Hay historias que son tan absurdas que solo pueden ser verdad. La del señor del New York Times que queda atrapado en su propio parking porque la puerta (una puerta normal y corriente, de esas que toda la vida se han abierto con un mando cutre que cuelga del llavero) solo funciona con una aplicación que ese día decide no funcionar es, probablemente, la metáfora más precisa del mundo digital que estamos construyendo: un mundo donde la alta tecnología que nos prometió robots y coches voladores hace que no abra ni cierre la puerta de casa si se cae el wifi.
Y lo más desconcertante es que ya nos parece normal.
Hemos entrado en esta extraña fase de la modernidad en la que poseer ya no significa lo que significaba en los años 90, porque podemos pagar miles de euros por un coche y, aun así, que el fabricante nos recuerde cada mes que algunas funciones “no son nuestras”, sino de un servicio que hay que renovar. O compramos un móvil carísimo que hace fotografías increíbles, pero que empieza a fallar siempre casualmente cuando presentan un modelo nuevo y, al cabo de unos años, su sistema operativo ya no acepta actualizaciones. Y no hablemos de los videojuegos, la música o las películas, que desaparecen de nuestra biblioteca cuando cierra un servidor o hay un cambio de documentos legales entre algunas empresas de Estados Unidos.
Somos, en definitiva, no-propietarios de cosas que compramos con nuestro dinero. Y no tenemos nada que hacer. Solo nos queda la sensación de tenerlo todo en la mano y, al mismo tiempo, no tener absolutamente nada.
"Solo nos queda la sensación de tenerlo todo en la mano y, al mismo tiempo, no tener absolutamente nada"
Entramos entonces en el segundo acto del drama: las suscripciones. Ese invento maravilloso que empezó siendo una fórmula cómoda para escuchar música o ver series y ha acabado convirtiéndose en una especie de IBI digital aplicado a cualquier actividad inimaginable.
La subscription fatigue ya es oficial a medio mundo: resignación e incredulidad ante una pantalla que, cuando quieres hacer algo aparentemente banal (editar un documento, leer un artículo, aparcar), te dice que primero tienes que pagar “solo 4,99 euros al mes”. Y así, sin darnos cuenta, nuestro día a día está lleno de ventanitas que no se abren si no es pasando por caja, y de “experiencias prémium” que no tienen nada de prémium.
Lo más curioso es que nos han vendido esta dependencia como una forma de libertad y facilidad en la vida moderna. Todo es “flexible”, todo es “smart”, todo es “sin compromiso”. Pero la realidad es que la flexibilidad es un espejismo. Ya no tienes acceso a tus propias fotos si no renuevas el plan. Ya no puedes leer lo que habías guardado. Ya no puedes abrir tus archivos. Y si el software decide que ese día no, pues ese día no.
"Nos han vendido esta dependencia como una forma de libertad y facilidad en la vida moderna. Pero la realidad es que la flexibilidad es un espejismo"
En este contexto, las garantías digitales deberían ser un debate central en Europa, pero todavía parece que hacemos ver que no hay ningún problema mientras el ecosistema digital se transforma en ventanas pop-up que piden permisos, tu correo y acceso a datos. Necesitamos, literalmente, una nueva categoría de derechos: el derecho a utilizar lo que hemos comprado.
Es absurdo, pero hemos perdido el norte. Necesitamos el derecho a no depender de un servidor lejano para usar algo que no debería tener nada de smart, el derecho a reparar lo nuestro sin pasar por el taller oficial de la marca. Necesitamos que alguien (y miro al legislador, y regulador) diga públicamente que la propiedad no puede desaparecer solo porque el capitalismo digital ha descubierto que es más rentable convertirnos en abonados perpetuos.
Y luego está el tema del SMART, esa palabra tan utilizada por el marketing tecnológico que ha perdido todo significado. Nos han repetido mil veces que el futuro sería más fácil, más intuitivo, más cómodo, y es cierto que muchas cosas lo son… hasta que dejan de serlo de la manera más absurda posible.
"Necesitamos el derecho a no depender de un servidor lejano para usar algo que no debería tener nada de 'smart', el derecho a reparar lo nuestro sin pasar por el taller oficial de la marca"
Quizás la pesadilla del capitalismo no es que las cosas se estropeen, sino que se desconecten.
No creo que la solución sea renunciar a la tecnología; eso sería tan absurdo como pretender volver a usar un caballo porque el coche nos pide pasta cada mes. Pero sí creo que debemos empezar a poner límites claros a este modelo que confunde innovación con dependencia y que convierte cualquier gesto cotidiano en una forma de alquiler. Y, sobre todo, debemos dejar de celebrar como “progreso” cosas que, en realidad, nos hacen más vulnerables: aplicaciones que pueden impedirte salir de tu propio parking, servicios que pueden dejar de funcionar en cualquier momento, u objetos que has comprado, pero que no tienes.
Porque si no, acabaremos todos viviendo en este futuro donde nada es nuestro, todo es de pago y, el día menos pensado, una puerta que antes abríamos con una llave decide que hoy no toca. Y allí te quedas, atrapado entre la comodidad prometida y la realidad digital, pensando que quizás el verdadero lujo del siglo XXI no será tener coches voladores y robots, sino tener cosas que, simplemente, funcionen a la primera.