• Píldora filosófica: Las maletas
Politóloga y filósofa

Píldora filosófica: Las maletas

14 de Marzo de 2026
Arianda Romans | VIA Empresa

Ayer me movía en la cama pensando en el día que llegué aquí. Tenía dos maletas, una mochila, una beca y, escondida en la chaqueta, una pequeña bolsa con los esenciales que discretamente pude pasar en la entrada del avión sin que me hicieran pagar sobrepeso. Y una beca, claro está, la beca que me permitió marchar lejos y poder estudiar todo un año entero sin tener que contar el dinero de la cuenta cada semana. Llegué a una habitación vacía, blanca, con cuatro muebles: una cama, un armario, un escritorio y una mesita de noche. Mi compañera, María, me dio una silla bonita que había heredado de un anterior compañero de piso. Ahora, unos años más tarde, las propiedades se han multiplicado, la habitación se ha llenado de colores, de pósters, de postales y de decoraciones que, en invierno, hacen que la casa sea más acogedora y, en verano, que la felicidad se convierta en un espacio.

 

Dentro de unos meses me tocará trasladarme y no sé cuántas maletas necesitaré, ni tampoco si tendré que dejar algunas cosas atrás. Cambiar de residencia en mis años universitarios era una tarea sencilla, porque no tenía más de cuatro o cinco pertenencias que se podían transportar todas, fácilmente, en el maletero de un coche. La parte buena de hacerse mayores es que acumulas recuerdos, pero también trastos. Y todos juntos, cada vez cuesta más moverlos de un lugar a otro, adaptándose a diferentes espacios, como si fueran piezas de un rompecabezas que ya no encaja con la misma facilidad que antes, porque ahora es más grande y mucho más grande.