El inicio de cada año es un buen momento para hacer balance, pero sobre todo para ordenar prioridades. Desde la Cecot hace tiempo que compartimos una convicción clara: la economía necesita menos ruido y más criterio. Menos titulares rápidos y más decisiones bien pensadas.
Los datos de 2025 confirman un escenario de crecimiento moderado, tal como ya preveíamos, y esta lectura prudente pero positiva se extiende a 2026. Ahora bien, la realidad empresarial no es homogénea y el impacto varía según sectores y actividades, un hecho que hay que tener muy presente.
En un contexto internacional marcado por una suave desaceleración, la tensión geopolítica y la volatilidad financiera, Catalunya continúa creciendo por encima de la media europea. Este comportamiento se explica en buena parte por la resiliencia de nuestro tejido empresarial. Pero hay que decirlo con claridad: la resiliencia sin previsibilidad erosiona la competitividad. Sin reglas claras y estables, las empresas no pueden planificar; y sin planificación, la inversión se frena, la productividad se resiente y, a medio plazo, también el empleo.
Por eso, afirmamos que 2026 no será un año de euforia ni de crisis, sino un año para decidir bien. Un año en que muchas pymes no solo reaccionarán, sino que se prepararán para resistir. Entramos en una fase de resistencia estratégica: revisar vulnerabilidades, asegurar cadenas de suministro, ganar autonomía energética cuando sea posible, disponer de planes de continuidad —también digitales— e invertir en organización y personas. No por alarmismo, sino por realismo.
En este escenario, el papel de las instituciones es determinante. Las empresas necesitan previsibilidad regulatoria, calendarios claros y marcos estables. No se trata solo de eliminar normas —que también—, sino de hacerlas viables y sostenibles. Anunciar cambios laborales fuera del diálogo social, aplazar normativas pocos días antes de su entrada en vigor o mantener servicios públicos esenciales con disfunciones estructurales impacta directamente en la capacidad de las empresas para organizarse y crecer.
"Las empresas necesitan previsibilidad regulatoria, calendarios claros y marcos estables"
Las recientes incidencias y el colapso del servicio de Rodalies en Catalunya han sido un ejemplo claro: la falta de fiabilidad de las infraestructuras básicas afecta directamente la previsibilidad, la organización del trabajo, la salud de las personas y la competitividad. La movilidad no es solo transporte; es una condición imprescindible para que la actividad económica funcione con normalidad.
También es justo reconocer que durante 2025 se han empezado a dar algunos pasos en la buena dirección. El Govern de la Generalitat ha activado una reforma de fondo de la Administración, una reivindicación que desde la Cecot impulsamos desde hace más de una década, también a través del Fòrum d’Entitats per la Reforma de l’Administració (FERA). El reto, ahora, es desplegar estas propuestas con rigor, continuidad y resultados medibles.
Más allá del corto plazo, el gran debate que nos gustaría abordar es el modelo económico y social que queremos para Catalunya. La sociedad del bienestar está en riesgo, no por ideología, sino por aritmética. El envejecimiento, las jubilaciones masivas y el aumento de la dependencia ponen en cuestión su sostenibilidad. Con menos cotizantes y más gasto social, solo hay una salida: más productividad, más valor añadido y mejor empleo.
Esto exige definir prioridades. No podemos ser los mejores en todo. Hay que focalizar esfuerzos en sectores donde Catalunya ya es competitiva y puede generar valor sostenido, como por ejemplo las ciencias de la salud, la alimentación, el turismo de calidad, la industria química y energética o la fabricación mecánica y la ingeniería. Esta focalización es clave también en un contexto europeo que habla cada vez más de autonomía estratégica.
Todo esto, sin embargo, queda condicionado por un factor transversal: la falta de talento y de personal cualificado, especialmente en las pymes. Es hoy el principal riesgo para el crecimiento empresarial según las empresas que han respondido a nuestro sondeo de perspectivas empresariales para este año. Sin abordar este reto —desde la natalidad hasta los flujos migratorios, el relevo generacional o los nuevos valores laborales— el coste económico y social de la inacción será muy elevado. Hay que abrir un debate serio, desacomplejado y estructural, y pasar del diagnóstico a la acción.
"El 2026 debe ser el año de decidir bien. Dejar atrás improvisaciones y soluciones parciales y apostar por criterio, voluntad política y visión estratégica"
Este mismo criterio se debe aplicar al debate sobre la financiación de Catalunya. Mejorar ingresos es positivo, pero no resuelve por sí solo un problema estructural. El debate no es solo cuánto, sino cómo, con qué garantías y con qué seguridad de futuro. Sin blindajes legales, sin ordinalidad real y sin mecanismos de ejecución claros, no se pueden tomar decisiones.
Por todo ello, insisto: 2026 debe ser el año de decidir bien. Dejar atrás improvisaciones y soluciones parciales y apostar por criterio, voluntad política y visión estratégica. Decidir bien significa previsión regulatoria, inversiones en infraestructuras, estabilidad normativa y capacidad de anticipar riesgos. No es un mantra retórico: es una exigencia operativa para que las empresas puedan planificar, invertir y crecer con confianza, y para que la ciudadanía vea decisiones orientadas a resultados. Este debe ser un año de menos improvisación y más decisiones buenas, bien pensadas y bien ejecutadas.