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Hace unos meses que sigo, en Instagram, a un grupo de señores suecos que presumen de ser latte dads, es decir, hombres que son padres y ejercen su paternidad. Que sí, que está muy bien que, para variar, sean los hombres los que asumen tareas de sentido común cuando traes una criatura al mundo. Más allá del hecho de que nadie habla de latte moms —porque una latte mom es percibida como una mantenida y no como una madre que simplemente ejerce la maternidad—, hay cosas que rascar en esta tendencia aparentemente inofensiva.
Este modelo, si bien escaso y a explorar, no debe olvidar que los actuales latte dads son hombres (además de casualmente guapísimos) que viven en un sistema del estado del bienestar que les permite serlo. Es decir, son hombres ricos y con cierta estabilidad que pueden permitirse lo que, por desgracia, todavía es un lujo. Ojo: esto no deja de ser un modelo loable, porque estos hombres no dejan de ser una opción mucho más loable que los hombres que, en las mismas condiciones, estarían abriendo un pódcast con sus amigos para explicarnos qué significa ser «hombres de verdad».
Pero pienso que debemos tener en cuenta que, más allá de la voluntad de ser padres, hay una estructura social, económica e incluso política que sostiene esta posibilidad. Más allá de ser figuras transitorias hacia la erradicación de las diferencias de género en las responsabilidades de cuidado, pienso que es necesario, en este momento de crisis cultural, entender que un latte dad no deja de ser, por desgracia y de momento, un padre nórdico rico.
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