Cuando un problema complejo exige soluciones simples, siempre perdemos los mismos. Especialmente, cuando hay menores implicados, lo que acaba pasando es que no se les escucha.
El plan del gobierno español para prohibir el acceso a redes sociales a los menores de dieciséis años mediante una verificación de edad obligatoria a través de un “certificado digital” como prueba de identidad ágil y segura es un ejemplo. La razón oficial es para proteger a los niños de contenidos nocivos, de algoritmos adictivos y de un “monstruo digital” que nos engulle. Pero hay tres problemas clave que casi nadie quiere mirar de cara: la viabilidad técnica, la privacidad de datos y la efectividad real de la medida.
"Hay tres problemas clave que casi nadie quiere mirar de frente: la viabilidad técnica, la privacidad de datos y la efectividad real de la medida"
Para ponernos en antecedentes, Australia fue uno de los primeros países del mundo en legislar para que los menores de dieciséis años no pudieran tener cuentas en plataformas como TikTok, Instagram, Snapchat, Facebook o YouTube, a base de “impedirlo rápidamente y con verificación de edad”. No prohibió todas las redes, pero sí que puso el ojo mediático y político.
Pero, como pasa con cualquier regla aplicada a la infraestructura más grande del mundo, la práctica divergió rápidamente de la teoría. Los menores migraron a otras redes no reguladas (y peores que las mencionadas), y se crearon cuentas falsas con antelación para evitar la prohibición.
Actualmente, las plataformas han de implementar sistemas para determinar la edad de un usuario, que pueden incluir datos personales, señales comportamentales, identificadores de dispositivo, direcciones IP o incluso verificaciones biométricas. Pero se sabe que incluso sin esto, solo por las búsquedas y los seguidores, se puede llegar a saber la edad de una persona. Pero las redes tampoco se molestan… cuanto más seamos más reiremos, y más negocio conseguiremos.
De hecho, en redes como TikTok, Instagram o YouTube, los usuarios todavía pueden ver contenido público sin estar registrados y, por lo tanto, la prohibición solo les quita algunas interacciones y listas, pero no toda la vida en línea de estas redes.
Y sobre todo: los chicos y chicas, niños y niñas, cuando se les pone una cosa entre ceja y ceja, encuentran formas de saltarse las restricciones con VPN, cuentas de amigos o familiares adultos o moviéndose a servicios no contemplados por la lista de plataformas restrictivas (y que quizás son más peligrosas que las prohibidas). Esto no solo burla la ley, sino que los sitúa en espacios fuera de supervisión y control, potencialmente más peligrosos y menos analizados por reguladores o padres. Doble combo.
Al final tenemos una carrera de gatos y ratones, y en Tom y Jerry siempre gana el ratón.
"Los chicos y chicas encuentran formas de saltarse las restricciones con VPN, cuentas de amigos o familiares adultos o moviéndose a servicios no contemplados por la lista de plataformas restrictivas"
Al otro lado del mundo tenemos a China, que no solo ha experimentado con restricciones de edad, sino que ha implementado sistemas masivos de verificación de identidad en internet que son un punto de referencia mundial. Allí el objetivo no busca la protección infantil, sino el control social, pero la medida es similar. En el país ya exige desde hace años la “real-name authentication” (autenticación con nombre real e identificador nacional) para servicios en línea, incluidos los videojuegos.
¿En qué se traduce en realidad? En el hecho de que los menores han de utilizar su DNI para registrarse y jugar, y que el sistema registra la actividad. Además, hay “sistemas antiadicción” que limitan el tiempo de acceso diario o de fin de semana, pero en la práctica los niños y niñas chinos son iguales que los australianos: unos ratones espabilados que acaban compartiendo cuentas o identificadores de adultos.
Todo ello forma parte de un marco más amplio donde el anonimato es mínimo y la censura estatal es habitual.
El tema de China que me preocupa personalmente. Porque cuando un país obliga a la cultura de verificación de identidad en todas las interacciones en línea, la defensa de los menores se convierte rápidamente en una excusa para erradicar el anonimato digital. Y esto afecta a todo el mundo, no solo a los niños y las niñas.
"Cuando un país obliga a la cultura de verificación de identidad en todas las interacciones en línea, la defensa de los menores se convierte rápidamente en una excusa para erradicar el anonimato digital"
Como decía Marta Peirano, tener una base de datos biométrica de todos tus ciudadanos, y también de los menores de edad, es mucho más peligroso a nivel de ciberdelincuentes que el hecho de que lo tengan un poco más difícil para acceder a Facebook.
El gran error de fondo: pensar que la tecnología soluciona los problemas sociales. Y ya lo dice Unicef: las restricciones por edad no salvan de nada a los menores. Y Unicef sabe un huevo de cuidar criaturas desde hace años.
Aquí yace el error conceptual: tanto en España como en Australia (y de manera más extrema en China), se está centrando la solución en una tecnología de comprobación de identidad, como si eso garantizara seguridad o comportamiento responsable. La verdad es que técnicamente es muy fácil de esquivar: VPN, cuentas en EEUU, cuentas de amigos adultos… siempre lo hemos visto: los jóvenes son precisamente el segmento más experto en encontrar agujeros operativos en la tecnología. Ya pasaba en los años 90 en mi escuela, cuando había el Windows 95 o 98.
Las herramientas de verificación de edad suelen requerir datos sensibles (ID, biometría), que son el tipo de datos que más riesgo presentan en caso de fuga o uso indebido, y en estos casos, los efectos secundarios de implementarlas pueden ser peores que la enfermedad.
Evidentemente, me preocupan las adicciones y la salud mental de todas las personas (no solo los niños y jóvenes), pero el porcentaje es muy pequeño en comparación con la vulnerabilidad de un sistema de este tipo donde nos afecta a todos. Y, encima, no es efectivo ni en un 1%.
La privacidad de todos queda comprometida. Ligar identidad y comportamiento en línea crea una base para la vigilancia. Tendremos un efecto no deseado si el objetivo es solo proteger niños, ratones, cuando somos todos y todas las personas vulnerables.
¿Y cómo lo haremos? La tecnología debe ser una palanca, no un poli digital. Y esto significa invertir en educación digital, herramientas de control parental y, sobre todo, en responsabilidad cívica y comunitaria. Acompáñemonos y elijamos cómo queremos que sean las redes sociales del presente. No por los niños y niñas, sino para adultos también. Si son nocivas para los jóvenes también lo son para mí y para ti.
"Acompañémonos y elijamos cómo queremos que sean las redes sociales del presente. No para los niños y niñas, sino para adultos también"
La verdadera protección de los menores no pasa por un alias seguro, un certificado digital o un registro biométrico. Pasa por comprender por qué están en estas plataformas, qué buscan, qué les atrae de los algoritmos y, sobre todo, cómo podemos ofrecer alternativas, educación y entornos saludables. Hagamos un pacto de industria que nos lleve a eliminar patrones oscuros.
Poner puertas al campo no solo es inútil, sino que puede empujar a la juventud a zonas digitales más oscuras, y a los adultos a hacer otro clic en una web después de cerrar las galletas, el boletín, las opciones de privacidad y, ahora, el certificado digital.