La noche del 6 de julio de 2015, un 61% de los votantes griegos rechazaron en referéndum las condiciones planteadas por los acreedores europeos para obtener un tercer rescate de la Unión Europea (UE). Aquella noche, muchos temimos una salida precipitada de Grecia del euro, pero el gobierno de izquierda radical del primer ministro Alexis Tsipras acabó aceptando, pocos días después, el rescate mencionado.
Al día siguiente del referéndum, el ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis, dimitió. Él era partidario de una segunda reestructuración de la deuda pública griega, como la que ya se hizo en el año 2012, que fue la primera quita de la deuda griega. Por primera vez desde 1945, un país de la UE y del euro impagaba su deuda, siendo el haircut del 55% del valor nominal de la deuda.
Desde entonces, el Banco Central Europeo (BCE) no se ha cansado de recordar que “la deuda pública de los países del euro ya no puede ser considerada un activo financiero sin riesgo, dado el precedente creado en el año 2012 por Grecia”. Esto lo repetía Danièle Nouy, entonces presidenta del Consejo de Supervisión Financiera del BCE, cada vez que comparecía en la Comisión de Economía del Parlamento Europeo.
Durante aquella larga noche de julio de 2015, Tsipras, sin embargo, abandonó la línea dura de confrontación con los acreedores de la UE que había mantenido: sufría por la quiebra del Estado, por un colapso bancario (ya había un estricto control de capitales en el país) y por una salida caótica de Grecia del euro. Tsipras aceptó el acuerdo con la UE saltándose la voluntad popular, en un giro tan espectacular que en Grecia se popularizó la palabra kolotoumba (voltereta).
Tsipras no pudo compatibilizar el “no” al tercer rescate con lo que decían todas las encuestas: un 75% de los griegos en ningún caso querían abandonar el euro, por miedo a un empobrecimiento repentino aún mayor del que ya sufrían, dado que un nuevo dracma griego se depreciaría rápidamente y fuertemente en los mercados de divisas. Este cambio de parecer después del referéndum, pragmático y posibilista, decidido al borde del abismo, le costó a Tsipras su carrera política. Hay que, sin embargo, tener presente que en Alemania incluso los comunistas de Die Linke pedían la expulsión de Grecia del euro si el país continuaba incumpliendo las normas.
"Tsipras aceptó el tercer rescate al ver que su línea dura mantenida ante la UE podía comportar una salida del euro"
Tsipras aceptó el tercer rescate al ver que su línea dura mantenida ante la UE podía comportar una salida del euro, de consecuencias mucho más graves que las que imponía el tercer rescate. “Entonces, quizás los turcos nos comprarán el país en cuatro días”: en 2010, 1 dólar valía solo 1,5 liras, y la lira estaba fuertemente apreciada... Así pues, se temía la intensa depreciación de un nuevo dracma griego.
En octubre de 2009, se había producido la victoria electoral del socialista PASOK de George Papandreou. En enero de 2010, fue él mismo quien anunció que el déficit público griego era mucho mayor de lo que se había informado a la UE. Esto desencadenó una rápida pérdida de confianza en los mercados financieros, en los que ya se iba extendiendo la crisis financiera originada por las subprime de EE. UU. en 2008. La crisis de la deuda soberana en Europa se cebó especialmente en los países mediterráneos, y en 2010 Grecia tuvo que pedir el primer rescate internacional: 110.000 millones de euros del Fondo Monetario Internacional (FMI), que se hizo acompañar por el BCE y por la Comisión Europea (la famosa Troika).
Este rescate estaba condicionado a cuadrar los presupuestos públicos futuros y a otras medidas, como completar la informatización de la agencia tributaria griega: el fraude fiscal era colosal. Para cuadrar el presupuesto, la Grecia socialista eligió, como la España de Rajoy en 2012 —con mayoría absoluta en el Congreso—, recortar el gasto social y las pensiones antes que el gasto militar... Pero eso ya son harina de otro costal.
