Politóloga y filósofa

Vivir de rentas

03 de Junio de 2026
Arianda Romans | VIA Empresa

Tengo la sensación de que cuando ganas una beca, la gente piensa que puedes hacer lo que quieras con el dinero y que es como una inyección de dinero gratuita a cambio de muy poca cosa. Del mismo modo que pienso que para los fotógrafos es difícil hacer entender que hacer una fotografía “que no les cuesta nada” les ha pedido años de práctica, cursos, lágrimas y esfuerzos, los académicos y escritores tenemos el mismo problema. Nadie pone en duda el trabajo de un contable, las horas de un abogado o las reparaciones de una electricista, pero cuando se trata de investigar como modo de vida, de escribir y vender tus palabras, entonces todo el mundo se piensa que vives de hacer muy poca cosa.

 

“¡Y ahora, a vivir de rentas!”, me dijo una persona a la que quiero mucho, seguramente con la mejor fe del mundo, cuando me confirmaron el contrato doctoral. Para ella, la realidad de la academia es confusa, y seguramente la relación más cercana que tenía eran las películas o el recuerdo de un profesor franquista que escribía artículos en el diario. Ella, que no ha ido nunca a la universidad, piensa que mi trabajo es escribir lo primero que me viene a la cabeza y escribirlo en el ordenador, y que después me pagan una barbaridad. Lo que no sabe es que es un hecho bastante inusual que haya conseguido un contrato, a pesar de haberlo buscado y luchado los últimos tres años. Tampoco que la mayoría de mis compañeros en otros países cobran un salario muy por debajo del sueldo mínimo profesional. 

Si bien es cierto que hay periodos en la vida académica que te permiten tomarte una mañana tranquila, ir a pilates a las tres de la tarde cuando hay menos gente o trabajar de manera tranquila, también hay periodos donde escribes sin parar, corriges exámenes hasta las tantas de la madrugada o atraviesas toda una ciudad para asistir a un encuentro con un actor clave que solo tiene veinte minutos para hablar contigo a las nueve de la noche. Es un trabajo que, si bien es muy bonito y que te permite pensar y reflexionar sobre temas socialmente relevantes (o no), también es un tipo de trabajo que te persigue en el lavabo, en la ducha, los fines de semana o en momentos de desconexión. Nunca sabes cuándo vendrá la próxima buena idea, ni tampoco tienes una percepción clara de cuándo parar de escribir, dejar de hacer preguntas, cuándo estar satisfecha con tu trabajo porque el conocimiento, investigado o no, se encuentra en constante movimiento y transformación.

 

"El trabajo académico es un trabajo como cualquier otro, pero la creatividad que se pide hace que sea imposible comprenderlo como un trabajo de nueve a cinco"

Es cierto que no nos podemos quejar del hecho de que muchas personas no comprendan la naturaleza de nuestro trabajo. Al fin y al cabo, las universidades hace poco que han comprendido la necesidad de abrirse a la sociedad. Para muchas personas, detrás de despachos o de pantallas se esconde un tipo de trabajo que no se entiende y, por lo tanto, una cierta sensación de misterio que mezcla una intuición de hacer cosas muy inteligentes y muy importantes con una pereza de aquel que con poco esfuerzo consigue lo que quiere. 

La pedantería de muchas personas académicas a lo largo de los años tampoco nos rema a favor. El trabajo académico es un trabajo como cualquier otro, pero la creatividad que se pide hace que sea imposible comprenderlo como un trabajo de nueve a cinco. Por eso, de cara a mi persona querida, puede parecer que vivo de rentas, mientras que para una amiga, un trabajo demasiado exigente, del cual no puedes nunca llegar a desconectar del todo.