Hace unos días que en Instagram me aparecen muchos mensajes sobre personas que “no están en el lugar geográfico donde serían más felices”. Según explican este tipo de contenidos, a partir de la alineación de los astros, relacionada con patrones de morfología y con la localización de diferentes lugares, y ligada a tu signo del zodíaco, hay lugares del mundo donde encajas más o menos. Yo no sé si esto es verdad o mentira, ni tampoco si está contrastado de alguna manera mínimamente científica. Pero sí que ha habido momentos en mi vida en los que he sentido que encajaba de una manera especial en un lugar concreto.
La primera vez fue en Blue River, una pequeña localidad en el corazón de las Rocosas de Canadá, donde pasamos unos días en verano de 2008, justo antes de que estallara la crisis. Allí, entre los árboles y el caudal del río, vivimos unos días muy bonitos. Nos bañábamos en el lago, nos tirábamos de un trampolín y comíamos comidas de viaje, como sopita en agosto. Vimos osos de lejos, probamos maple syrup por primera vez y contemplamos, desde las nubes, aquella imponente cordillera.
"Los mensajes de Instagram vienen todos coordinados por una aplicación, por una empresa que se dedica, seguramente a partir de un algoritmo bastante burdo, a recomendarte sitios"
Los mensajes de Instagram, sin embargo, vienen todos coordinados por una aplicación, por una empresa que se dedica, seguramente a partir de un algoritmo bastante burdo, a recomendarte lugares. La pregunta que me hago es: ¿cómo te recomienda estos lugares? ¿Hay ciudades o regiones que pagan para que sean las que aparecen? ¿Qué tipo de lugares son los que se recomiendan más o menos? Lo probaría yo misma, pero para hacerlo tengo que pagar y, claro, la curiosidad mata al gato, pero el precio ahuyenta a los catalanes.
Lo que me pregunto es si, en un momento como el que nos encontramos ahora, habría gobiernos y países dispuestos a pagar dinero para modificar este algoritmo o hacer que su geografía apareciera más. Y, de una manera mucho más saramagiana, encontrarnos que, de repente, las tasas de migración hacia estos lugares crecieran de manera desmesurada. ¿Os imagináis que, de pronto, playas, montañas, praderas y lagos quedaran ocupados por personas desesperadas intentando encontrar un lugar donde ser felices? Daría, sin ningún tipo de duda, para un buen capítulo de Black Mirror.
"Más allá del surrealismo de mudarte a un lugar por lo que dice una aplicación, también tenemos que pensar que muchas veces nos movemos por motivos mucho más banales"
Más allá del surrealismo de mudarte a un lugar por lo que dice una aplicación, también tenemos que pensar que muchas veces nos movemos por motivos mucho más banales. Yo fui a estudiar a Ámsterdam porque un conocido me dijo que a él le había gustado mucho el máster que después hice, y creo que, si una app me hubiera dicho que sería feliz en Ámsterdam, habría tenido el mismo impacto. Además, hay un punto de verdad en eso de que algunas geografías nos hacen más felices que otras. Hay lugares donde, sin poder explicar exactamente por qué, te sientes a gusto. No sabes cómo explicarlo, y tampoco son tan diferentes de otros lugares que te dejan indiferente, pero allí tienes una conexión especial.
¿Cómo se puede explicar, si no, que haya playas donde me he bañado y me ha dado igual, pero otras donde la experiencia ha sido mágica? En todas me bañaba, en todas había agua, en todas el proceso de nadar era similar, pero en ningún sitio he conectado tanto como en la playa de Muizenberg. Quizás porque aquel lugar me llama, o quizás porque en aquel momento necesitaba una profecía autocumplida sobre mi regreso a la vida con sentido. Sea como sea, es posible que algún día se demuestre que hay lugares donde seremos más felices que en otros. Y, sinceramente, si una persona es infeliz y gracias a una aplicación rara y mal hecha se encuentra a sí misma, pues mira, cosas peores se han hecho, en la vida. La cuestión es que podamos asegurar que no hay intereses extraños o estrambóticos detrás