La vida, en verano, se relaja. A veces pienso que en invierno también, pero no lo notamos tanto porque en la primera el cuerpo está lleno de energía, mientras que en la segunda estamos tan cansadas que no notamos que la vida se ha calmado. Me gusta pensar que en verano puedo leer más, puedo ponerme al día con muchas cosas que la cotidianidad del ritmo del curso académico no me permite. No es del todo verdad, pero la sensación es agradable. Refrescante. Me gusta que en verano todo el mundo vaya más despacio, las cosas no se tensen y se pueda seguir haciendo el día a día, tanto profesional como personal, a otro ritmo. Con cuidado. Sin prisa. Con una bebida fresca al lado de la mesa, y quizás con un poco de alcohol a partir de las cuatro.
Es necesaria, esta pausa. No porque nos permita eso de “cargar pilas”, sino porque algunas tareas requieren tiempo y a lo largo de los otros meses, sencillamente, no lo tenemos. Y si realmente nos creemos esta frase de anuncio de cerveza de otra manera de vivir, tenemos que empezar a reconocer cuáles son los ritmos que nos funcionan. Ni para ganar dinero, ni para ser más productivos: para hacer las cosas mejor.
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