Sergio llegó a Madrid hace unos años sin intención de quedarse, y se quedó de la peor manera posible: preso. No de un barrio ni de una persona, sino de la ciudad entera, de esa manera que tiene Madrid de no pedir explicaciones a nadie que llega, de abrirse sin preguntar de dónde vienes ni cuánto durarás. Aprendió a amarla exactamente por aquello que otros le reprochan: la falta de pudor, la prisa, esa fe ciega de que siempre hay sitio para uno más.
Por eso, cuando él y Núria empezaron el juego hace un año, casi de broma, imaginando qué se dirían Madrid y Barcelona si pudieran hablar de verdad, a nadie le sorprendió que Sergio se ofreciera a defenderla. No hacía falta actuar. Solo hacía falta decir en voz alta aquello que ya sentía.
—Un año —anuncia Sergio, sirviendo el vino—. A ver si esta vez gano yo.
—No ganarás nada. Empezamos por donde siempre empezamos: tú construyes sin preguntarte nada, yo sé decir que no.
Esta frase, dicha hace un año casi de broma, resultó ser el resumen de todo lo que vendría después. Porque el “no” de Núria y el “sí” de Sergio no son solo un carácter: son una manera de repartir un coste que ninguna de las dos ciudades paga gratis.
El “no” de Núria y el “sí” de Sergio no son solo un carácter: son una manera de repartir un coste que ninguna de las dos ciudades paga gratis
—Ese “no” tuyo tiene un precio que nunca reconoces —dice Sergio—. Como el de los VTC: más oferta, más rapidez, en mi ciudad.
—Menos preguntas, dirás. Confundís rapidez con criterio.
—Y vosotros lentitud con virtud. Aunque hablando de precios... —Sergio hace una pausa; hay algo en este tema que le incomoda incluso a él— no gané tan claro cuando hablamos de una noche de hotel. Vuestro “no” cuesta estancamiento. El mío cuesta memoria.
Es la primera vez en la noche que ninguno de los dos reclama la victoria. La deuda, descubren, es mutua; solo cambia la moneda con la que se paga.
—Ninguna deuda es gratis, aquí estamos de acuerdo —dice Núria—. Como tampoco lo fue aquello del BBVA y el Sabadell.
—Aquí... prefiero no entrar en detalles.
—Entra. Perdisteis la OPA, y encima tuvisteis que devolver el dinero a los vuestros.
—Ganasteis con las reglas puestas por quien decide dónde está la sede. Eso no es ganar. Es jugar en casa.
—Jugar en casa, dices. Pero mirad quién se quedó cuando llegó la hora de votar: los accionistas de toda la vida, los que llevan el dinero allí desde hace generaciones. No hicieron cálculo, hicieron memoria. Y eso no se compra con una opa, por bien pagada que esté.
Sergio deja pasar el punto. Sabe, aunque no lo diga esta noche, que aquí Núria tiene razón: el mercado también tiene acento, y habla más fuerte donde vive. Busca terreno más cómodo: los mitos fiscales que cada uno repite sobre quién paga qué. Y aquí, por una vez, no hay vencedor: ninguno de los dos mintió del todo, ninguno dijo toda la verdad. Es el único empate limpio que se conceden en toda la noche.
—Lo que no fue empate —dice Núria, cambiando el tono— fueron las ferias. Aquí estáis ganando terreno por “lógica económica”.
El mercado también tiene acento, y habla más fuerte donde vive. Busca terreno más cómodo: los mitos fiscales que cada uno repite sobre 'quién paga qué'
—Una lógica que también tiene domicilio, ya sé lo que dirás.
—Lo sabes porque hace un año que pierdes poder en silencio y prefieres no llamarlo así.
Sergio no tiene, esta vez, una réplica limpia esperándole. Se refugia en las empresas familiares, un tema en el que por una vez ninguno de los dos manda: decide el apellido, no la ciudad, y eso incomoda a ambos por igual. Desde este terreno neutral, casi sin transición, llegan al turismo.
—Ya no contáis vuestra propia historia —dice Sergio—. La cuentan otros por vosotros.
—Vosotros nunca tuvisteis una historia que contar. Solo un relato que vender.
La réplica de Núria abre paso a la música, a un Papa que llenó el cielo de drones, y a la frase que más daño hizo en toda la conversación.
—Barcelona es. Madrid hace —dice Núria, y esta vez no suena a broma de tertuliano.
Sergio no contesta enseguida. Cuando lo hace, ya no juega a defender nada.
—Un año entero —dice— defendiendo ciudades que ni siquiera son del todo nuestras.
—Quizás por eso podemos discutir tan fuerte. Porque no es exactamente de nosotros de quienes hablamos.
No hay respuesta. Y esta pausa, más que cualquiera de los temas de la noche, es la única tregua real. Acaban con la certeza de que volverán a sentarse, y de que Madrid y Barcelona -a través de ellos, o de cualquiera que se preste a hacer de intérprete- seguirán teniendo la misma conversación inacabable. El juego no termina con el balance. Sergio y Núria ya lo saben: necesitarán más de una botella de vino.
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