Nos hablan, desde bien jóvenes, de la cultura del esfuerzo: de hacer las cosas con entusiasmo, de no ser vagos, de espabilarnos y ser proactivos. Nos dicen que, si lo hacemos todo bien, tendremos más posibilidades de éxito que si lo hacemos mal o de manera mediocre. Que si mantenemos una buena actitud ante la vida, todo irá mejor de lo que pensamos. Pero, ¿qué pasa con todo aquello que, más allá de nuestro esfuerzo, seguirá yendo mal? ¿Qué hacemos con todas aquellas cosas que nos frustran, pero sobre las cuales no tenemos ningún poder?
Si me esfuerzo mucho en pensar que no tengo que estar triste, al contrario de lo que cree mucha gente, no estaré menos triste. Si me concentro y pongo todos los esfuerzos en caminar bien, no dejaré de tener el pie roto. Si pido muchas veces, con un tono amable, a mi criatura que deje de llorar, no tengo ninguna garantía de que me deje dormir la noche. Si dedico cinco horas cada día a pensar que mi padre está vivo, no volverá de la ultratumba. Está claro que estos casos son lo que uno llamaría “excepciones”, pero a menudo es a partir del absurdo que nos damos cuenta de que la realidad es mucho más cruda que nuestros deseos: en muchas ocasiones, el esfuerzo no sirve para nada.
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