Miro hacia arriba y veo miles de copos de nieve caer sobre mí. Noto, también, cómo mi pelo comienza a inundarse de pequeñas formaciones que acaban convirtiéndose en agua que me resbala por toda la cabeza. No tardaré mucho en darme cuenta de que me estoy poniendo bien calada, pero la alegría de ver nieve fuera, algo tan escaso, me hace una ilusión terrible. Hace cuatro días que nieva en esta pequeña localidad del oeste de Europa, y parece que todo el mundo está sorprendido: por todas partes hay muñecos de nieve, guerras de bolas y, claro, a falta de montañas, algunos aventureros han decidido patinar sobre el lago helado. No hace falta decir que no ha hecho falta mucho tiempo para que pidieran ayuda desde el interior del lago. Después han culpado a la falta de profundidad del hielo.
El primer día pensaba que estaba en un sueño; me sentía como uno de esos conejitos de los cuentos infantiles que hibernan bebiendo chocolate caliente y comiendo golosinas mientras afuera hace un frío que pela. El segundo día la nieve amainó un poco y pudimos salir a dar una vuelta, observando toda la nieve que ha caído en nuestro paisaje cercano. Afuera, parece que el impacto ha sido mucho más contundente: los trenes y los aviones cancelaban sus rutas; los trabajos recomendaban trabajar desde casa para evitar accidentes y, para colmo, las redes se llenaban de noticias sobre un país lejano que había sido intervenido por otro país de manera cuestionablemente legítima. Mientras todo esto pasaba fuera de la madriguera, nosotros seguíamos las noticias y hacíamos mermelada mientras la nieve continuaba acumulándose sobre los árboles y las plantas del jardín.
El tercer día fue bonito, y también el cuarto, pero al quinto he empezado a tener una sensación extraña: parece que la vida se haya paralizado del todo y todo el mundo se muestra disruptivo por la persistencia de la nieve en nuestro paisaje cercano. Empiezo a pensar que no somos una especie muy resiliente. Decidme loca, pero tengo la sospecha de que somos muy poco espabilados cuando nos cambian un poco las coordenadas. Todavía nos falta mucha nieve para aprender a vivir en climas extremos. No lo sé, si saldremos de una manera demasiado elegante, con la necesaria adaptación climática que está por venir.