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Una de mis escritoras preferidas es Nora Ephron. No solo porque pienso que es la voz interior de cualquier mujer que navega las contradicciones de la modernidad y la posmodernidad, sino también por su tono extremadamente perspicaz y mordaz, cosa que la hace única y, a la vez, muy identificable con el resto de mujeres de su alrededor.
Una cosa que me gusta especialmente de la manera que escribe es que nunca pretende ser una cosa que no es: una mujer de familia adinerada venida a menos, que se ha divorciado varias veces y que no tiene claro si prefiere ser periodista o acostarse con uno. Nora Ephron es una mujer valiente y fuerte, pero que también quiere ser mimada y consentida, una mujer que asume las contradicciones propias de momentos duros de su vida, como el divorcio o la vejez. Ephron es una voz testimonial con quien espero que las historiadoras del futuro capturen y los literatos del siglo XXIII consideren lectura obligatoria mientras ella, en uno de sus ensayos finales, reconoce no recordar (y, a veces, no querer recordar) gran parte de su vida. Por eso y por mucho más, yo de mayor quiero ser una señora como se relata la Nora Ephron.
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