Mis amigas, por mi cumpleaños, me han regalado un bolso. No es la típica tote bag con la que voy a todas partes, desde el supermercado hasta conferencias internacionales. Es un bolso de piel, que brilla y que tiene bolsillos para guardar ergonómicamente todas las cosas que llevas encima. Queda de lo más bien con toda mi ropa y también está pensada para llevarlo sobre una chaqueta. Se podría decir que es el bolso perfecto; así que al día siguiente de recibirlo me lo he puesto para ir a la universidad y a las clases de autoescuela.
Cuando he cruzado la estación donde quedo con mi instructora, me he dado cuenta de que muchas chicas a mi alrededor lucen bolsos similares: en colores más discretos o más llamativos, en formatos más redondos o más rectangulares. Es una sensación extraña: me siento reconocida en las otras mujeres que llevan bolsos prácticos de mujer adulta sin renunciar al estilo. De alguna manera, ya no me siento una estudiante universitaria y me empiezo a identificar con lo que durante muchos años de mi vida habían sido “las chicas mayores”: aquellas chicas que, con ocho años, miraba pensando que un día sería una de ellas. Las chicas que vestían como ellas querían y que no tenían que pedir permiso a nadie para hacer nada de lo que ellas querían hacer. Ahora, un bolso de piel de color marrón chocolate me confronta con una realidad abismal: en mi vigésimo noveno cumpleaños, ya no tengo ninguna duda de que formo parte del grupo de las chicas mayores. Pero ¿qué se supone que tengo que hacer, como nueva miembro de este colectivo, ahora que ya tengo el bolso?