Cada verano pasa más o menos lo mismo. Llegan las vacaciones, activamos el mensaje automático del correo anunciando que estaremos fuera unos días y nos prometemos que esta vez sí, desconectaremos. Pero también cada verano hay quien sigue respondiendo a algún correo "urgente", echando un vistazo al móvil varias veces al día o haciendo esa llamada rápida a la oficina "solo para saber cómo va todo". Y casi sin darse cuenta, acaba trabajando, pero desde un lugar diferente.
Es fácil pensar que esto es una muestra de compromiso. O que es el precio que tienen que pagar las personas que ocupan posiciones de responsabilidad. Pero, después de verlo repetido tantas veces en diferentes organizaciones, cada vez estoy más convencida de que el problema no suelen ser las vacaciones. Las vacaciones solo hacen visible una forma de liderar que hemos construido durante todo el año.
"Los equipos valoran líderes que saben confiar. En cambio, muchos líderes siguen viviendo con la sensación de que, si desaparecen unos días, algo dejará de funcionar"
Un estudio de Hays España, publicado en agosto de 2025, lo confirmaba con datos. El 60% de los directivos españoles reconoce que no consigue desconectar durante las vacaciones de verano. Pero había otro dato que me pareció aún más revelador: el 76% de los profesionales afirma que valora más un líder que delega y confía en su equipo, mientras que solo un 4% prefiere un jefe siempre disponible.
Es una contradicción interesante. Los equipos valoran líderes que saben confiar. En cambio, muchos líderes siguen viviendo con la sensación de que, si desaparecen unos días, algo dejará de funcionar. Y aquí es donde creo que las vacaciones se convierten en un magnífico espejo. Cuando un líder se marcha, la organización acaba mostrando cómo funciona realmente cuando él no está. ¿El equipo sigue tomando decisiones? ¿Las personas saben priorizar cuando aparece un problema? O, al contrario, ¿muchas cosas quedan en espera hasta que vuelva? Cuando alguien se equivoca, ¿es capaz de gestionar la situación o prefiere esperar a que llegue el responsable?
Ninguna de estas situaciones nace durante el mes de agosto. Llevan meses, y a menudo años, construyéndose. Las vacaciones simplemente las ponen en evidencia. Hace tiempo que la profesora de la Harvard Business School Leslie Perlow estudia lo que llama "la trampa de la disponibilidad permanente". Una de sus conclusiones es especialmente interesante porque explica muy bien lo que ocurre en muchas empresas: los líderes no solo influyen por las decisiones que toman, sino por los comportamientos que normalizan. Cuando un responsable responde correos desde la playa o entra en una reunión mientras está de vacaciones, aunque nadie se lo haya pedido, está enviando un mensaje muy potente. Dice que un buen profesional es alguien que siempre está disponible.
Y las culturas organizativas no se construyen solo con valores escritos en la pared. Se construyen observando qué hacen los líderes cuando nadie les obliga. Ahora bien, creo que hay una cuestión aún más profunda, y probablemente más incómoda. Acostumbramos a decir que nos cuesta delegar porque no acabamos de confiar lo suficiente en los demás. Y, a veces, es cierto. Pero sospecho que hay otra explicación que cuesta más admitir: delegar también nos cuesta porque nos obliga a renunciar a una parte de nosotros mismos.
"Cuando un responsable responde correos desde la playa o entra en una reunión mientras está de vacaciones, aunque nadie se lo haya pedido, está enviando un mensaje muy potente"
Cuando durante años eres la persona que resuelve los problemas, la que toma las decisiones importantes, a la que todo el mundo llama cuando algo se complica, es fácil que una parte de tu identidad profesional se construya alrededor de ese papel. Sin darte cuenta, dejas de sentirte simplemente útil para empezar a sentirte imprescindible. Y estas dos cosas no son lo mismo.
Ser útil es aportar valor. Ser imprescindible significa que el sistema depende de ti para seguir funcionando. El problema es que, cuando esto ocurre, delegar deja de ser solo una habilidad de liderazgo. Se convierte en una pequeña renuncia personal. Porque delegar de verdad no consiste en repartir cuatro tareas la semana antes de irse de vacaciones. Es una forma de liderar que se construye durante todo el año. Significa compartir contexto, explicar el porqué de las decisiones y no solo el qué, dejar que otras personas tomen decisiones aunque no las tomen exactamente igual que nosotros y asumir que también aprenderán cometiendo errores, igual que lo hicimos nosotros.
Es aquí donde muchos líderes, sin querer, caen en una contradicción. Dicen a los equipos que tienen autonomía, pero acaban resolviendo personalmente cualquier incidencia importante. Animan a las personas a decidir, pero revisan todas las decisiones antes de que salgan adelante. Antes de irse de vacaciones, acostumbran a decir: "Cualquier cosa, llamadme". La frase suena tranquilizadora, pero también esconde un mensaje sutil: el centro sigue siendo el líder.
"Quizás la confianza de verdad empieza el día que el equipo sabe que habrá problemas, pero que es lo suficientemente capaz para resolverlos sin necesidad de descolgar el teléfono"
Quizás la confianza de verdad empieza el día que el equipo sabe que habrá problemas, que seguramente no todo saldrá perfecto, pero que es lo suficientemente capaz para resolverlos sin necesidad de descolgar el teléfono. Por eso creo que uno de los grandes indicadores de la madurez de un líder no es su capacidad para estar siempre disponible. Es justamente la contraria. Es haber construido un equipo que sigue pensando, decidiendo y avanzando cuando él no está. Porque el objetivo del liderazgo no debería ser que el equipo eche mucho de menos a su responsable cada vez que se va de vacaciones. Quizás el éxito consiste, precisamente, en lo contrario: haber creado las condiciones para que la organización siga funcionando con normalidad, sin angustia y sin dependencias innecesarias.
Al fin y al cabo, un buen líder no crea equipos que lo necesiten constantemente. Crea equipos que pueden seguir creciendo sin él durante unos días. Y quizás esta es la pregunta que todos nos deberíamos hacer antes de activar el mensaje automático del correo: Si no puedo desaparecer dos semanas sin que la organización se resienta, el problema es que mi equipo todavía no está preparado... ¿o es que yo todavía no he aprendido a dejar de ser imprescindible?
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