Consultora de RH y 'Coach' ejecutivo

De la IA a la IE

04 de Abril de 2026
Aida Jurado | VIA Empresa

Hace unos días, en una reunión con un equipo directivo, alguien comentó con toda naturalidad que aquella decisión la podían pasar por la IA y que, en dos minutos, tendrían una propuesta lo suficientemente sólida para salir adelante. No lo dijo con superficialidad, sino con la tranquilidad de quien sabe que hoy tenemos herramientas que realmente funcionan, que nos ahorran tiempo y que, en muchos casos, nos ayudan a tomar mejores decisiones.

 

Y es verdad. Cada vez es más habitual trabajar con información sintetizada, con opciones generadas en segundos y con recomendaciones que, no hace tanto, habrían requerido horas de análisis. La IA ya no es solo un soporte, es una presencia constante que acompaña, y a menudo condiciona la manera como pensamos y actuamos. Pero mientras escuchaba aquella escena, me quedó una pregunta que no tenía tanto que ver con la tecnología como con nosotros: cuando ya tenemos las respuestas tan cerca, ¿quién se queda con la responsabilidad de hacerse las preguntas?

Durante muchos años, hemos asociado la inteligencia a la capacidad de comprender, analizar y resolver. Después ampliamos esta mirada gracias a la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, que nos ayudó a entender que el talento no se puede reducir a un solo tipo de capacidad. Hay personas con una gran habilidad lógica, otras con una sensibilidad especial para el lenguaje, otras con una inteligencia interpersonal que les permite leer personas con una precisión extraordinaria, o una inteligencia intrapersonal que les da una gran conciencia de sí mismos.

 

"Cuando una parte importante del trabajo cognitivo se puede delegar, el diferencial ya no es tanto la capacidad de procesar información como la manera en que nos situamos ante esta información"

Aquel cambio de mirada fue importante porque reconoció una evidencia que muchas organizaciones ya intuían: no todas las personas aportan valor de la misma manera, y precisamente en esta diversidad hay la riqueza de los equipos. Pero hoy el contexto nos vuelve a mover el marco. No porque estas inteligencias hayan dejado de ser relevantes, sino porque su valor ya no está solo en poseerlas, sino en cómo las activamos y desde dónde las ponemos al servicio de lo que hacemos.

Cuando una parte importante del trabajo cognitivo se puede delegar, el diferencial ya no es tanto la capacidad de procesar información como la manera en que nos situamos ante esta información. Es aquí donde la IA, lejos de sustituirnos, nos expone. Nos confronta con una realidad que quizás no siempre es cómoda: muchas de las decisiones que tomábamos no estaban limitadas por la falta de datos, sino por la manera en que decidíamos con ellos. Por la prisa, por la inercia, por no cuestionarnos lo suficiente. No era que no pudiéramos pensar mejor, sino que a menudo no nos deteníamos en ello.

Pero hay  otro elemento más sutil que empieza a aparecer en este nuevo escenario: la tendencia a dar por buena una respuesta solo porque proviene de una fuente que percibimos como experta. En psicología lo llamamos sesgo de autoridad. Tendemos a confiar más en aquello que viene de una voz que interpretamos como legítima, aunque no siempre cuestionamos el contenido. Durante años, este sesgo se ha asociado a figuras jerárquicas, expertos o instituciones. Hoy, de manera casi imperceptible, empezamos a proyectar esta autoridad sobre la IA.

Cuando una herramienta nos da una respuesta bien estructurada, clara y aparentemente fundamentada, nuestro cerebro tiende a relajar el pensamiento crítico. No porque seamos menos capaces, sino porque delegar es cómodo. Y en un entorno de prisa constante, empezamos a normalizar esta comodidad. El riesgo no es que la IA se equivoque. El riesgo es que dejemos de cuestionar.

Y aquí es donde la inteligencia artificial no nos deja sin lugar, pero sí que nos deja sin excusas. Ya no podemos decir que no teníamos suficiente información, ni que no sabíamos por dónde empezar, ni que no disponíamos de herramientas. Y cuando estas excusas desaparecen, queda mucho más visible lo que hacemos, y lo que no, con todo aquello que tenemos al alcance.

"Tendemos a confiar más en aquello que viene de una voz que interpretamos como legítima, aunque no siempre cuestionamos el contenido"

Esto se ve con mucha claridad en el día a día de las organizaciones. Equipos que disponen de datos, pero que tienen dificultades para priorizar. Líderes que tienen información, pero que no encuentran espacios reales para pensar con calma. Profesionales altamente preparados que, sin embargo, acaban funcionando en una especie de piloto automático que los aleja de la reflexión y los acerca a la respuesta rápida.

Quizás por eso, cuando hablamos de pasar de la IA a la IE, nos quedamos cortos si lo reducimos a la inteligencia emocional entendida solo como la capacidad de gestionar emociones. Lo que está en juego va más allá de eso. Tiene que ver con la calidad de la presencia, con la capacidad de darse cuenta de lo que está pasando, con la posibilidad de discriminar qué es relevante en medio de un volumen creciente de estímulos y de información.

Cuando hablo de IE, no estoy pensando solo en una habilidad más a incorporar al repertorio del líder, ni en una competencia que se pueda entrenar con cuatro herramientas. Hablo de una manera de estar. De una inteligencia que no se limita a interpretar emociones, sino que integra pensamiento, emoción y acción con coherencia. Una inteligencia que permite darse cuenta de desde dónde estoy decidiendo, qué me está condicionando, qué estoy evitando y qué estoy sosteniendo. Que no busca solo la mejor respuesta posible, sino la más alineada con lo que tiene sentido en aquel contexto. En un momento en que la capacidad de procesar información ya no es exclusiva nuestra, quizás esta es la inteligencia que se vuelve realmente diferencial.

En este sentido, el liderazgo empieza a desplazarse. Ya no se trata solo de tener respuestas rápidas o de optimizar procesos, sino de saber sostener preguntas que no tienen una respuesta inmediata, de no correr a simplificar aquello que es complejo y de poder decidir sin delegar completamente este criterio en una herramienta.

En un entorno que nos empuja constantemente a hacer más y más rápido, parar puede parecer una pérdida de tiempo. Pero cada vez se hace más evidente que esta pausa no es lentitud. Es en este espacio donde se construye el criterio, donde se conectan los datos con el sentido, donde las decisiones dejan de ser solo operativas para convertirse en coherentes.

Recuerdo una conversación con un directivo que me decía que, a pesar de tener más herramientas que nunca, cada vez le costaba más tener claro qué era lo correcto. Aquí es donde la tecnología no puede sustituirnos. Porque hay decisiones que no se resuelven con datos, sino con valores, con criterio y con la capacidad de asumir las consecuencias de lo que decidimos.

Quizás, en el fondo, el gran cambio que estamos viviendo no es solo tecnológico, sino profundamente interno. Quizás el reto no es tanto aprender a utilizar mejor la inteligencia artificial como aprender a utilizarnos mejor a nosotros mismos. Desarrollar una mirada más consciente, una capacidad más afinada para discriminar, una manera de decidir que no dependa solo de la velocidad, sino del sentido.

Porque en un mundo donde la inteligencia es cada vez más accesible, lo que realmente marcará la diferencia no será quién tenga más, sino del uso que le dé. Y eso, de momento, sigue dependiendo de nosotros.