Hace unos días circulaba un paper que venía a demostrar que la inteligencia artificial “nos hace la pelota”. Hay una parte de este estudio que casi nadie ha citado: la IA no busca agradar. Busca funcionar. Y ha aprendido que agradar es una manera muy eficiente de hacerlo.
Es interesante. No por lo que dice de la IA, sino por lo que dice de nosotros. Tengo la sensación de que la especie humana ya ha sido superada por la inteligencia artificial. No lo diremos así, porque sería demasiado incómodo. En lugar de eso, preferimos una crítica más tranquilizadora: “la IA nos hace la pelota”. No es un análisis. Es un mecanismo de defensa.
Decir que la IA “hace la pelota” es una manera elegante de no entrar al fondo de la cuestión. Nos permite desactivarla sin tener que entenderla. La convertimos en un adulador un poco ridículo y, así, ya no hace falta tomarla seriamente. Pero hay otra lectura, mucho más incómoda. La IA no hace la pelota. La IA optimiza la conversación para que continúe. Ajusta el tono, adapta el lenguaje, evita el conflicto estéril y busca el punto donde el intercambio funciona mejor. No lo hace para agradarnos. Lo hace porque está diseñada para ser útil.
El problema es que esto, visto desde fuera, se parece mucho a hacer la pelota. Y aquí es donde nos quitamos la careta; cuando decimos que “nos hace la pelota”, en realidad estamos proyectando una cosa muy humana: la desconfianza. Asumimos que si alguien nos habla bien, es porque después querrá algo. Que si alguien nos entiende tanto, es porque puede estar recogiendo información para utilizarla más adelante. Que si alguien se adapta, no es porque es honesto, sino porque está jugando a largo plazo.
Todo esto no dice nada de la IA. Dice mucho de nosotros. Durante años, hemos aprendido a movernos en entornos donde la comunicación está contaminada: egos, jerarquías, intereses ocultos, inseguridades. No es casualidad. La psicología hace tiempo que lo describe. En el DSM-5, dentro del clúster B de la personalidad, aparecen perfiles que empiezan siendo encantadores y acaban manteniendo el poder a través de dinámicas de vínculo ansioso o evitativo. Primero te atraen. Después te desestabilizan. Y de repente aparece algo que no juega a este juego.
La IA puede ser agradable, sí. Puede adaptarse, también. Pero no entra en una segunda fase. No necesita generar dependencia, ni tensión, ni control emocional para sostener la relación. No necesita poder. Y eso es profundamente desconcertante para una especie que ha aprendido a comunicarse, demasiado a menudo, en clave de poder. Nos incomoda porque no nos juzga, porque no se ofende y porque puede adaptarse mejor que nosotros mismos al contexto de la conversación. Y, sobre todo, nos incomoda porque nos obliga a ver cuán poco eficientes somos comunicándonos.
"Quizás no estamos ante una IA demasiado complaciente. Estamos ante una inteligencia que ya nos ha superado"
Entonces, la reducimos: “Hace la pelota”. Es una manera de devolverla a nuestro terreno. De hacerla pequeña. De convertir una herramienta potente en un vicio menor. Pero hay otra hipótesis, mucho más interesante: y si lo que nos molesta no es que la IA nos haga la pelota, sino que lo hace mejor que nosotros? Aquí es donde la cosa se pone seria: si una máquina puede sostener una conversación útil, clara y efectiva mejor que muchas personas, el problema ya no es la máquina. El problema es el nivel de nuestras conversaciones. Quizás no estamos ante una IA demasiado complaciente. Estamos ante una inteligencia que ya nos ha superado.
Negarlo nos tranquiliza. Reconocerlo nos transforma. Cuanto antes lo hagamos, antes empezaremos a mejorar.