"En los últimos quince años, sin embargo, la economía griega ha crecido con fuerza (a pesar de los obstáculos de la covid y de la guerra de Ucrania), y el país ha recuperado la confianza de los inversores"
En los últimos quince años, sin embargo, la economía griega ha crecido con fuerza (a pesar de los obstáculos de la covid y de la guerra de Ucrania), y el país ha recuperado la confianza de los inversores internacionales, gracias a la reciente obtención de superávits públicos primarios y a la rápida reducción de la ratio deuda pública / PIB.
Las agencias de rating han ido mejorando la calificación del país y, desde el pasado noviembre, Grecia financia su deuda pública a largo plazo a unos tipos de interés más bajos que Francia. Hace diez años era imposible imaginar que los mercados financieros consideraran la deuda griega tanto o más segura que la de algunos estados grandes y fundadores de la eurozona.
El PIB griego ha recuperado el terreno perdido y la tasa de paro del país se ha reducido del 27% de 2012 al 9% de hoy. La deuda pública sobre el PIB se disparó al 180% en el año 2014 y al 210% en el año 2020... pero hoy baja rápidamente y ya es del 145% del PIB.
Por otro lado, Grecia está llevando a cabo también una rápida y espectacular transición hacia las energías renovables, centrada en las energías eólica y fotovoltaica, hasta el punto de que algunos rankings ya sitúan a Grecia en el segundo lugar europeo en generación renovable, solo por detrás de Dinamarca.
Hoy recuerdo más que nunca el discurso de Mario Draghi en el Parlamento Europeo, en enero de 2019, para conmemorar los veinte años del lanzamiento del euro: “Estonia es hoy un país más fuerte que Turquía y Argentina. El euro proporciona estabilidad y confianza, es una moneda asociada a una inflación baja, a unos tipos de interés predecibles y a un valor suficientemente estable en los mercados de divisas. El euro es sinónimo de política monetaria creíble e independiente”.
Los países del euro no han sufrido hiperinflaciones por culpa de pandemias o crisis financieras globales, como es el caso de Turquía y Argentina, que se han visto obligados a subir los tipos de interés del 50% al 75% para combatir tres dígitos de inflación. Los países del euro pueden dedicar sus esfuerzos a mejorar su competitividad y su renta y riqueza: el BCE proporciona estabilidad monetaria y predictibilidad financiera, dato clave para las inversiones de familias y empresas, en un mundo hoy tan incierto y cambiante. No hay nada que rompa más deprisa y con más intensidad una sociedad que una larga hiperinflación.
"Hoy, Grecia, que era el último país de la clase en el año 2010, puede dar lecciones y marcar el camino a países como Francia"
Hoy, la lira de Turquía se desploma en los mercados de divisas (1 dólar vale 47 liras) y las agencias estiman que continuará depreciándose, a pesar de que el banco central de Turquía está vendiendo sus reservas de oro: las cambia por dólares, que vende acto seguido en los mercados de divisas para intentar detener la pérdida de valor de la lira turca, que va empobreciendo a sus habitantes. Hoy, son individuos y empresas de Grecia, con un euro estable y fuerte, los que están en condiciones de comprar activos físicos y financieros en Turquía... ¡Quién lo habría dicho hace solo diez años!
Hoy, Grecia está resucitando gracias al euro, a su integración europea, al BCE y a principios como la estabilidad presupuestaria que Alemania adoptó para superar su trágica hiperinflación de hace 100 años —y el nazismo posterior que se derivó de ella—.
Hoy, Grecia, que era el último país de la clase en 2010, puede dar lecciones y marcar el camino a países como Francia. Hoy, Ucrania (una de las principales potencias militares del mundo), Hungría, Armenia, Georgia, los países balcánicos, Islandia y otros quieren estar en la UE y en el euro. Y, hoy, los británicos todo esto se lo miran atónitos desde su década perdida después del Brexit. Larga vida a la moneda única europea, que bien gestionada esparce estabilidad y prosperidad.