No escucho muchos podcasts, pero hay uno que me acompaña cada semana y que escucho antes de ir a dormir. Siempre me hace reír, y también me hace pensar en algunas de las cotidianidades más absurdas de la vida. El otro día, uno de los tertulianos dijo “cuando tenemos veinte años todos somos idiotas”. Me gustó darme cuenta de que, a pesar de estar todavía en la veintena, sonreí pensando que tenía razón.
Si pienso cuando era más joven, no veo solo una persona más idealista o más errática intelectualmente, ni alguien con ideas más firmes, sino sobre todo una persona más idiota. Y en esta idiotez, aparte de un sentimiento de pensar que ya lo hemos entendido todo y que lo tenemos todo bajo control, también hay la convicción de que todo saldrá bien si hacemos las cosas correctamente. Sin embargo, con los años, los errores y las decepciones, terminas entendiendo que aquello que para ti era rigidez moral y esperanza no eran más que los síntomas claros de una persona que aún no había vivido lo suficiente. Y es precisamente como idiota, pero también gracias a serlo, que podemos vivir la juventud más en las nubes que con los pies en la tierra.
Alguien dirá que esto es desromantizar la juventud, pero yo pienso que no. Hay una cierta ternura en esto de ser una idiota. Y es una etapa por la cual hay que pasar si queremos hacer algo de provecho en el futuro. Ahora todavía lo debo ser en muchas cosas, pero no tengo suficiente perspectiva temporal para juzgar a la persona que soy ahora mismo. Lo que deberíamos volver a romantizar es hacerse mayor: ganar experiencia, no tropezar otra vez con todas las piedras con las que ya tropezamos antes, o como mínimo no con todas, mirar atrás y ver que ya tienes alguna historia que contar a los pequeños. Con veintinueve años, me falta muchísimo calle, pero también tengo suficiente perspectiva para afirmar que, en efecto, yo, con veinte años, también era una idiota.