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Un día eres joven y de repente pides una manzanilla en el restaurante porque tienes dolor de barriga por tercera vez consecutiva esa semana.
Un día eres joven y de repente dices que no quieres salir este fin de semana, que prefieres descansar después de la semana que has tenido.
Un día eres joven y de repente te hace mucha ilusión que la amiga con quien habías quedado te ha dicho que le ha salido otra cosa o se le ha alargado el trabajo. ¡Qué bien, hoy te puedes aplastar en el sofá!
Un día eres joven y de repente esperas que sea martes para tener clase de pilates y estirar bien la espalda.
Un día eres joven y de repente ves que no entiendes a los adolescentes cuando hablan, que no sabes cómo ponerte a farmejar aura y que hace tanto tiempo que no te enfrentas a sus problemas que ni recuerdas qué hiciste, tú, a su edad, cuando te pasó por primera vez.
Un día eres joven y de repente te dejas de sentir culpable por cosas que no has hecho y que no piensas que vayan contigo.
Un día eres joven y de repente no dejas que nadie te pise mientras hablas, negocias tu salario con números firmes y piensas que, si no les gustan tus condiciones, también pueden contratar a otra.
Un día eres joven y de repente ya no lo eres y te parece bien.
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