En los últimos años, la innovación se ha convertido en una palabra omnipresente. Empresas, administraciones, universidades y centros tecnológicos la proclaman como una prioridad. A menudo, sin embargo, este término se confunde con la simple incorporación de tecnología. Hablamos de inteligencia artificial, de robots, de sensórica, de drones, de 5G… como si la innovación fuera, esencialmente, una cuestión de dispositivos y algoritmos.
Pero la innovación no empieza en la tecnología. Empieza en las personas. En su mirada, en su capacidad de cuestionar aquello que parece obvio, en la voluntad de explorar soluciones nuevas cuando los caminos habituales ya no responden a las necesidades actuales. La tecnología es una herramienta imprescindible, pero no es el origen del cambio. El verdadero motor es la mentalidad: una forma de entender los retos abierta, curiosa y, sobre todo, valiente.
"Hablamos de inteligencia artificial, de robots, de sensórica, de drones, de 5G… como si la innovación fuera, esencialmente, una cuestión de dispositivos y algoritmos"
Las organizaciones que realmente innovan no son necesariamente las que tienen más recursos o maquinaria más avanzada. Son las que han construido una cultura interna que permite experimentar, poner a prueba hipótesis, equivocarse y volver a empezar. Sin miedos. Sin penalizaciones. Sin la idea de que el error es sinónimo de fracaso. De hecho, el error es una de las piedras angulares del progreso. No cualquier error, sino el error inteligente: aquel que surge de un intento riguroso, que aporta nueva información y que ayuda a tomar mejores decisiones en el futuro.
Esta es una de las grandes asignaturas pendientes de nuestro tejido institucional y empresarial. Todavía vivimos demasiado atrapados en una cultura que premia el resultado perfecto e inmediato, que penaliza la incertidumbre y que confunde seguridad con inmovilismo. Mientras tanto, los ecosistemas más avanzados del mundo han entendido que solo progresan aquellos que asumen el riesgo como una parte natural del proceso de crear.
En el Consorci de la Zona Franca de Barcelona, esta mirada forma parte de nuestro día a día. La transformación de la Zona Franca en un verdadero Distrito 4.0 no se limita solo a impulsar espacios como DFactory Barcelona o a atraer empresas punteras en fabricación aditiva, inteligencia artificial o robótica. Estos activos son imprescindibles, pero no serían nada sin una cultura que anime a los equipos a pensar diferente, a probar nuevas aproximaciones, a desplegar proyectos piloto que quizás no lleguen a buen puerto, pero que siempre aportarán conocimiento. La innovación, para ser real, debe ser vivida, no solo anunciada.
"El error inteligente es una de las piedras angulares del progreso: aquel que surge de un intento riguroso, que aporta nueva información y que ayuda a tomar mejores decisiones en el futuro"
Fomentar esta mentalidad exige un liderazgo que escuche y que dé confianza. No basta con decir que queremos ser innovadores; hay que crear espacios donde todo el mundo se sienta legitimado a proponer ideas. Hay que valorar los aprendizajes tanto como los éxitos. Hay que integrar la diversidad como una fuente de creatividad y no como un reto a gestionar. Y, sobre todo, hace falta que los líderes sean los primeros en predicar con el ejemplo: mostrando curiosidad, admitiendo los propios errores y abriendo la puerta a maneras nuevas de encarar los proyectos.
La innovación con propósito es otra pieza clave. A menudo hablamos de nuevas tecnologías sin preguntarnos lo suficiente para qué sirven y qué impacto generan. Innovar no es acumular dispositivos ni participar en la carrera global por tener “lo más nuevo”. Innovar es poner el talento y la creatividad al servicio de una sociedad más competitiva, más sostenible y más inclusiva. Innovar es contribuir a mejorar procesos, a hacer más eficientes las empresas, a reducir emisiones, a crear empleo de calidad y a ampliar oportunidades.
"Barcelona y su ecosistema empresarial tienen todos los ingredientes para liderar esta visión: talento, capacidad de colaboración, sensibilidad social y una historia marcada por la reinvención continua"
Barcelona y su ecosistema empresarial tienen todos los ingredientes para liderar esta visión: talento, capacidad de colaboración, sensibilidad social y una historia marcada por la reinvención continua. Pero el salto adelante no vendrá solo de la inversión tecnológica. Vendrá de nuestra capacidad de cultivar una mentalidad de innovación colectiva. Una mentalidad que entienda el error como una fase natural del camino, que valore la experimentación como una herramienta necesaria y que ponga a las personas en el centro de cualquier transformación.
Innovar, en definitiva, no es solo usar tecnología puntera. Innovar es atreverse a pensar diferente. Y esta es una decisión que podemos tomar cada día.