En Ámsterdam el tiempo es una locura. En una hora de reloj puede llover, hacer sol, nublarse, diluviar y volver la calma. Las personas que vivimos aquí sabemos que no se puede esperar nada, de esta tierra, cuando se trata de mirar hacia arriba. Esto no solo hace que necesitemos muchos artículos de ropa, sino que también te desarrolla una especie de resiliencia al tiempo: no puedo parar la lluvia, pero puedo ponerme una gorra, comprarme un buen impermeable, y apretar los ojos para que me entre menos agua en los ojos.
Una autora que me gusta mucho cómo piensa, pero un poco menos cómo escribe es Dona Haraway. En 2016 publicó un libro que se titula Staying with the Trouble (permanecer con el problema), donde basada en ecofeminismos, decoloniales y feminismos poshumanistas invita a pensar en los problemas climáticos no como un problema a resolver de manera rápida, eficiente y simplificada, sino a habitarlos, entenderlos profundamente y tejer formas de vida compartida que vayan en contra de reproducir destrucción y violencia.
Por lo tanto, Haraway rechaza que el progreso tecnológico sea la solución mesiánica de la catástrofe climática. En este sentido, la autora huye de las soluciones que proponen pasar por el filtro de la eficiencia y la tecnificación y pide que más que centrarnos en los retos a solucionar a corto plazo construyamos formas de convivencia sostenibles a largo plazo. Esto, para Haraway, es en lo que consiste "hacer mundo" (wording, en inglés).
Permanecer en los problemas es algo que hacemos poco. Ante los retos, lo que solemos hacer es o solucionarlos a la carrera para evitar que se hagan más grandes, o bien eludirlos y fingir que no existen hasta que dejan de sonar en nuestra cabeza. Sin embargo, la autora propone algo completamente diferente: permanecer con ellos. Quedarnos ahí y vivir ahí un rato. Quedarnos con el problema hasta que pase.
"Ante los retos, lo que solemos hacer es o solucionarlos a la carrera para evitar que se hagan más grandes, o bien eludirlos y fingir que no existen hasta que dejan de sonar dentro de nuestra cabeza"
Propongo un ejemplo. Mañana nos levantamos y vemos desde la ventana que llueve. Llueve muchísimo. Mientras nos lavamos los dientes y preparamos para el día, vemos cómo se empieza a gestar una tormenta. Una tormenta muy, muy fuerte que acaba llevándose volando todas nuestras bicicletas y dejándonos sin la posibilidad de salir de casa. Además, ha caído la electricidad, por lo que no podremos conectarnos a Internet ni trabajar desde casa. Sabemos que si permanecemos en casa estaremos seguras, y que no durará demasiado tiempo.
En un escenario así, lo más razonable es dejar de lado la planificación del día, sentarnos en el sofá y leer un libro. O tocar la guitarra. O mirar por la ventana cómo el viento y la lluvia se mueven de manera trepidante a través de la seguridad del cristal. No podemos hacer nada al respecto, y preocuparnos no hará que el problema se resuelva. Dentro de unas horas, cuando la tormenta amaine, podremos salir de casa y continuar con nuestra vida. De momento, sin embargo, tendremos que permanecer con el problema.
Un hecho como este ocurrió el pasado mayo en Barcelona, y desde entonces todo el mundo recuerda el día que nos quedamos sin electricidad de una manera amable, como un problema nacional que nos asustó, pero también como un reto que nos hizo entender que no pasaba nada por no haber trabajado una tarde. Que, a pesar de todo, no se acababa el mundo. Quizás es exactamente eso lo que pretende Haraway con su frase. O quizás es otra cosa.