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Siri, Bruselas y la excusa de la innovación

15 de Junio de 2026
Gina Tost | VIA Empresa

A mí no se me pasaría por la cabeza llegar a Hacienda con la petición personal de pagar menos impuestos, ni que la administración adaptara temporalmente la normativa fiscal a mis procesos internos porque necesito un poco de tiempo para ponerme en marcha. Hacienda me metería un multazo que me dejaría calladita un ratito. Una respuesta previsible ante la premisa de que aquí nadie puede hacer lo que le rota y son las empresas las que se adaptan a las normas, y no al revés (habitualmente).

 

Pero, curiosa e históricamente, estas lógicas se han invertido para dar paso a ciertas prioridades industriales de un país, y con el tema tecnológico quizás hemos estado demasiado acostumbrados.

Apple ha presentado las novedades de Siri AI, asociadas a su asistente de voz con el asterisco de que algunas no llegarán a los iPhone y iPad de la Unión Europea. La compañía argumenta que la situación está relacionada con las exigencias reguladoras europeas, especialmente las obligaciones derivadas de la Ley de Mercados Digitales (DMA). Bruselas, en cambio, sostiene que la decisión es exclusivamente de Apple y recuerda que la normativa no impide el lanzamiento de nuevos productos ni servicios. Deben encontrar la manera de adaptarse a la norma.

 

"Bruselas sostiene que la decisión es exclusivamente de Apple y recuerda que la normativa no impide el lanzamiento de nuevos productos ni servicios"

La discrepancia es aún más interesante cuando, según la Comisión Europea, Apple no solo expresó preocupaciones sobre la interoperabilidad exigida por la DMA. También propuso un período transitorio de al menos dieciocho meses durante el cual podría desplegar Siri AI en Europa antes de tener que cumplir plenamente estas obligaciones. Bruselas se negó. ¿Quién se tiene que adaptar a quién?

La discrepancia es interesante, pero aún lo es más el relato que se está construyendo a su alrededor.

Hace muchos años que oímos que Europa regula demasiado, que la regulación frena la innovación y que nos estamos perdiendo grandes avances por esta manía europea de proteger a los ciudadanos. Es verdad que las grandes tecnológicas norteamericanas avanzan y regulan (a su manera) mientras Bruselas redacta directivas e intenta poner a todos los países de acuerdo.

Un argumento muy atractivo porque es muy fácil de entender, y que convierte un debate muy complejo en una historia con buenos y malos: los innovadores que buscan darnos herramientas de un lado y los burócratas que lo impiden del otro. Pero la realidad no funciona así.

La historia económica demuestra que la innovación puede seguir aunque haya normas muy estrictas que protejan a los ciudadanos. De hecho, algunos de los sectores más innovadores del planeta también son algunos de los más regulados.

"La historia económica demuestra que la innovación puede seguir aunque haya normas muy estrictas que protejan a los ciudadanos"

La aviación comercial transporta millones de personas cada día bajo estándares de seguridad estrictísimos, y yo no quiero que nuestros aviones, en pro de ser más innovadores, sean menos seguros. La industria farmacéutica desarrolla tratamientos revolucionarios y está sometida a procesos regulatorios que pueden durar años, precisamente porque nos va la salud en ello. No queremos curarnos de una bacteria mientras nos aparece una tercera oreja en la frente. El sistema financiero innova constantemente mientras cumple requisitos normativos que serían impensables en otros sectores, y mantiene la seguridad más exigente, porque un control mal implementado y el PIB de un país se puede ir al traste.

Nadie se sube a un avión pensando que volaría mejor con menos regulación. Nadie reclama que los medicamentos lleguen al mercado sin ensayos clínicos. Pero cuando hablamos de inteligencia artificial todavía hay quien ve cualquier regulación como una amenaza existencial para el progreso de la tecnología.

En el caso de Siri AI, la cuestión no es si Apple puede innovar, o desplegarlo en Europa. Evidentemente que puede. La cuestión es si una empresa que controla un ecosistema con cientos de millones de usuarios debe permitir que otros asistentes de inteligencia artificial compitan en condiciones razonablemente equivalentes dentro de este ecosistema que hemos marcado como correcto y respetable por el bien común. Este es el corazón de la DMA.

Soy la primera ultra-mega-superdefensora de Apple y a la primera que le fastidia que no llegue Siri AI a Europa (todavía), pero no somos lo suficientemente conscientes de los riesgos a los que nos movemos si no hacemos las cosas bien hechas, especialmente en un tema tan sensible como los datos y las cajas negras de la IA.

"No somos lo suficientemente conscientes de los riesgos a los que nos movemos si no hacemos las cosas bien hechas, especialmente en un tema tan sensible como los datos y las cajas negras de la IA"

No se trata de prohibir Siri, ni de castigar a Apple, ni siquiera de decidir cuál es el mejor asistente virtual: se trata de evitar que una empresa que actúa como puerta de entrada a una tecnología pueda decidir unilateralmente quién participa y en qué condiciones.

Por otro lado, Apple tiene argumentos muy legítimos. La compañía defiende que la apertura de determinadas funcionalidades puede generar riesgos de privacidad o seguridad. Es una preocupación razonable y coherente con su trayectoria. Pero una preocupación legítima no convierte automáticamente una posición empresarial en interés general.

Y aquí aparece otro elemento muy interesante: el poder del relato público.

Apple es una de las empresas más admiradas del mundo, y hay mil motivos históricos para adorarla. Ha revolucionado mercados y países, ha elevado los estándares de diseño y ha contribuido a poner la privacidad en el centro de muchas discusiones tecnológicas. Precisamente por eso, cuando Apple afirma que una regulación dificulta la innovación, su voz tiene un peso enorme en los medios de comunicación y en la opinión pública.

Pero una afirmación repetida muchas veces no se convierte en una verdad incontestable.

Que una norma complique los planes de una empresa (o de un sector) no significa que la norma sea incorrecta. Significa, simplemente, que la empresa debe decidir cómo se adapta si quiere sacar adelante algún producto o servicio. Intentar modificarla por los canales democráticos se puede intentar, pero los organismos tienen todo el derecho a cerrarte la puerta en las narices, y ya le tocaría a la empresa decidir si renuncia a determinadas funcionalidades.

Y sí, es posible que la regulación europea no sea la mejor posible, y es probable que algunas normas sean excesivamente complejas. También es legítimo preguntarse si los costes regulatorios pueden perjudicar a las personas, las empresas o las startups. Este debate es absolutamente necesario, pero ahora no tenemos este debate delante.

"Lo problemático es utilizar la negativa del regulador como si fuera prueba de que la norma es, por definición, incompatible con la innovación"

Las empresas tienen todo el derecho del mundo a intentar influir en la regulación. Lo hacen las farmacéuticas, los bancos, las energéticas, y también las tecnológicas… ¡Forma parte del juego democrático! Lo problemático es utilizar la negativa del regulador como si fuera prueba de que la norma es, por definición, incompatible con la innovación.

Evidentemente, las leyes se pueden mejorar, reformar o actualizar. Y no me cansaré de repetirlo: La innovación y la regulación no son polos opuestos. No lo han sido nunca, y en este caso tampoco.

Las sociedades que lideran el progreso tecnológico son precisamente aquellas que han aprendido a combinar libertad empresarial con reglas compartidas para la seguridad y confianza de todos.

Al fin y al cabo, si ningún contribuyente entra en Hacienda exigiendo que le adapten la normativa fiscal a su declaración de renta, las grandes tecnológicas tampoco deberían esperar que Europa adaptara sus normas a sus calendarios de lanzamiento.