso de Anthropic, tiene los mejores 'cerebros artificiales' del planeta, pero no tiene el 'cuerpo' donde implantarlos"
Por eso OpenAI compró hace un año la startup de Jony Ive —sir Jony Ive—, el icónico diseñador de Apple (iPod, iPhone, iPad, MacBook, Apple Watch), por unos 6.500 millones de dólares. Anunciaron el io, un aparato, un altavoz con cámara y sensores que lo ve todo, previsto ahora para 2027. Ha de ser la siguiente iteración de la computación móvil y, de momento, todo lo que hemos visto son una presentación surrealista y una demanda que les ha obligado a cambiarle el nombre por utilización de marca registrada.
Alan Kay siempre tiene razón
OpenAI ha tocado hueso con Apple. No solo porque el gigante de la manzana tiene los mejores abogados y cash infinito para quemar, sino porque Apple es la tecnológica que entiende mejor el hecho de que hardware y software son inseparables. Está en su doctrina fundacional, y explica por qué es la única tecnológica que controla toda la cadena, del silicio que diseña ella misma hasta la tienda —de hardware, software y servicios— por donde te lo vende todo. Durante años pareció una obsesión más del perfeccionista obsesivo Steve Jobs, pero viene de más lejos.
En 1982, tres años antes de que naciera Sam Altman, Alan Kay, el pionero de la informática personal y premio Turing, pronunció en un seminario una frase que se ha demostrado profética: “People who are really serious about software should make their own hardware”. Quien se tome en serio el software, que se fabrique su hardware.
La demanda contra OpenAI es la profecía autocumplida de Kay: al final, el poder no es de quien tiene la idea, sino de quien controla la cadena por donde la idea llega al mundo. Y estos se pueden contar con los dedos de una mano.
"La demanda contra OpenAI es la profecía autocumplida de Kay: al final, el poder no es de quien tiene la idea, sino de quien controla la cadena por donde la idea llega al mundo"
Alan Kay también es el autor de la frase “la mejor manera de predecir el futuro es inventándolo”.
Los cobradores de peajes
La Digital Markets Act de la Unión Europea designa formalmente como gatekeepers —guardianes de acceso— las plataformas por las que debemos pasar obligatoriamente si queremos hacer negocio en línea. Desde 2023 hay seis en la lista: Alphabet, Amazon, Apple, ByteDance, Meta y Microsoft, con Booking que se añadió después.
Ni OpenAI ni Anthropic están a pesar de los 1.000 millones de usuarios mensuales de ChatGPT y los 300.000 usuarios empresariales de Anthropic, además de tener el 70% de las empresas del Fortune 100. No están, no porque sean pequeñas ni inocuas, sino porque todavía no tienen puerta propia.
Todo esto ya lo hemos visto
Ahora que Christopher Nolan nos ha devuelto la Odisea al cine —por lo que se ve, una flipada superior a la flipada de Homero— y todo vuelve a parecer épico, va bien recordar que bajo la épica siempre está el hierro (el bronce, en el caso de la Odisea). La otra épica de Homero, la Ilíada, es también una flipada: los dioses, el honor, la ira de Aquiles, la belleza de Helena que causa diez años de guerra. Muy épico. La realidad, sin embargo, era otra.
Troya estaba donde estaba por un motivo mucho más prosaico: dominaba el estrecho del Helesponto, los actuales Dardanelos, el paso obligado del Mediterráneo hacia el Mar Negro. Quien quisiera comerciar hacia el este o hacia el oeste tenía que pasar por allí, y eso quería decir pagar. La guerra de Troya, despojada de mitología, fue poca cosa más que un grupo de aqueos que después de unos cuantos años de malas cosechas hicieron un “no quiero pagar” del siglo XII a.C.
"La guerra de Troya, despojada de mitología, fue poca cosa más que un grupo de aqueos que después de unos cuantos años de malas cosechas hicieron un “no quiero pagar” del siglo XII a.C"
Un poco como OpenAI, que ha cogido las naves y ha plantado las tiendas ante las murallas de Apple, con Sam Altman haciendo de Aquiles (le falta sangre) y Jony Ive haciendo de Odiseo (le sobra astucia).
No perdamos de vista que esto no va de inteligencia, tal como el asalto a Troya no iba de belleza —la de Helena—, y que ahora no hay ética como entonces no había épica. Sabemos que las guerras no se hacen para complacer a los dioses sino por el botín, y que los dioses siempre acaban castigando la hubris* de los mortales. Ahora y hace 3.000 años.
*Hubris se traduce generalmente como arrogancia, soberbia, altivez o desmesura. Proviene del griego antiguo hýbris y se utiliza a menudo para describir un orgullo extremo o una confianza ciega en uno mismo que lleva a desafiar los propios límites o los dioses.
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