Hace no mucho oí a alguien decir que no le gustan los viernes. ¿El motivo? Pues, claro, por la tarde empieza el fin de semana, dedicas el sábado a descansar y a recuperar fuerzas para hacer algo el domingo, día en el cual te das cuenta de que al día siguiente es lunes y que el fin de semana se ha esfumado sin ni siquiera poder saborearlo. Nunca lo había visto desde esta perspectiva. El caso es que esta -compleja- lógica no ha dejado de rondar mi cabeza y me ha llevado a hacerme muchas preguntas. Y a detestar un poco los viernes.
Cabe decir que, personalmente, parto de la base de que el viernes es un día complejo. Es un día de responder a muchos correos, de, precisamente, desear muchos buenos fines de semana, y de avanzar suficiente trabajo para no tener que encender el ordenador ni el sábado ni el domingo. Si desde que oí esta teoría en torno al viernes se me está complicando disfrutar del fin de semana, imaginad si encima lo tuviera que pasar con el ordenador encendido. Sería una catástrofe.
Por algún motivo, todo ello me lleva a disfrutar especialmente los jueves. Es la puerta de entrada al final de la semana, no acostumbro a tener la faena ni de los lunes ni de los viernes, y me permito ilusionarme con planes para el fin de semana que muy probablemente se desvanecerán, pero que me otorgan suficiente motivación para afrontar con ganas aquello que se me ponga delante. Una motivación que desde que conocí esta teoría catastrofista dura más bien poco, pero algún efecto positivo durante unas horas seguro que tendrá.
"El 'sunday scaries' (miedo a los domingos) es un fenómeno que consiste en la angustia o inquietud que aparece el último día de la semana al pensar que al día siguiente es lunes"
Ahora bien, es cierto que conozco a pocas personas que no quieran que llegue el viernes. Sin embargo, existe un fenómeno similar conocido como sunday scaries (miedo a los domingos), que consiste en la angustia o inquietud que aparece el último día de la semana al pensar que al día siguiente es lunes. Lo confirma una encuesta de la American Academy of Sleep Medicine en la que un 40,7% de la población asegura que el domingo es el día que más cuesta dormir -yo también lo confirmo-, porque marca “el fin del único período de la semana en el que realmente tenemos control de nuestro tiempo, y la vuelta a la rutina laboral implica la pérdida de esta autonomía”.
Aquí el asunto se empieza a poner serio y, por lo tanto, he pensado tres propuestas para poner fin al sunday -y friday- scaries.
La primera es clara y directa: viernes festivos. Esto implicaría alcanzar la famosa semana laboral de cuatro días, y los viernes nos permitirían coger suficientes fuerzas para disfrutar del sábado con la satisfacción de que el día siguiente aún es domingo. Como efecto colateral, pasaríamos a detestar los jueves, porque el ser humano es así y no es capaz de conformarse con nada, pero probablemente lo haríamos con una menor intensidad, igual que el miedo a los domingos tampoco sería tan intenso.
El problema, sin embargo, es que la semana laboral pasaría a ser de 32 horas, y a pesar de que se hayan llevado a cabo diversos estudios que destacan las bonanzas de la semana laboral de cuatro días, algo me hace pensar que no nos acabaría de funcionar. Además, las empresas tendrían que pagar los mismos sueldos por menos días, el coste por hora aumentaría, y los márgenes de las pymes, que representan ni más ni menos que el 99,8% del tejido empresarial catalán, se verían considerablemente resentidos. Y aún habría alguien que pasaría a pedir la semana laboral de tres días, que ya nos conocemos. Como solución, no es la que más me gusta. De hecho, antes de plantearla, exploraría posibles mejoras en el espectro salarial y miraría cómo subir los salarios por encima de los 27.500 euros que el reciente Informe Fènix define como “altamente subvencionados”. Es solo una idea.
La segunda opción es la de mantener cinco días laborables y dos no laborables, pero desplazarlos. Me explico. En vez de no ir a trabajar sábado y domingo, no hacerlo, por ejemplo, martes y miércoles. Así, viernes pasaría a ser el actual martes, y domingo el actual jueves, dos días que casi nadie critica. Pero tampoco os quiero engañar; en la práctica, no cambiaría nada. Continuaríamos trabajando cinco días por semana y descansando dos. Ahora bien, durante unos meses, mientras intentamos entender todo este quebradero de cabeza -y hasta que acabemos maldiciendo los lunes y los miércoles, que pasarían a ser los nuevos viernes y domingos-, creo que seríamos más felices o, al menos, nos quejaríamos menos. Tampoco le veo especial recorrido a la propuesta.
Y la tercera consiste en vivir. Pero vivir, vivir, no sobrevivir. No es ninguna tontería. Es vivir tal como lo define Ariadna Romans en el que fue un artículo que me marcó especialmente, ya hace tres años. A finales de un ajetreado mes de mayo, donde la actividad económica y empresarial del país se acelera con actos, ferias, congresos y muchos instantes de no saber si sonreír porque es jueves o llorar porque es lunes, creo que es un gran momento para recordarlo. Dice así:
“La vida es corta y ajetreada, pero hay momentos en los que nos damos cuenta de que, la mayoría de las cosas que hacemos, no son tan imprescindibles como pensamos. Momentos en los que sentimos que todo aquello que nos pone la cabeza llena de nubes solo son distracciones de una vida ajetreada que no nos deja vivir lo que se esconde detrás de las tormentas cotidianas. Vivir, al final, no reside en todas las tareas de la lista. Vivir reside en las pequeñas victorias cotidianas que, cuando te encuentras a las puertas de la muerte, la pérdida o la enfermedad, aprendes a valorar y apreciar. (...) Vivir no solo implica respirar, comer, dormir o cuidarme… vivir implica, por encima de todo, tomar aquellas decisiones que me conduzcan hacia la felicidad. Vivir puede decir muchas cosas en muchos momentos de la vida, pero olvidar el valor que tiene la vida, la vida digna, no es un lujo que nos podamos permitir”.
Quizás, solo así, los afectados por el sunday scaries y los perturbados de los viernes abrazaremos cualquier momento de cualquier día de la semana.