Hace años que discutimos el cambio de hora. Si hay que mantenerlo o eliminarlo. Si arrastra un legado franquista. Si se ajusta o no a los ritmos reales de la sociedad. Pero, en esta conversación cíclica, hay algo que a menudo queda fuera de foco. No es tan relevante si adelantamos o retrasamos el reloj 60 minutos. Es cierto que hay estudios que indican que este desplazamiento puede afectar la salud mental de algunas personas, pero también es cierto que hay muchas otras decisiones estructurales que afectan profundamente nuestro bienestar y que, colectivamente, preferimos ignorar olímpicamente.
Quizás la cuestión no es solo ajustar las horas, sino revisar los ritmos. Preguntarnos de qué manera organizamos el tiempo, a qué lógicas responde y hasta qué punto se adecúa a las necesidades humanas y no solo productivas. Durante siglos, el tiempo estuvo subordinado a la producción. El dueño de una fábrica necesitaba cumplir objetivos y, por lo tanto, era “imprescindible”, nótese la ironía, que hubiera personas trabajando doce o catorce horas diarias. El reloj era una herramienta de disciplina. El tiempo, un instrumento de rendimiento.
"Sabemos que el tiempo libre no es un lujo improductivo, sino una condición de salud democrática. Y, sin embargo, seguimos atrapados en una cultura del ritmo acelerado"
Hoy, pero, ya no podemos sostener con la misma naturalidad esta justificación. Sabemos, y lo hemos demostrado con experiencias concretas, que jornadas laborales más reducidas no solo mejoran el bienestar, sino que pueden aumentar la productividad e incluso los ingresos. Sabemos que el tiempo libre no es un lujo improductivo, sino una condición de salud democrática. Y, sin embargo, continuamos atrapados en una cultura del ritmo acelerado. Aquí es donde la filosofía nos ofrece herramientas.
Hartmut Rosa ha explicado que la modernidad se caracteriza por una aceleración social que transforma nuestra relación con el mundo. No es solo que hagamos más cosas en menos tiempo; es que hemos convertido la velocidad en criterio de valor. El problema no es la hora, es el ritmo. Y Byung-Chul Han lo formula con una contundencia casi clínica: la sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados en lugar de revolucionarios. Cuando el tiempo se convierte en exigencia constante de optimización, no solo se agota el cuerpo; se debilita la capacidad de disidencia. El ritmo de vida no determina únicamente nuestro bienestar individual, sino también nuestra disposición política y la manera como nos relacionamos con el mundo y con los demás.
Por eso, cuando volvamos a debatir sobre el cambio de hora, quizás deberíamos aprovechar la ocasión para ampliar la pregunta. No se trata solo de si dormiremos mejor o peor esta semana. Se trata de decidir qué tipo de temporalidad queremos habitar. Quizás el verdadero cambio de hora no consiste en mover las manecillas del reloj, sino en desplazar la centralidad del rendimiento. Quizás el gesto radical no es avanzar 60 minutos, sino recuperar la soberanía sobre nuestro ritmo. Y eso sí que sería una reforma estructural.