Experto en innovación y liderazgo emocional

'Panem et circenses'

08 de Agosto de 2026
Toni Alés | VIA Empresa

Después de una semana recorriendo en familia las islas griegas, esperaba el vuelo de regreso a Barcelona en el aeropuerto Leonardo da Vinci de Roma. Quizá por la cercanía de la ciudad eterna, mi mente viajó dos mil años atrás, hasta el Coliseo. Imaginé miles de personas llenando las gradas, entregadas al espectáculo: gladiadores, fieras, sangre, emoción. Era el mayor entretenimiento de su tiempo. Mientras observaba aquella escena, recordé la expresión de Juvenal que todos hemos oído alguna vez: panem et circenses. Siempre la había interpretado como una crítica al circo, al entretenimiento. Pero quizá llevemos siglos interpretándola mal.

 

En ese momento, una noticia en una pantalla del aeropuerto mostraba unas declaraciones de Giorgia Meloni sobre España. Y casi de forma automática me hice una pregunta: ¿Qué está pasando en España? Durante unos segundos me quedé en silencio. No porque no tuviera una respuesta, sino porque tenía demasiadas. Podría haber pensado en el acceso a la vivienda, en la presión fiscal, en la corrupción, en la inmigración, en la pérdida de competitividad, en el cortoplacismo político… Todos son problemas reales. Pero mientras intentaba ordenarlos, comprendí que quizá estaba buscando la respuesta en el lugar equivocado.

"Las sociedades siempre han tenido problemas. Roma también los tenía. La diferencia nunca estuvo en los problemas, sino en la actitud de los ciudadanos ante ellos"

Las sociedades siempre han tenido problemas. Roma también los tenía. La diferencia nunca estuvo en los problemas, sino en la actitud de los ciudadanos ante ellos. La verdadera fractura aparece cuando la ciudadanía deja de sentirse corresponsable de su futuro. Cuando deja de preguntar, de exigir, de participar, de cuestionar. Cuando deja de pensar más allá del próximo titular. Porque la ciudadanía no consiste únicamente en votar cada cuatro años. Consiste en ejercer una responsabilidad permanente: no aceptar cualquier explicación, exigir rendición de cuentas, entender que el futuro de un país depende tanto de quienes gobiernan como del nivel de exigencia de quienes son gobernados.

 

Las democracias no se debilitan cuando aparecen los problemas; se debilitan cuando los ciudadanos dejan de sentirse corresponsables de su resolución. Quizá por eso Juvenal no criticaba realmente el circo. El problema no era el entretenimiento. El problema era todo aquello que el pueblo dejaba de hacer mientras miraba hacia la arena. Mientras el espectáculo ocupaba toda la atención, el ágora dejaba de ser el centro de la vida pública. Y el ágora era mucho más que una plaza: era el lugar donde los ciudadanos debatían, discrepaban, cuestionaban y asumían la responsabilidad de construir el futuro de su comunidad. Un espacio vivo, a veces tenso, siempre esencial.

Hoy seguimos teniendo nuestros propios circos. No son gladiadores: son titulares fugaces, polémicas instantáneas, redes sociales, escándalos que duran apenas unas horas antes de ser sustituidos por los siguientes. El problema no es que existan; una sociedad libre necesita ocio, información y entretenimiento. Lo preocupante es que, mientras miramos el siguiente espectáculo, renunciemos poco a poco a ejercer nuestra ciudadanía. Que aceptemos la resignación como si fuera realismo. Que normalicemos la mediocridad. Que deleguemos toda la responsabilidad en otros. Que nos conformemos con soluciones inmediatas y renunciemos a proyectos de largo plazo.

"Hoy seguimos teniendo nuestros propios circos: titulares fugaces, polémicas instantáneas y escándalos que duran apenas unas horas antes de ser sustituidos por los siguientes"

Una sociedad no pierde su futuro de un día para otro. Lo pierde cuando sus ciudadanos dejan de pensar como ciudadanos y aceptan el papel de espectadores. Quizá llevemos siglos interpretando mal a Juvenal: el problema nunca fue el circo. El problema fue que el pueblo dejó de ejercer su ciudadanía. Las democracias no necesitan espectadores. Necesitan ciudadanos. Quién sabe qué nueva reflexión me regalará el próximo viaje. Quizá en otro aeropuerto. Quizá frente a otra pantalla. O quizá, simplemente, en cualquier lugar que me obligue a detenerme y pensar.

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